La relación colonial aún pervive y fue iniciada un día como hoy del año 1492. Fue un 12 de octubre que Cristóbal Colón pisó tierra en América y comenzó así un proceso de violencia extrema, marcado por el saqueo, el genocidio, la explotación y la deshumanización.

Han pasado más de 500 años, pero no está demás recordar que desde su formación los Estados-Naciones de América del Sur y América Latina, se construyeron en base a una homogeneidad y a una unidad que les permitió mantener una dominación económica, política, social y cultural sobre sus habitantes, replicando así un modelo de vida que operaba en Europa. Estos Estados-Naciones, creados hace cientos de años, continúan operando de la misma manera en América Latina (con algunas excepciones en Bolivia y Ecuador), lo que demuestra que aún existe una matriz colonial a plenitud, que se encarga de resguardar los intereses del capitalismo y del mercado bajo una falsa idea de libertad y autonomía en pleno año 2018.

De esta manera, resulta fundamental tomar consciencia de que la propia estructura institucional en la que vivimos, está cargada de un peso colonial que reside en ella desde sus orígenes. Es por esto, que se necesita plantear una refundación del Estado que represente la diversidad de pueblos, de culturas, de procesos históricos y, por supuesto, que promueva una nueva vida en sociedad en armonía con el entorno y la naturaleza. Para esto es necesario pensar el Estado-Nación de manera radicalmente distinta a como lo hemos hecho hasta ahora, y así abrir nuevos caminos de insurgencia política y epistémica. Todo esto, no es posible, sin una mirada decolonial, que se instaura como un eje de lucha de los pueblos sujetos a esta violencia estructural.

Pero ¿qué es la matriz colonial? Para diversos autores como Aníbal Quijano o Catherine Walsh, la matriz colonial tiene diversos ejes de acción. En primer lugar, la colonialidad del poder: que se refiere al establecimiento de un sistema de clasificación social, basado en una jerarquía racial y sexual. Es decir, el hecho de creer que hay identidades sociales superiores o inferiores: blancos, mestizos, indios, negros. La raza se usa como un patrón de poder conflictivo y como un instrumento de dominación y control que fue impuesto sobre toda la población del planeta como parte de la dominación colonial de Europa y luego, asumido por la elite y las clases políticas nacionales. De esta manera, la racialización, el capitalismo y el eurocentrismo están en la base de nuestros actuales problemas de identidad. Basta solo con ponerse a pensar en Chile, con los actuales procesos migratorios, ¿de dónde viene y de dónde sale ese odio y xenofobia tan grande contra los hermanos haitianos, dominicanos o colombianos? Eso es, precisamente, la matriz colonial operando.

Otro eje de esta matriz, es la colonialidad del saber: el eurocentrismo posicionado como la perspectiva única del conocimiento. El “norte” como lo mejor, con las mejores universidades, con los mejores docentes, con las mejores investigaciones. Así, se elimina por completo la existencia de otros conocimientos que no sean los de los hombres blancos europeos, o europeizados. En este punto el feminismo decolonial ha aportado muchísimo en poner la voz directamente en las sujetas y sujetos subalternos y también en buscar nuevas formas de métodos y metodologías feministas que desdibujen, o al menos pongan en duda, el campo del saber cómo un dispositivo de dominación. Aún así, la batalla es extensa ya que constantemente nos encontramos a personas que desacreditan el conocimiento que se encuentra, por ejemplo, en muchos pueblos y comunidades ancestrales. Es normal escuchar comentarios donde se descalifica todo lo que no es “ciencia” y donde no se toma en cuenta el enriquecedor conocimiento que se genera a través de otros métodos que no son el científico.

Un tercer eje de la matriz colonial es la colonialidad del ser: la inferiorización, la subalternización y la deshumanización, en definitiva, la no existencia de ciertos grupos. Este eje lo podemos ver actualmente en el modus operandi del Estado chileno, donde a través de toda una maquinaria comunicacional nos intentan hacer ver que los pueblos y comunidades indígena, como la Mapuche, aparecen como un grupo de personas agresivas, peligrosas, no-modernos y no-civilizados en sus prácticas. Estos grupos étnicos, que se escapan a la norma “blanco-mestiza” son aquellos que muchas veces son criminalizados.

Y el último eje es la colonialidad de la madre naturaleza, de la tierra que habitamos. La naturaleza y la sociedad, son quienes dan sustento a los sistemas integrales de vida y a la humanidad misma. Al negarse esta relación milenaria, espiritual e integral, al explotar la naturaleza e intentar controlarla, al instalar decenas de termoeléctricas en el país, al tallar bosques, al secar lagos y ríos, al contaminar las ciudades e incluso al asesinar a Macarena Valdés o Alejandro Castro por defender la naturaleza y el derecho a vivir en un ambiente libre y sin contaminación, solamente se replica un modelo de colonialidad, que si bien ya no es tan explícito como hace 500 años atrás, sigue operando entre nosotros día a día.

Así es como la colonialidad en su conjunto sigue operando en las sociedades como la chilena y también en nuestros países vecinos en América del Sur. Esto difícilmente va a cambiar sin transformar de manera radical las mismas estructuras fundacionales y organizativas del Estado y de las sociedades. Así, se torna totalmente necesario construir una consciencia y unas prácticas a nivel político, social y cultural que sean propias de Latinoamérica, considerando nuestras diferencias ancestrales, nuestros pueblos indígenas, nuestra raíz afro muchas veces olvidada. Para esto se requiere un horizonte y un vuelco decolonial y feminista que nos permita ver los patrones del poder colonial que aún persisten en nuestras prácticas diarias y que nos ayude a desmontar el sistema patriarcal/colonial y la división binaria del mundo en el que vivimos.

El feminismo también tiene que ser descolonizado, lo que implica retomar propuestas y postulados que desuniversalicen el sujeto del feminismo, que se deje de creer que todas las mujeres sufrimos las mismas opresiones, que se ponga énfasis en las experiencias individuales como productoras de conocimientos y que se tenga como premisa la comprensión de que la modernidad occidental fue posible en base al colonialismo, a la expansión del capitalismo y por supuesto, en base a la instalación del racismo.

Solo cabe preguntarse… ¿si la colonización fue un proceso tan violento, la decolonización también lo será?


Periodista.