En tiempos donde se ha intentado que algunas disciplinas de las humanidades sean marginadas o tengan menos importancia en el currículum, el académico de la Universidad de Chile, Carlos Ossandón, que hoy está a cargo de la Dirección de Postgrado de la más antigua Facultad de Humanidades del país, señala que se da la paradoja que la irrupción en la esfera pública de nuevas subjetividades o de muy radicales problematizaciones culturales no son ajenas al conocimiento, a las investigaciones o a las aperturas que están produciendo unas humanidades que, por otra parte, algunos conciben “inútiles”.

“Las humanidades, envueltas ellas mismas en un muy intenso proceso de revisión de sus propios conceptos, han estado entregando una serie de insumos a movimientos que incomodan a los poderes: el feminismo, por ejemplo, que está removiendo importantes bases de la cultura patriarcal”, explica Ossandón. Hay que entender, sin embargo, que lo que aquí se da – agrega – es un viaje de “ida y vuelta” de mucha riqueza en ambas direcciones. Los problemas de la interculturalidad, de las nuevas formas de comunicación o de la democracia, obligan a revisar perspectivas o diagnósticos, dejando abiertas preguntas que como sociedad nos cuestionan.

Para el Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Carlos Ruiz Schneider, “una sociedad democrática que valora la formación de ciudadanos participativos y de sus derechos sociales, que van más allá de los intercambios de mercado que en ella se producen, tiene como sociedad un interés profundo en el desarrollo de las humanidades, sobre todo si las entendemos de esta manera socrática y no elitista”.

Ruiz apela a la necesidad una sociedad que se haga cargo de saberes críticos como la filosofía y las humanidades, “pero además esta sociedad debe asegurar el acceso a ellas, a estudiantes provenientes de todas las clases sociales. Ya he señalado que esto no es tarea de una facultad y ni siquiera de una sola universidad, sino de un sistema escolar y universitario democrático, de una política educacional pensada desde la democracia y la formación de sujetos democráticos”.

Dice Ossandón que “hay distintas perspectivas para acercarse a temas tales como las formas de pensar, las memorias que nos identifican, el lenguaje que usamos, la educación que queremos, el malestar cultural que experimentamos, y en estas distintas perspectivas las humanidades son centrales para que nuestra sociedad no se seque y mantenga vivo el espíritu y la sensibilidad intelectual”. Continúa: “Un mundo incapaz de revisarse, de preguntarse sobre su propio rumbo, de problematizar sus prácticas más “normales” deja de tener ese verdor o esas ideas que pueden rehacerlo o mantenerlo vivo”. Preguntar por los ejes o tramas que articulan nuestras vidas, es un aporte irrenunciable que las humanidades pueden hacer a nuestras sociedades desde su rol crítico o cuestionador.

“En sus diversas vertientes, posibilidades y disciplinas -argumenta el académico- no podemos soslayar ciertas preguntas básicas: ¿qué modernidad queremos? ¿qué país deseamos? ¿qué tipo de relación es dable desarrollar entre lo particular y lo universal?”.

Más allá de las salas de clases, estas preguntas se expresan en los diversos espacios que la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile ofrece a sus estudiantes, como seminarios, coloquios internacionales, cátedras, ciclos de cine y talleres. Hay un intercambio constante de ideas en torno a los debates más contemporáneos, lo que también inspira el desarrollo de saberes emergentes.

Por esta razón, los postgrados de la Facultad de Filosofía y Humanidades articulan – dice Ossandón – al menos tres líneas: un compromiso importante, en primer lugar, con el cultivo de los saberes clásicos y con fuerte tradición disciplinaria. Es esta una responsabilidad irrenunciable con el propio desarrollo del saber como tal. Al mismo tiempo, el interés de hacerse cargo de los principales temas de la sociedad chilena, donde la Facultad se inserta en un proceso país y también global; y, en tercer lugar, el relevante tema de la educación. La Facultad no puede desatender ni la investigación en este dominio ni los requerimientos que demandan los docentes en términos de especialización.

Junto a la calidad, permanente actualización e innovación de sus programas, de sus temas y saberes, tanto los más consolidados como los emergentes, destaca la relación de los postgrados con la investigación efectiva realizada por docentes, estudiantes y centros académicos de la Facultad. El vínculo con la investigación real y sostenida en el tiempo es clave para dar espesor o consistencia a nuestros programas, enfatiza el nuevo director de la Escuela de Postgrado.

Además de la creación de nuevos magíster y doctorados, la escuela de Postgrado está incentivando los vínculos con sus pares de otras universidades, contribuyendo a crear una nueva cultura de movilidad, intercambio, integración de las universidades en esta área, privilegiando la cooperación sobre la competencia. De la misma forma está consolidando los avances significativos que se han dado en el desarrollo de la organización del postgrado, en la metodología de trabajo, en la calidad y eficiencia de sus servicios.

“Todo esto en el marco de una actividad que no puede desatender la pregunta por el “sentido” de lo que hacemos, por el “para qué”, por las dimensiones propiamente académicas involucradas y por las necesidades del país que nos interpelan”, dice Ossandón.