Han sido días sumamente movidos en términos de vulneraciones de derechos en el país. Sabemos que las injusticias ocurren a diario, a cada segundo, en todo el mundo. Sin embargo, particularmente esta semana, Chile ha vivido varios episodios de violencia, falta de justicia y humanidad, que se acumulan a otras que ocurren sistemática y cotidianamente.

Me tocó estar en Valdivia en un encuentro/seminario sobre la industria extractiva y derechos humanos que congregó tanto a académicos de Chile, como de América Latina y Canadá, así como también dirigentes y representantes de diversas organizaciones sociales y de pueblos originarios del norte y del sur del continente. Sus relatos de despojo, los análisis de violaciones a los derechos humanos que cometen las empresas en contra de los pueblos originarios y sus territorios, en contubernio con los estados, la criminalización, la persecución, el racismo, la muerte de defensores de derechos humanos en el continente, fueron parte central de varias de las intervenciones. También resonaron en conversaciones, en el diario, los nombres de Alejandro Castro, dirigente recientemente asesinado en medio del conflicto de Quintero-Puchuncaví o Macarena Valdéz, entre otros luchadores asesinados. Pero a su vez, también escuchamos experiencias de lucha, de compromiso, de fuerza, de trabajo colectivo, de autonomía y resistencia. Hay luces de esperanza…me dije.

Pero a cientos de kilómetros de distancia, en la capital, me llegaba simultáneamente la información de que PDI estaba haciendo redadas en el centro de Santiago, tomando presos a comerciantes ambulantes migrantes, que no sólo les detienen por trabajar en el comercio informal, como tantos otros y otras chilenos-as, sino también para controlar su documentación y tener una “excusa” para expulsarles. Expulsar a trabajadores, que por el mismo sistema no pueden tener su visa al día. Y entonces ya no son delincuentes los-as que expulsan, como lo anuncian los grandes titulares del show mediático que ha montado el gobierno, sino que se revela la permanente campaña de criminalización de las comunidades migrantes vinculadas a priori a la delincuencia, que se suma a un proceso nefasto de regularización, que ahora vemos, era también una justificación para expulsar y excluir, permeándose nuevamente el racismo institucionalizado.

Luego, antes de ayer, se conocía el fallo sobre Luis Tralcal Quidel y José Tralcal Coche que, aunque obtuvieron rebaja en sus condenas de 20 a 18 años, y no se aplicó el carácter terrorista del delito, el juicio ha sido impugnado por distintas organizaciones, pues la información que los imputa fue entregada por un testigo bajo tortura. Y así se suma otro juicio, lleno de irregularidades, en contra de dirigentes mapuche, que no revela otra cosa que el afán de reprimir y criminalizar al pueblo mapuche.

Pareciera una cacería de brujas, que, entre sus objetivos, se encuentran migrantes, pueblos originarios, dirigentes sindicales y medio ambientales, que peligrosamente ahora no sólo pueden ser expulsados o detenidos, sino también asesinados. Grave, muy grave, por decir lo menos.

Pero esto es solo la coyuntura. Por debajo, ya naturalizadamente, subsisten las violaciones sistemáticas de nuestros derechos sociales, económicos, culturales y ambientales, como el derecho a la educación, a la vivienda, a la salud, a la seguridad social, a vivir en un medio ambiente libre de contaminación.

Cada vez más personas mueren en los hospitales sin atención, personas mayores se suicidan por pensiones y vidas indignas, más personas viven en la calle, hacinadas o en campamentos, profesores no tienen sueldos ni garantías mínimas de trabajo, sin contar los y las estudiantes que, pese a tan masivo movimiento, aun la educación es precaria, segregada, racista, clasista y excluyente. Tampoco el medioambiente es una prioridad, puesto que los intereses de las empresas se superponen a los intereses y derechos de las personas. Y esto avalado por el Estado que, en el caso chileno, ni siquiera fue capaz de firmar el Acuerdo de Escazú, un acuerdo regional sobre el acceso a la información, la participación pública y el acceso a la justicia ambiental en asuntos ambientales, en América Latina y el Caribe.

Y todos estos temas y situaciones me tocó escucharlas de boca de sus dirigentes, en la mesa donde participé, en el encuentro que realizó la Subsecretaría de Derechos Humanos, de cara al Examen Periódico Universal de Chile ante Naciones Unidas, el día miércoles, durante todo el día. Ahora me pregunto si en realidad tomarán en cuenta todo lo que dijimos, considerando que estamos al debe en múltiples materias.

Son tantas las vulneraciones que se viven, que me sigue dando vueltas, la metáfora que ocupara el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hace tres años atrás, hablando del capitalismo, y arguyendo muy bien que el sistema que vivimos hoy, es una hidra, la hidra capitalista, y que por eso es tan difícil derrotarla. Esta imagen también fue nombrada en el seminario de Valdivia, donde un profesor canadiense hizo alusión al mito de Hércules y la Hidra de Lerna, cuando hablamos de la explotación de los recursos naturales y las consecuencias y causas del extractivismo.

Esta hidra, de muchas cabezas, cada cual, destinada a dominarnos, golpearnos, atemorizarnos, reprimirnos, someternos, una y otra vez, se levanta, transmuta y se reproduce; aunque cortemos continuamente sus cabezas, una y otra vez, reaparecen, infinitamente. Pero, ¿seremos alguna vez como Hércules? ¿Podremos derrotar algún día a la Hidra? Mientras recibimos a diario noticias tremendamente dolorosas, mientras escuchamos y experimentamos cotidianamente abusos e injusticias, mientras sufrimos diariamente los embates poderosos de esta serpiente de múltiples cabezas, ¿podremos algún día derrotarla?

Por lo pronto, no queda otra que levantarse una y otra vez, hasta que de una vez y para siempre, la derrotemos.


Observatorio Ciudadano