Por primera vez en nuestro país se logró consolidar una tercera fuerza social y política alternativa al duopolio gobernante tras la caída de la dictadura. En las elecciones pasadas, el Frente Amplio logró cautivar un gran espectro de votantes puesto que su propósito central era cambiar la Constitución de Pinochet y otorgarle a la ciudadanía una posible salida al sistema neoliberal instalado brutalmente por el dictador.  A pesar de eso, cuando se cumplen 20 años de la detención en Londres de quien dejara el legado más violento de nuestro país, el FA se diluye en respuestas secundarias a la agenda vacía de la derecha chilena.

Han pasado 8 meses desde que la bancada de 21 parlamentarios se sentó en el hemiciclo del Congreso Nacional y aquel propósito central -luchar con total energía por el intento de terminar con la herencia violenta y segregadora que dejaron los años más oscuros de nuestra historia-, se difuminó en un sin fin de prioridades distintas al mandato de la ciudadanía, que por lo demás, terminaron por evidenciar fuertemente las diferencias al interior de los movimientos y partidos que componen el conglomerado.

Lo anterior es comprensible, porque son muchos los asuntos que atender. Infancia, educación, medioambiente, salud, violencia de género, delincuencia, entre tantas otras. Todas ellas parecen ser urgentes, sin embargo, todas ellas se desprenden de un paragua mayor que nos cubre de sombra y genera los conflictos más profundos del país: la Constitución de 1980, esa que instaló el valor del dinero por sobre el valor del ser humano, y que la derecha chilena rinde culto mediante el desafío de perpetuarla. 

Llevamos casi 40 años rigiéndonos por esa carta fundamental hecha entre militares asesinos y sus cómplices civiles. Llevamos casi 40 años construyendo un experimento de sociedad que busca resistir frente al sistema depredador que destruye nuestra tierra y que mata a plena luz del día a sus defensores.

Llevamos casi 40 años siendo responsables pasivos de la persecución a nuestros pueblos originarios y su condena injusta mediante una ley absolutamente antidemocrática. Llevamos casi 40 años tratando de recomponer el tejido social, que a punta de torturas y balazos desarticuló la derecha chilena con el intervencionismo estadounidense. Llevamos casi 40 años buscando el camino para rearticular el movimiento social, que termine con este modelo de mercado arraigado tan profundamente en Chile.

Hoy está más que comprobado que el modelo neoliberal ya no aguanta. Los niveles de segregación social y de violencia económica han sacado lo peor de los chilenos y la gran mayoría aún se mantiene seducida por la ilusión que crea la acumulación del dinero. Esa ilusión ha generado que los ciudadanos nos desconectemos de lo que le pasa al otro. Ni los asesinatos de jóvenes defensores del medioambiente como Macarena Valdés y Alejandro Castro nos conmueven para sacarnos de los lugares de privilegio que tenemos, organizarnos y condenar masivamente esas prácticas dictatoriales.

El Frente Amplio era el llamado a unirse desde la diversidad para criticar el modelo a tal punto que lograra identificar a la gente para que exigiera erradicarlo de raíz. Y eso sólo ocurrirá cuando los que supuestamente nos representan en el parlamento, recuerden que el propósito central por el cual fueron electos era cambiar la Constitución de Pinochet. Para, a partir de ahí, construir un nuevo tipo de sociedad, donde puedan atenderse las urgencias materiales de los chilenos y donde se le garantice los derechos universales a la ciudadanía. Donde las industrias deban acogerse a los estándares internacionales de contaminación, donde el Estado respete los tratados internacionales sobre los Derechos Humanos y los Pueblos Originarios. Donde un género no se sienta superior ni inferior al otro y por lo tanto, no existan más femicidios en nuestros territorios. Donde los medios de comunicación no sean sólo reproductores de esta cadena de violencia.

Recién cuando el Frente Amplio vuelva a tomar contacto con su propósito inicial, podremos imaginar que las reales transformaciones que requiere nuestro país, esas que hablaban de alegría colectiva, logren ser una imagen concreta de futuro para Chile. Una imagen donde haya justicia para los familiares de los Detenidos Desaparecidos, donde nuestros políticos no desinformen con el negacionismo, donde haya lugar para la reconciliación.

Recién, cuando hayamos vencido esa batalla urgente, podremos reordenar el resto de las prioridades para que empecemos a visualizar un territorio, una región y un planeta con menos violencia. Recién entonces la integralidad del ser humano podrá comenzar a surgir y expresarse, para tal vez, ser ejemplo de cambio en un continente que sufre las brutalidades de este modelo económico, su moral encriptada, descolorida y deshumanizada.

Aún hay tiempo para revocar el camino y retomar el propósito. Así lo espera la ciudadanía de este pueblo cansado de tanta violencia, aquel que no quiere vivir más sujeto a la herencia del dictador.


Periodista, Humanista-Feminista