El 14 de octubre recién pasado el papa Francisco ha declarado santo al arzobispo Oscar Arnulfo Romero de El Salvador. No sólo los católicos se regocijan. El pueblo de ese país centroamericano, que sufrió una atroz guerra civil en los años ochenta, se siente agradecido porque Romero fue protector de sus derechos y un promotor de la paz.

Ahora será oficialmente santo, pero Romero hace tiempo que ya fue consagrado por el amor de su pueblo, que le otorgó una santidad popular más pagana y menos institucional, a tono con lo que él mismo predicó. Fue precisamente su compromiso con los más débiles que lo condujo a una muerte violenta.

El 24 de marzo de 1980 una bala calibre 22 perforaba el corazón del arzobispo de El Salvador. Un sicario de la derecha salvadoreña le había disparado desde la entrada de la capilla de la Divina Providencia, cuando concluía la eucaristía. En ese preciso momento monseñor Romero decía,

“Este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor; como Cristo. No para sí, sino para dar conceptos de justicia y paz a nuestro pueblo”,

La clase dominante salvadoreña consideraba inaceptable la denuncia de monseñor Romero contra las violaciones a los derechos humanos por los aparatos del Estado. Y, es el mayor Roberto D’Aubuisson, fundador de ARENA, partido de la extrema derecha, quien se encarga de organizar el atentado para matar al arzobispo.

Monseñor Romero no buscó mediar entre opresores y oprimidos sino predicar a favor de estos últimos. Y, el día anterior a su muerte la misa de Oscar Romero apuntaba directamente a los hombres del ejército y la policía,

“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial, a los hombres del ejército y en concreto a las bases del gobierno nacional, de la policía de los cuarteles… Hermanos son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que de un hombre debe de prevalecer la ley de Dios que dice no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios, una ley inmoral nadie tiene que cumplirla, ya es tiempo que recuperen su conciencia.”

Esas frases en defensa de los campesinos y de exhortación a la desobediencia de los hombres de armas resultaban insoportables para una clase dominante y unas fuerzas armadas que, a lo largo de la historia de El Salvador, siempre utilizaron la violencia para imponerse frente a los campesinos y trabajadores.

En efecto, en 1931 El Salvador vive su primera dictadura con el general Maximiliano Hernández. Apoyado por los Estados Unidos aplasta un levantamiento indígena en 1932, que culminó en una masacre de 30 mil campesinos, incluida la muerte del líder popular Farabundo Martí.

Posteriormente, luego de una larga crisis social y política en la década del setenta, desde 1980 hasta 1992 se produce una cruenta guerra civil en El Salvador, conflicto que enfrenta al ejército contra las fuerzas insurgentes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). El número de víctimas de esta confrontación armada ha sido calculado en 75.000 muertos y desaparecidos. El conflicto concluyó, luego de un largo proceso de diálogo, con la firma de un acuerdo de paz, que permitió la desmovilización de las fuerzas guerrilleras y su incorporación a la vida política del país.

El papa Francisco ha visto en monseñor Romero un hombre bueno, identificado con los pobres. El pasado 14 de octubre lo declaró santo; san Romero de América. Antes, en mayo del 2015, había sido beatificado en reconocimiento a su martirio “in odium fidei”, vale decir asesinado por “odio a la fe”; y, por tanto, sin necesidad de milagro. Ahora, se le declara santo por su intercesión en un milagro en favor de una mujer salvadoreña que, concentrando su fe en Romero logra sanar de una enfermedad terminal, dando además a luz a una bebé completamente sana.

Lamentablemente, ni el proceso de paz ni su beatificación han ayudado a aclarar el asesinato de Óscar Arnulfo Romero. Ojalá su santificación termine con la impunidad. De lo que sí no quedan dudas es que el hombre que apretó el gatillo fue sólo una pieza en el engranaje de una conspiración organizada por el ejército y los sectores de la extrema derecha salvadoreña. Pero, tanto los detalles como la identidad de quien apretó el gatillo en ese fatídico 24 de marzo siguen siendo un misterio.

Mientras El Salvador aplaude con alegría la santidad de Romero y recuerda su compromiso con la paz, el gobierno de Nicaragua, país centroamericano hermano, impone la violencia y represión contra los luchadores por la democracia. Daniel Ortega debiera escuchar las palabras del sacerdote Romero para que policías y paramilitares no dirijan sus armas contra el pueblo.

La exhortación del santo Oscar Arnulfo Romero también debieran escucharla los militares en Brasil, Argentina, Venezuela, Chile y otros países de la región. Los hombres de armas deben hacer oídos sordos a los cantos de sirena de civiles que, en defensa de sus intereses, los empujan a atentar contra los derechos humanos y reprimir a los más débiles.


Economista