Baila y se desliza etérea, feliz y armónica, por un espacio familiar y misterioso.  Vive en una creación individual y propia. Imagina paisajes, reconoce objetos a través del oído, el tacto y el olfato. Ante ella se despliega un mundo maravilloso de árboles con formas humanas, bosques y jardines llenos de hojas de diferentes colores y tamaños. Flores perfumadas; un sinfín de formas y percepciones extraordinarias y recónditas. Un espacio único e íntimo  habita en la consciencia de Molly, la protagonista de la obra de teatro Ver y No Ver del dramaturgo irlandés Brian Friel, escritor y médico.

Molly es ciega; tiene cuarenta años. Se desenvuelve con espontaneidad en su entorno. Camina y nada con gracia. Describe con belleza lo que significa nadar. Nos habla de una sensación de plenitud y libertad. También intuimos e interpretamos la naturalidad de sus movimientos como la necesidad de volver al espacio uterino en el que no es necesario ver. A los diez meses de haber nacido, Molly pierde la visión. No conserva recuerdos de cuando veía.

Una voz en off, cariñosa y familiar, nos va adentrando en la historia. Es la voz  de su padre, enseñándole el espacio donde habita: sus límites, la proximidad y belleza.  El reconocimiento de las formas, a través de los colores y su aroma. Se trata de una aproximación a la ceguera que envuelve una primera escena otorgándole un carácter de recuerdo y ensoñación que resulta emotivo para los espectadores y sobre todo  para quienes compartimos, al igual que ella, esta  otra realidad, que se configura como un mundo paralelo, imaginado y completado de aquello que no vemos. La escena  se ha vuelto oscura y también luminosa. Por las paredes del escenario, se proyectan imágenes de flores, árboles y plantas. Asimismo, cuando Molly nos habla de la autonomía y libertad que siente al nadar, las paredes también muestran el agua, las olas y el movimiento de las ondas, de la espuma y el mar. Al detalle de estas percepciones, es posible acceder a través de audífonos con audio descripción, que cuentan con alguien que va relatando lo que no podemos ver.

Frank es el esposo de Molly. Es un personaje egocéntrico; de un altruismo enfermo y distorsionado. Habla de temas que parecieran importarle solo a él. Se trata de un hombre que vive en el mundo de las apariencias, mostrando su filantropía y generosidad y contradictoriamente su egoísmo y frialdad  para entender el mundo de su esposa. Egoísmo que lo llevará a sugerirle  a Molly, una operación que le  devolverá  la vista, la que finalmente terminará por destruirla. Por otro lado, está el prestigioso médico, oftalmólogo Rice. También este personaje mostrará su egocentrismo y superficialidad.  Los egos de ambos se confrontan permanentemente, entremezclándose con  el  tema del deseo. Molly quiere complacer a Frank, su esposo y someterse a una operación para poder ver. El médico desea reivindicar su imagen de perdedor y sólo el éxito de este procedimiento, le devolverá, en parte, su estima  perdida. Por otro lado, Frank, desea mostrarle al mundo lo grandiosa y perfecta que es su vida.

El médico se cuestiona éticamente, planteando el conflicto de la obra: ¿Hasta qué punto puede el conocimiento científico desmoronar los pilares compensatorios que tiene un ser humano para validarse frente a la vida? Y reflexiona acerca de la necesidad de regularizar y normalizar la diferencia, invalidando  la capacidad de articular un discurso propio. Un  mundo completo con otro tipo de imágenes, como las que se pueden elaborar a partir de estímulos táctiles, olfativos y acústicos. Junto a  la capacidad de crear, imaginar  y  construir un universo íntimo, único y simbólico que manifiesta conocimiento, espiritualidad y permite aceptarse y validarse en la diferencia. En relación a lo anterior planteo la confrontación entre la  vista como capacidad sensorial y la visión como facultad espiritual, íntima, subjetiva  de nuestra consciencia. Es la visión particular de Molly, su mundo propio, organizado y armónico el que se violenta y amenaza  provocándoles tanto a Molly, Frank y Rice  como  a los  espectadores un caos interno que se resuelve en la locura de la protagonista que no es capaz de lidiar con esta monstruosa nueva forma de ver, en donde no se decodifica lo mirado, puesto que más allá de líneas y manchones, no encuentra una correspondencia en algún otro referente más que en su imaginación y esto produce una doble distorsión. La perturbación del momento, se exterioriza en las luces que titilan, en los efectos de puntos  y rayas que aparecen en las paredes, su circularidad  y la sala en completa oscuridad, en momentos, muestran: caos, desconcierto y perplejidad. Molly se mira en un espejo, después de la operación. Busca en ese ejercicio identificarse y reconocer su identidad, pero se equivoca, su reconocimiento  está en lo que no ve. Su vista; lo que ve no es su imagen, tampoco el imaginario que tenía sobre su cara, lo que ve es un manchón indeterminado y amorfo que no reconoce como imagen, porque la vista va acompañada de una comprensión previa de lo mirado. Comprensión visual que no posee. Se trata de una correspondencia trunca o trágicamente maravillosa en su individualidad que no permite por su subjetividad encontrar referentes en un mundo ajeno.

Surge, en la obra un lenguaje sensorial poético y propio de la protagonista, que no es comprensible a los otros  que utilizan referencias visuales y es aquí cuando entendemos el drama del concepto de gnosis (Rae: la gnosis forma parte de la esencia humana. Es un conocimiento intuitivo, que no es el conocimiento científico o racional) Lo anterior lo explica con claridad el oftalmólogo de Molly. Comprendemos la unión de los conceptos de percepción y conocimiento, y junto a esto, la relación entre  ver y entender. Nos duele y afecta, como espectadores  darnos cuenta cómo fue que la visión de Molly se trastoca, derivando en una ceguera visual, una distorsión de lo mirado y finalmente, en una parálisis espiritual, que se traduce y cristaliza en una metáfora doble: ya no se comprende lo que se ve, ya no se quiere seguir viendo; resulta paradójicamente sanador, encapsularse en una irrealidad; la pérdida de la cordura. Locura que también termina por ensombrecer las vidas de Rice y Frank.

La obra cuenta con una banda sonora que acompaña las escenas, utilizando sonidos de acuerdo a las imágenes mostradas. La canción Fe de Jorge González, aparece antes de que Molly se someta a la operación. Los acordes de la canción nos transportan al recuerdo de su letra: “Sabes que vuelvo a tener fe y empiezo a sanar… Dama escúchame  una vez… Te ves feliz y me gusta que seas feliz…Sabes con los recuerdos de nuestro amor, hice mi propio sueño…”

El vestuario, junto a las recreaciones, en tamaño natural, de los cuerpos  y   las caras de la actriz y de los dos actores principales, se muestra  a los espectadores,  de forma de  maniquíes, posibles de  tocar. Esto le añade, a la obra, otro componente inclusivo. Aunque cuando se habla de inclusividad, se debe conocer al público objetivo y ofrecer una mejor accesibilidad al recinto donde se muestra dicho montaje. Quizás vehículos de acercamiento desde la estación de metro más cercana al teatro CorpArtes, podría ser una solución. Asimismo, el excesivo valor de la entrada segrega a un público más masivo, condicionando nuestras entradas al auspicio de alguna corporación. Por último, una obra que ofrece audio descripción no puede cobrar más por ese servicio, puesto que se plantea como una obra inclusiva. Tampoco deben fallar los audífonos, con problemas de audio o acople.

Obviando lo anterior, Ver y no ver es una obra reflexiva que da un vuelco a la “situación” de discapacidad.  Comparto una de las múltiples lecturas que  pueden inferirse  a partir de la obra: la ceguera no  es una situación que pueda ser corregida o mejorada en su totalidad. Perviven los recuerdos de un mundo del que es difícil distanciarse, porque forman parte del cotidiano; o por  la belleza que se descubre en el camino.

Existen diferentes mecanismos, compensatorios o no, con los cuales se puede acceder a la realidad, pero esta siempre será diferente.  No se puede hablar de situación: No es momentánea y no siempre se recupera lo perdido. Cuando contamos con herramientas que nos permiten desenvolvernos de buena forma en distintos contextos, se aliviana el peso, pero no se debiera anular el discurso diferente y tampoco  homogeneizar al patrón operante. Al considerar la ceguera como algo transitorio, posible de mejorar con las herramientas adecuadas, no integramos, no incluimos, y no respetamos otra visión que podría aportar de múltiples formas a esta sociedad. Todavía tenemos miedo a salirnos de lo regular, conocer y adoptar un riesgo, una nueva y comprometida  percepción del otro y de la diferencia. La riqueza de una persona ciega que ha encontrado elementos propios para validarse, exige su valoración en la sociedad; aceptarla como persona dotada de otras herramientas que enriquecen su mirada y también la nuestra, se plantea como una tarea urgente. Finalmente, es importante entender esto para no asimilar el problema de la vista a un patrón cultural dominante, el de la normalidad sino para aprender, coexistir con la diferencia y embellecernos con su visión particular de la realidad. Decida usted: ¿Cambiar la vista, u otra visión para ver?


Profesora de literatura, crítica de arte y escritora.