En Chile la última vez que la izquierda dijo SI fue durante la Unidad Popular. La consecuencia inmediata de ello fue el Golpe de Estado de 1973 que, entre otras cosas, muestra de manera prístina que la Unidad Popular era un peligro para el orden oligárquico, que era verdaderamente la abertura de la imaginación política de un pueblo. La fuerza de la violencia de la dictadura habrá que medirla en una relación directamente proporcional a la radicalidad del proyecto popular. Porque tal proyecto no fue sólo una articulación partidaria, sino una convergencia –una “alianza” diría Judith Butler- entre organizaciones sociales y partidos cuyo nivel de politización fue tan decisivo que la división del trabajo social que habitualmente separa teoría y práctica pudo ser, en parte, desactivada.

Un SI implicó hacer que potencia y pueblo, experiencia y vida, imagen y cuerpo fueran abrazadas en una intensidad sin principio ni fin, enteramente an-árquica para las estructuras políticas existentes, para las formas de orden que prevalecían, para el pacto oligárquico de 1925. La experiencia de la Unidad Popular fue excedente respecto de sí misma: no calzó ni con su espacio ni con su tiempo. En este sentido fue “utópica”, pero no en el mal sentido que dicho término asume hoy en día, según el cual, habría concebido un “ideal” abstracto sobre el cual ceñirse y dejarse conducir. “U-tópica” implica asumir un “tópos” preciso, un lugar que, sin embargo, carecía de lugar: la Unidad Popular devino un mundo que carecía de mundo afirmando para sí el carácter intempestivo que ninguna otra fuerza política de izquierdas posterior al Golpe de 1973 ha logrado alcanzar.

En cuanto “alianza” social y política, la Unidad Popular no tuvo una noción “políticamente correcta” de las cosas, sino mas bien, orientó sus esfuerzos a impugnar todo lo políticamente correcto, abriendo el campo abismal de la historicidad en el que no hay nada ni nadie que garantice que las cosas terminarán bien. Su incorrección política se planteó en virtud del carácter “utópico” que definía su consistencia, que abrazaba su intempestividad, su intempes-festividad– podríamos decir. La Unidad Popular fue más un proceso que una coalición política, una experiencia común mas que un gobierno, una potencia que dijo SI a la imaginación popular.

Desde el plebiscito de 1988, la izquierda chilena –con todas sus volteretas, renovaciones y nuevas alianzas- ha dicho sistemáticamente NO. Dejó de lado su dimensión “utópica” para afirmar el realismo de las condiciones impuestas hundiéndose cada vez más en un discurso ajeno que termina por asumir. ¿Qué habría pasado si el plebiscito de 1988 hubiera puesto la opción SI a la “democracia” y NO a “Pinochet”?

El año 2017, la fuerza que hoy se denomina “progresismo” (ya ni siquiera “izquierda”) enfrentó a Piñera con un NO. Recalcó en su estupidez, en su banalidad, en su falta de moral. Al decirle NO, Piñera seguía en el centro de la escena política, pero sin tener que realizar esfuerzo alguno, a modo de una presencia que se niega, pero que está ahí, el NO a Piñera determinó la elección, haciéndole “propaganda” gratuita al candidato que supuestamente había que derrotar: decir NO implica afirmar aquello que se niega, dejarlo como un espectro que se potencia desde atrás y sostener su presencia a pesar de negarle, precisamente por negarle. Piñera ganó en virtud de ese NO.

Y todo pasa, efectivamente, por la cuestión de la “propaganda”, término que, por cierto, no goza de buena prensa. En su obra Spartakus. Simbología de la Revuelta compuesta entre 1968 y 1969 en pleno estallido del Mayo de esos años, el egiptólogo Furio Jesi denominó “propaganda genuina”, esto es, aquella imaginación política orientada al rescate de epifanías atravesadas de la experiencia insurreccional de los pueblos, antes que aquella propaganda que despliega “falsos mitos” característicos de la “simbología capitalista” y que hoy día arremeten en escena gracias a la revitalización del fascismo. Una propaganda genuina implica subrayar la “utopía” de las luchas, el desacato frente al poder, afirmar en una sola imagen la condición de la catástrofe y las posibilidades inmanentes de redención. Sólo la propaganda nos hace “u-tópicos”. La Unidad Popular supo de ella con la célebre Brigada Ramona Parra y otros artefactos, pero los sectores reaccionarios desplegaron su “simbología capitalista” catalizada, entre otros soportes, gracias a El Mercurio y el financiamiento que a éste periódico prodigó la CIA. La Unidad Popular no dijo NO. Mas bien, afirmó un SI por el que destituyó el carácter oligárquico del orden. Tal destitución fue una abertura que, en la narrativa “upelienta”, se eternizó bajo el nombre de Grandes Alamedas.

Hoy día, quizás deberíamos atender cómo el llamado progresismo –efecto de una derrota política de proporciones- se opuso punto por punto a la Unidad Popular: si esta última era u-tópica, el primero fue realista, si la primera no era “políticamente correcta”, el primero asume una corrección sin (con) cuartel, si la Unidad Popular fue intempestiva, el progresismo fue entera y permanentemente adaptativo. La Unidad Popular cuestionaba las condiciones históricas y políticas que sometían al pueblo de Chile, el progresismo no las cuestionaba, sino que intentaba consolar al pueblo buscando resquicios financieros, legales, políticos, que no atormentasen a las estructuras del poder.

En suma, la Unidad Popular dijo SI porque su vocación estuvo en la transformación de las condiciones materiales; el progresismo dijo NO porque apostó a la administración “humanitaria” de dichas condiciones. Mientras el progresismo persista, ganarán los asesinos. El NO es una fuerza frenante (un katechón, como diría Schmitt), pero no una apuesta transformadora; es resentida pues convierte a la utopía en un “ideal”, pero no liberadora pues llena de largas explicaciones racionales dejando de lado las imágenes populares que han forjado el conjunto de las luchas. El año pasado, Piñera triunfó gracias al NO. Quizás, en las actuales elecciones de Brasil, también lo hará Bolsonaro.


Académico, Universidad de Chile