No se sabe cuál es el origen de la célebre fábula de los ciegos y el elefante. Algunos dicen que es persa, otros que es india. En cualquier caso, versa sobre un grupo de ciegos que, al ser testigos de la llegada a su pueblo de un extranjero montado sobre un elefante, discuten hasta la saciedad sobre qué es aquello con lo que se encuentran. Uno de ellos afirma que es una gran escobilla mientras le toca la trompa, otro lo niega diciendo que es una gran columna mientras le toca una de sus patas. Gracias a la enérgica discusión van aprendiendo una realidad singular de manera fragmentaria, ignorando que bajo ciertas condiciones las cosas pueden adquirir una asombrosa unidad. Hervé Clerc, a quien el escritor Emmanuel Carrère le dedica varias páginas en El Reino, estudio el islam y el hinduismo con el objetivo de pesquisar “con ardor” esto que llama “la unidad de lo real” -que en Occidente, al igual que para los ciegos, se presenta solo en partes. Tras su breve tránsito termina por tratar la meditación como forma de contemplar ese cielo al que Pitágoras alude cuando le preguntan porqué los seres humanos están en la tierra. ¿Será el mismo elefante lo que buscaba aquella multitud vestida entera de rojo, rosado, o marrón para reunirse en torno a un hombre de mirada bovina y larga barba conocido indistintamente como Bhagwan Shri Rajnish u Osho?

A través de seis capítulos de alrededor de una hora cada uno, la producción de Netflix Wild Wild Country (2018), nos muestra cómo es que en la década de los ochenta este líder espiritual indio que pregona la unión del deseo del cuerpo y del alma, se ve obligado a trasladarse de Pune, India a un lugar que le permita acoger a la enorme cantidad de adeptos de todo el mundo que viajan para vivir con él dispuestos a pagar por sujetarse a diferentes técnicas grupales de meditación. Es así como, con la ayuda de su segunda secretaria personal Ma Anand Sheela, logra penetrar en el territorio de una de las mayores potencias de Occidente. Siguiendo al pie de la letra las reglas que rigen en el país elegido, Osho y sus colaboradores consiguen mucho más de lo inicialmente proyectado; ya no sólo ofrecerían breves estadías en un centro de meditación ubicado en la India, sino que fundarían la ciudad de Rajnishpuram en el condado de Wasco en Oregón, incorporándose a la cartografía de Estados Unidos. La polémica y breve historia de dicha localidad, que llegó a contar hasta con policías vestidos de rosa, es relatada a través de registros inéditos ordenados por la voz de quienes ocuparon un rol central en y en contra de su existencia como si interpretaran a alguno de los ciegos de nuestra fábula.

A medida que transcurren los capítulos, nos transformamos en testigos de oídas de cómo una mujer india llega a convertirse en la secretaria personal del hombre que de niña la cautivó; una desilusionada mujer australiana llega a convertirse en la mano derecha de la secretaria personal de Osho; un estadounidense cansado de las exigencias impuestas por la vida occidental llega a ocupar el rol de primer alcalde de Rajnishpuram; un estadounidense que tenía una promisoria carrera de abogado llega a reemplazar al primer alcalde de Rajnishpuram; una periodista estadounidense llega a convertirse en la vocera de la comunidad rajnishe. Estos testimonios se enfrentan, como en una lógica adversarial, a los de aquellos estadounidenses un tanto conservadores que habitaban antes el territorio elegido por Osho, y  que llegan a convertirse en opositores activos de la constitución de Rajnishpuram, logrando incluso que las máximas autoridades del país intervengan a su favor. Es así como lo que se inicia como un proyecto aparentemente exitoso de fundar una comunidad sin mayores aspiraciones que transformar el día a día en una serie de encuentros de un cuerpo con otro cuerpo haciendo el amor, y contagiándose de alegría, muta en una historia de intrigas marcada por denuncias de intento de asesinato, tenencia de armas, contagio masivo de enfermedades, utilización de indigentes, contrabando, fraude a la ley de inmigración, entre otras.

Esta lógica adversarial que nos obliga a asumir la mirada desprejuiciada de un juez que reclama tener a la vista todos los antecedentes para establecer los hechos del caso, instala varias preguntas que pueden sintetizarse en una mayor: ¿es posible constituir una comunidad que no dependa de la subordinación de unos a otros? La pregunta anterior se ve reforzada con el título de la serie que parece sembrar la duda de qué fue lo que realmente provocó el desmembramiento de la comunidad rajnishe que elevó el número de los habitantes de ese territorio de 40 a 5.000. Si fue la imposibilidad de escapar de la lógica del poder de unos sobre otros condensada en la figura de Sheela, o si, por el contrario, se debió a la arremetida a gran escala de uno de los países que reclama para sí casi en exclusiva la etiqueta de “democrático” que, sin embargo, muestra su lado más salvaje, doblemente salvaje. Porque con independencia de la aproximación que se pueda tener hacia las enseñanzas de Osho con las que pretendía fusionar la espiritualidad de Oriente con el gusto por las cosas materiales y la liberación sexual de Occidente, lo cierto es que logró poner en jaque al sistema estadounidense siguiendo sus propias reglas.

Ya hacia el último capítulo no se sabe quién es el que ocupa la posición de los ciegos de la fábula inaugural; si los ciudadanos estadounidenses respecto del movimiento rajnishe; si los rajneeshees en relación a Osho; o si los mismos espectadores respecto de la serie documental. Ante la posibilidad de que sean todas las anteriores, en vez de intentar una respuesta a la pregunta mayor comportándonos como aquellos que teniendo ojos no logran ver la supuesta unidad de lo real, lo que habría que intentar es dar otro paso reformulando la idea misma de comunidad. Partiendo del ingenio de Pitágoras se podría decir que la clave puede hallarse en la relación de igualdad implicada en que todos los seres humanos estén en la tierra para contemplar el mismo cielo.


La mirada de los comunes