Año 2001, Argentina. La historia comienza ahí. Hace sólo unas semanas el presidente argentino de la época, Fernando de la Rúa, designa como salvador de la crisis económica que arrastra el país hace ya un par de años, a Domingo Cavallo como ministro de Economía. Los argentinos al poco tiempo escuchan por vez primera la palabra que hará estallar de rabia, impotencia e injusticia a movimientos sociales, trabajadores, estudiantes, al pueblo en su totalidad: corralito. De ahí en adelante, los hechos violentos del 20 y 21 de diciembre de ese año en plena Plaza de Mayo, “el cacerolazo”: saqueos, enfrentamientos con la policía, estado de sitio. Surge con más fuerza el que se vayan todos”. La represión, como cada vez que el sistema imperante, el establishment, se ve en peligro, fue dura, cruel, sanguinaria. 36 muertos en dos días de protestas. De la Rúa intenta una última salida, busca un gobierno de “unidad”. La palabra manoseada por tantos gobiernos cuando todo se va al carajo, escapa de las manos, se asoma el abismo. Renuncia la tarde de ese 21 de diciembre, escapa en un helicóptero desde la Casa Rosada. ¿Y ahora qué?, se preguntaban los argentinos. 4 presidentes con efímeros mandatos hasta el 2003. Hasta que gana las elecciones y asume un tal Nestor Kirchner. Esa es parte de la historia, sirve de contexto.

Entre tanta pobreza, miseria, bala, sangre y saqueos surge aquella capacidad que tiene a veces el hombre para, desde el caos y el horror, construir, hacer algo valioso e imperecedero, legar algo. En pleno desorden institucional el año 2002 nace Eloísa Cartonera en Buenos Aires. El escritor Washington Cucurto y el artista plástico Javier Barilaro, entre otros, deciden al tenor de lo encarecido de los insumos para fabricar libros tradicionales, emplear el cartón y otros materiales reciclados y reutilizables. La antigua Editorial Eloísa, recibe su apellido para siempre: Cartonera. Desde ese momento, una profunda y social alianza con innumerables cartoneros que ganaban el sustento por esos magros días, una manufactura artesanal única e irrepetible y el sentido de cooperativismo, van dando paso a paso, no sin sobresaltos, al surgimiento de la primera y más importante editorial cartonera del mundo. Había nacido el libro cartonero para quedarse.

Más allá de las diferencias, complejidades y sellos que cada editorial cartonera le imprime a sus textos, podemos encontrar ciertos lugares comunes: manufactura siempre artesanal, tapas de cartón, el empleo de diversas técnicas para colorearlos, como la acuarela, témpera, tejido, tinta, recortes de prensa, el collage, fotografías, etc. ¿El tiraje? 20 a 30 ejemplares por producción. Todo a mano, uno, por uno, utilizando diversos tipos de encuadernación, belga, japonesa, greca. Nada en serie, un alto a la producción de la máquina de las grandes editoriales como latas de conserva. El libro vuelve a tener el aura de lo único e irrepetible, del trabajo del artesano, el que crea con sus manos, habilidad y destreza. Las editoriales cartoneras han provocado una rebelión contra la reproducción técnica de la obra de arte denunciada en los años cuarenta por el filósofo alemán Walter Benjamin: “…podría afirmarse que en la era de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es su aura”, “… Al multiplicar las reproducciones, la técnica reemplaza el lugar de la existencia irrepetible por la repetición masiva”, señalaba el alemán. En estos tiempos de producción en masa para satisfacer las fauces ávidas de consumo de la sociedad contemporánea, cada ejemplar además de una obra de arte en sí, es una proclama del verdadero y primigenio sentido del arte. Lo hecho con las propias manos.

Una idea que fluyó hasta los más recónditos lugares del orbe: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Venezuela, Uruguay, Perú en Sudamérica; Alemania, España, Finlandia, Francia en Europa; México, El Salvador, Puerto Rico, República Dominicana en Norte y Centro América; Mozambique en África. ¿Qué tal? Pues el libro cartonero y sus editoriales tienen ciertas características que las hacen únicas y distinguibles de las tradicionales: la posibilidad que puedan publicar escritores desconocidos, noveles, emergentes; su bajo costo sin las cadenas de distribución tradicional propias del sistema de mercado. La mayoría de los títulos son distribuidos por sus propios autores, vendidos en ferias de editoriales cartoneras e independientes o en sus mismos talleres.

Y entre todos ellos, Chile. La extinta Animita Cartonera creada el 2005. Canita Cartonera, proyecto editorial llevado a cabo en la cárcel de alta seguridad de la comuna de Alto Hospicio. Olga y La Joyita Cartonera, Editorial Opalina Cartonera en la quinta región, entre muchas otras. Chile, aunque no se crea, se ha convertido en el polo del libro cartonero a nivel latinoamericano y mundial. Es tan así este fenómeno que los días 19, 20 y 21 de Octubre se realizó el VI Encuentro Internacional de Editoriales Cartoneras en la Biblioteca de Santiago. El evento contó con ponencias, mesas redondas, talleres de confección de libros cartoneros, exhibición, venta y muestra de colecciones, presentaciones de libro (novedades editoriales). Y la presencia, entre otros invitados, de Washington Cucurto, el creador de este movimiento de arte en constante rebeldía.


Profesor de Lenguaje y Comunicación. Profesor de Castellano UPLA