“¡Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha del migrante por América Latina!”. Es uno de los gritos que vocifera la caravana de migrantes centroamericanos, procedentes de Honduras, Guatemala y El Salvador, que se dirigen hacia México para entrar a Estados Unidos. No tienen visa ni sello en el pasaporte, algunos ni siquiera documentación, pero salieron a la búsqueda de un futuro mejor en el norte.

El éxodo centroamericano, que inició su camino el pasado 13 de octubre desde San Pedro Sula, al norte de Honduras, saca la migración de la clandestinidad. Los desplazamientos que antes se realizaban en pequeños grupos y a expensas de los coyotes, se hace ahora en grupos de miles de personas a plena luz del día, a la vista de todos.

Algunos de los participantes no es la primera vez que intentan salir de su país, pero nunca habían tenido tanta esperanza en lograrlo como ahora.

El director de la Casa del Migrante de Guatemala, el sacerdote Mauro Verzeletti, dijo a Prensa Libre que la raíz de este proceso tiene que ver con el final de los procesos de paz en Centroamérica. “Los pueblos esperaban que el Estado fuera un aliado del pueblo, de los más necesitados que generara mejores condiciones de vida, este era el gran sueño de los guatemaltecos, hondureños, salvadoreños y nicaragüenses, pero los gobiernos se entregaron a un modelo de mercado que ha fracasado. Esta huida masiva es un grito de los pobres y los excluidos, de estas personas que ya no soportan la violencia y la pobreza”, explicó.

verzeletti

/ Prensa libre: Érick Ávila

En su opinión, la decisión de migrar en grupos y familias es un nuevo modelo que está fuera de los parámetros tradicionales. “La migración en masa es la nueva estrategia”,  dice el sacerdote. Caminar en grupo es más seguro, menos expuesto e incluso más alentador para las miles de personas que caminan de un país al otro. Se hacen redes y la solidaridad entre ellos, que se encuentran todos en la misma situación, les permite hacer frente a las situaciones adversas, como el ataque con gases lacrimógenos que recibieron en el puente que cruza el río Suchiate, la frontera natural que separa México de Guatemala. Según el cura, algo distinto está ocurriendo en los países del Triángulo Norte de Centroamérica. En 20 años que tiene de estar involucrado en el tema, asegura, no se había dado un fenómeno similar. Esta nueva fórmula permitiría superar la migración clandestina y que venía siendo apoyada por los coyotes, crimen organizado y narcotráfico. “Ahora este negocio se quedó desplazado porque vemos que las personas ahora están migrando por sus propios medios y recursos”.

Verzeletti está convencido de que estas movilizaciones demuestran que los pobres quieren gritar al mundo que “somos personas, seres humanos que tenemos dignidad y derechos”. Dice que  la característica de los migrantes hondureños es que han buscado soluciones a su situación en su propio país, pero no la han encontrado. “Muchas familias dicen que han sufrido 20 desplazamientos internos en Honduras, lo que demuestra que la gente no quiere salir e intentan primero encontrar una solución en su país”, afirmó.

Mauro Verzeletti considera que el desplazamiento masivo de Honduras podría tener un efecto réplica en otros países. Según dijo, desde El Salvador se planea hacer una caravana que estaría saliendo del país a finales de octubre. De hecho, el pasado domingo una segunda caravana de casi un millar de migrantes hondureños inició su travesía a pie desde Guatemala para alcanzar la frontera con México e intentar llegar a Estados Unidos.

El grupo que avanza en México está conformado por unas 3.000 personas, según cálculos de la prensa y organizadores. Unos 1.000 quedaron atrás: algunos decidieron esperar en la frontera para ingresar legalmente a México y otros desertaron debido al temor o al cansancio.

Las otras caravanas

A pesar de que esta es la experiencia de este tipo más multitudinaria hasta ahora. En abril  se puso en marcha otra caravana que llegó a congregar unas 1.500 personas, y quintuplicó el número de personas que se registraron en una caminata colectiva similar en 2017. Cuando la marcha llegó a San Diego, Estados Unidos, dos terceras partes de sus integrantes ya habían abandonado el camino. Muchos de los que pidieron asilo eran padres e hijos que fueron separados después por la política de tolerancia cera impuesta por Donald Trump.