…Me senté a su lado en silencio,/ me miró por el espejo y entredientes me                                              

dijo:/ “es un trabajo de vagos el nuestro”,/ asentí callado,/ cogió su impermeable                         

arrugado y me lo pasó,/ a ver si te queda chileno/ te dejo con él algo de mi santidad de         

vagabundo,/ puesto que estás de acuerdo conmigo/ en lo que respecta al trabajo del artista.

Germán Areztizabal

 

Si no hubiese sido rescatada por una casualidad, la fotógrafa Vivian Maier no existiría. Su trabajo, su existencia, sus obsesiones no serían más que sombras. ¿Pero eso significaría que sus fotos no serían arte? ¿Qué ella no sería una artista? ¿Cuánto tiene que ver el ojo de otro para definir qué es o no arte? ¿Cuánto realmente importa la validación de los que saben, exhiben, publican y al final compran una obra? No hay respuestas o yo por lo menos no las tengo.

¿Tiene algo que ver la fama con esto? Hoy puede parecernos que fama y artista son sinónimos. Esta desconocida mujer no lo creía. Por eso no hizo nada por ser conocida, algo desconcertante en nuestros días de éxito y autobombo.

Vivian Maier puede ser presentada de varias maneras: una niñera. Una niñera medio loca o ensimismada. Una niñera, media loca y ensimismada que sacaba fotos. Una niñera media loca y ensimismada que a casi nadie le decía que era fotógrafa. Pero más que cualquier otra cosa, Vivian Maier era una fotógrafa. Una de las mejores fotógrafas que he visto, o simplemente la que más me ha conmovido. Si no me cree, vaya a ver la exposición que hasta el 2 de diciembre se presenta en el Centro Cultural de las Condes.

La biografía nos habla de una niñera misteriosa que entre los años 50 y el 2000 se movió sacando fotos entre Nueva York y Chicago; casi como una sombra para los que la conocieron. Sin amigos, sin pasado, sin descendencia y que, además, ocultaba su identidad cambiando su nombre cada vez que podía.

Los testimonios de los que la frecuentaron son ambiguos, los que fueron cuidados por ella cuando niños hablan de una mujer cariñosa, pero ensimismada, la mayoría minimiza lo de cariñosa y recalca lo de ensimismada. El caso es que toda su vida Vivian Maier en todos los lugares en que vivió, y en todos los trabajos que tuvo, no hizo más que una cosa: sacar fotos.

Vivian Maier “aparece” en el mundo el 2007, cuando las cajas con sus archivos de fotos salen a remate por no pagarse el arriendo de los depósitos donde se guardaban. Un joven historiador de Chicago, John Maloof, las compra pagando la bicoca de 400 dólares. Pronto Maloof se da cuenta que esos negativos son un tesoro y comienza a investigar sobre el autor. Descubre que se llama Vivian Maier. Una fotógrafa de la que nadie ha oído hablar. Cuando teclea en Google Vivian Maier, no aparece nada. Un enigma que se propone aclarar. Para eso, Maloof hizo un documental: Finding Vivian Maier, y desde ese día vive para dar a conocer el trabajo de la fotógrafa. Trabajo que conocimos en Chile por esa película y dos exposiciones. También la anónima Maier vino a Chile en 1957, durante un viaje de ocho meses que incluyó además México, Brasil y Colombia. Según lo que se sabe, estuvo en Santiago entre el 30 de marzo y el 4 de abril de 1958. No hay mucha información sobre este viaje. Lo que se sabe es que sacó fotos. Aunque nadie las ha visto. Se sabe también que fue al Foto Club de Chile, donde se presentó como fotógrafa. Lo que niega esa versión que dice que no se reconocía como fotógrafa; simplemente no tenía que andarlo repitiendo para que fuera real.

Que soledad más sola

La exposición que podemos ver en Chile es de autorretratos. Maier tenía una obsesión por “salir en la foto”; y aunque su anterior muestra era sobre las gentes de Chicago y Nueva York, siempre se colaba ella en algún espejo o como el reflejo de una sombra en el piso. Según quienes la han estudiado, era una forma de asegurarse la eternidad, aunque fuese de contrabando. Yo creo simplemente que era la afirmación de ese instante, donde ella se convertía en lo único que debía ser, en lo único que quería ser.

Sus autorretratos la muestran con sus ojos separados y su cara asimétrica, su enorme nariz, el pelo corto, muchos sombreros, un impermeable arrugado y zapatos masculinos. Yo la encuentro bella, quizás porque la tristeza de su mirada en los espejos que se reproduce es infinitamente triste.

Son fotos impresionantes. Por su calidad, por su composición, por la capacidad de rescatar la belleza en cualquier cosa y en cualquier lugar; y, sobre todo, porque muestran una soledad tremenda. Una soledad que quienes la vemos, no sabemos si es elegida o no.

Quizás, como nos gustan las historias edulcoradas la mayoría pensará que ella no eligió estar tan sola. Quizás. Pero estoy seguro que no le importó demasiado, porque tenía algo más importante que hacer. Capturar un instante. Un momento único e irrepetible. Un momento que habla de todo y nada. Un momento que es lo único que tenía como patrimonio. Y capturarlo para ella era más que suficiente. Quizás por eso no necesitaba revelar sus fotos. Eran solo para ella.

Una de las fotos que más me impresionó la muestra sonriendo en traje de baño en una playa. Es la única foto donde sonríe. Si se mira con detención, se descubrirá que la playa está absolutamente abandonada. No hay más vida en todo el resto de la foto. Es casi como una marca, como el registro exacto de una existencia. De su existencia.

Sus autorretratos nos la muestran en fragmentos, en un espejo, en una sombra, en un vidrio, en el reflejo de la vida, en perspectivas imposibles, en ángulos que sólo su talento descubre. Quizás la cámara era un escudo, un escudo para enfrentar a los otros.

La exposición nos lleva inevitablemente a preguntarnos ¿por qué fue una fotógrafa anónima? ¿No confiaba en su talento? ¿Por qué Maier decidió no mostrar sus fotos? Preguntas que sólo pueden ser respondidas como especulación en cualquier sentido. Lo único que habla de verdad son los rastros que dejó tras de sí. Y las fotos, sobre todo las fotos. Alguien que no está seguro de su talento no haría más de 120 mil negativos, ni pasaría todos los santos días de su vida no haciendo otra cosa más que fotos. Es cierto que casi no mostró su obra. Pero también hay una respuesta sencilla para esto: Vivian Maier era pobre para revelar toda las fotos que sacaba. ¿Además para qué? ¿Para que otros le dijeran: “eres una gran fotógrafa”? Les aseguro que ella lo sabía. Claro que lo sabía y no le importaba nada. Hacía lo que tenía que hacer. Hacía lo que la hacía feliz: buscar algo entre la multitud, enfocar y esperar el instante perfecto. Y ella sabía cuando disparaba su cámara que había capturado para siempre ese instante perfecto. Todo esto hoy es inentendible. ¿Por qué alguien con talento no quiere vivir de eso? ¿Por qué alguien con talento no quiere que todos la celebren? Quizás, porque eso cansa más que el anonimato.

En su anterior exposición hay una serie que hace en la premier de la película Espartaco. Allí, las 12 fotos que trae la carga de su cámara Rolleiflex son perfectas, pero no solo estéticamente. Lo que más me gusta de esa secuencia es que cuentan una historia completa; están los actores: Kirk Duglas y su férreo brillo junto a la belleza de su mujer; las estrellas del filme al empezar la secuencia. Pero lentamente dejan de ser el centro de las fotos. La atención de Maier los deja para irse con la gente de la calle que los ve desde fuera como ella. Y no como un gesto populista. Sabía que lo más interesante no está en lo que las luces apuntan, sino en lo que dejan en sombras.

Una de las cosas más bella de su trabajo es que no busca lo extraño por lo extraño; son las fotos de un paseante, de alguien que camina, sobre lo que la rodea: los niños que cuidaba, los obreros de las construcciones, las mujeres de Nueva York, los negocios del centro, alguna escena de un crimen, los borrachos, los animales muertos. La vida sin apellidos.

Vivian Maier murió el 2009 a los 83 años. Se supone que había perdido la razón y pasaba los días entre un banco en el parque, donde se sentaba a maldecir, y la casa que le pagaban algunos de los niños que había cuidado en su juventud. En su casa acumulaba de todo: vestidos, sombreros, tiquetes de bus, recibos del almacén, dientes de los niños que cuidó, miniaturas, casetes con su voz y periódicos, miles de periódicos con noticias policiales.

En una de sus cintas grabadas, Maier nos deja una idea del mundo que retrató: “Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda, te subes y llegas al final, alguien más tiene tu misma oportunidad y ocupa tu lugar, hasta el final, una vez más, siempre igual. Nada nuevo bajo el sol”. Pero sus fotos si son algo nuevo bajo el sol, algo que brillará por siempre bajo el sol.

 


Documentalista y guionista