El cuerpo que le mostraron a la madre dejaba ver solo la cabeza y el cuello de su hijo. En la cara faltaba un ojo y la nariz, arrancada desde el hueso, dejaba ver un agujero de sangre seca. Una de las orejas colgaba de un jirón de carne y en la frente y las mejillas la piel abierta por los tajos delimitaba espacios para quemaduras profundas y superficiales hechas con fierros y cigarrillos[1]. El cuello quebrado y la deformación del conjunto estaban más allá de toda expresión de dolor. Del resto del cuerpo no tenemos descripciones precisas pero lo cierto es que la destrucción física fue sincronizada cuidadosamente con la respiración. El trabajo tomó un cierto tiempo y un conocimiento aprendido sobre la forma de ir apagando la vida de a poco y sin entorpecer los flujos continuos del dolor.

La crueldad se exhibía en el cadáver como tomándose su tiempo y demorándose en los detalles. Cada huella hablaba de la dedicación al dolor y describía el punto en que el trabajo profesional y el deleite de los psicópatas se encuentran en el mismo momento moral que los justifica y los destina el uno al otro. El torturador, igual que el contador, es un profesional que además de talento técnico, ojalá disfrute su trabajo. La  eficacia de la tortura, como sabemos, no está ligada a la información, ni al arrepentimiento, sino al desmontaje y a la destrucción sistemática de una vida.

Eugenio Ruiz-Tagle era el hombre más amable que he conocido

No era un profeta ni experimentaba alucinaciones mesiánicas; él trabajaba para mejorar su vida en conjunto con las vidas de todos. Era un hombre libre y solidario. En la misa en la que fue despedido se encontraron los legitimadores de la tortura con los amigos del muerto. Estaban los que tuvieron que partir escalonadamente al exilio y la familia con los ojos barridos y el cuerpo rígido de los que permanecen con vida pero estupefactos.

Los que en esa época funcionaban como soplones, inquisidores y ensambladores del modelo, hubieran querido salvarlo pero no a costa de arriesgar la alianza con los torturadores. Los que hoy lamentan no haberlo salvado (pero dicen haberlo intentado, lo que vendría a ser igual) son los mismos que defienden la confusión criminal y autónoma entre fuerzas de defensa territorial y fuerza policial ilimitada como vocación verdadera del Estado. La UDI de hoy y los Bolsonaros que vienen, han conservado la apertura al mundo en que la tortura es el medio por excelencia de la purificación de las almas perdidas. Esta vigencia se conserva en nombre de un bien mayor que sería la seguridad de muchos contra la de unos pocos. Mayor y menor son metáforas de una jerarquía; un modo de restringir la comunidad a ‘los míos’ y de concebir su bienestar como sujeto de amenazas insoportables que tocan a la verdad y a la existencia de la vida misma.

En el futuro que estamos invitados a contemplar, el cuerpo de mi amigo permanece como historia viva de los crímenes cometidos en común y que fundan nuestra sociedad. No es la mirada al infinito, ni es la contemplación abismada lo que nos abre a la herencia de esa vida. No es el olvido lo que abre paso a un porvenir más libre sino justamente la memoria que alerta sobre las repeticiones que se suceden al amparo de la buena conciencia y de un orgullo traspuesto por la mala fe.

No son las equivalencias éticas ni el esfumado de los actos criminales lo que nos permitirá convivir como si nada. Es necesario desenquistar la crueldad y el ensañamiento de los comportamientos posibles de las instituciones del Estado. Ese es un trabajo urgente de perseverancia, de imaginación, de compromiso con la libertad y con la compasión.

[1] Informe Rettig, Tomo I, página 104.