Justo un día antes de que más de 100 millones de brasileros concurrieran a las urnas a tomar la peor decisión de su historia, me di una vuelta por el centro de la capital, Brasilia, mi objetivo era empaparme un poco del clima del “día previo”. Recorriendo la avenida principal, me detuve justo frente a la Catedral, quien ha tenido la fortuna de pasar por ahí, debe coincidir conmigo, en que contemplar el edificio católico, produce dos sensaciones consecutivas, primero la impresión por sus hermosas formas modernistas, y luego la sorpresa al enterarse que fue diseñada por un comunista y ateo (Oscar Niemeyer), en el espíritu democrático y republicano con que se fundó la ciudad capital del gigante latinoamericano. Sin embargo, este no fue el caso, justo ahí había cientos de autos, precedidos por un número aún mayor de personas cargando banderas negras, encabezadas por un lienzo con el texto “Fora Comunismo”(fuera comunismo”), era una actividad del comando de Bolsonaro.

Nací en el 88´ nunca había visto en persona manifestaciones masivas de fascistas. De derecha obviamente sí, pero bajo consignas y estéticas del tipo “Viva el cambio” o “Tiempos Mejores”, nunca una tan explícita, tan violenta como “Brasil sobre todo, Dios sobre todos” (traducción del eslogan de Bolsonaro). Quise escribir esto, justamente por eso, nunca lo viví y no quiero que mi familia, ni mi país, lo vivan en carne propia.

La cosa era así, detrás de ese lienzo contra el comunismo, las banderas negras, tenían el rostro de Jair Bolsonaro, normalmente la “i” era reemplazada por el dibujo de un cartucho de bala, bajo eso, algún texto pidiendo la muerte de algún grupo de personas (gays, comunistas, adherentes del expresidente Lula, etc.), normalmente sostenidas por jóvenes con una polera negra con los mismos mensajes, en otros casos, con uniforme militar, en los peores, disfrazados. De estos últimos, el que más llamó mi atención vestía de centurión romano.

Las bocinas de los autos permitían descansar los oídos del cántico en tono marcial: “Mito, mito, mito…”, que atribuye condiciones místico-épicas al ahora presidente electo de una de las diez principales potencias del mundo.

Llegamos ahí por casualidad, cortaron el tránsito, así que mis acompañantes en el auto, escondieron sus folletos y quitaron de sus ropas los autoadhesivos tipo “chapitas” de campaña de Haddad, sentí temor, los marchantes pedían la muerte de quienes piensan como yo, y varios de mi familia, amigas y amigos, y millones de desconocidos, sea por sus ideas, por su origen, por su identidad de género… En definitiva, pedían la muerte de todos quienes no fueran como ellos creían que eran. No nos notaron, después de unos minutos pasamos, y tomé la fotografía que acompaño.

Bolsonaro es de derecha, un fascista que plantea que hasta la OEA es izquierdista, es miembro de un partido que tiene solo nueve diputados federales, incluyendo a Bolsonaro, ahora tendrá 51, y en sus manos, el destino de más de 200 millones de almas. Su campaña tuvo financiamiento ilegal y manipulación masiva de información, uso una técnica mejorada de las “fakenews” de Trump, centrada en Whatsapp en lugar de Facebook, logrando que rastrear sus mentiras fuera casi imposible. Sus adversarios se rieron de él, total, no encajaba en ningún sentido común. El PT se centró en otros adversarios, como Alckmin, de la derecha que ya conocían. El poder de los grandes medios, lo puso en portada, y hoy el tradicional periódico Folha de Sao Paulo, similar a nuestra “La Tercera”, es acusado de comunista por Bolsonaro, de hecho, lo llamó como la “Foice” de Sao Paulo (La “hoz” de Sao Paulo). La justicia hizo vista gorda con sus prácticas, hoy el hijo de Bolsonaro, dice que bastan dos soldados para cerrar el Tribunal Supremo. El gran poder del capital lo financió, y bueno, parece que ellos si salieron ganando, aunque su compromiso con la democracia pasó de careta a una mala broma.

Era una marcha ridícula, absurda, irracional. Hoy ganaron, el odio ganó, la civilización perdió. El Fascismo no es un chiste, es un peligro.