A mediados de la novela Los hombres obscuros (1938), de Nicómedes Guzmán, un par de lavanderas discurre sobre la suerte que les ha tocado vivir. Y decimos ‘tocado vivir’ no por fuerza de la tradición ni por pereza léxica. Las mujeres conversan, se lamentan, se entristecen, decaen, y por sobre todo se resignan. Han entendido que la vida es un padecimiento crónico y que la sociedad, compuesta por pocos individuos asentados en la cima y muchos arrojados a la sima, consiste en una jerarquía instituida por la naturaleza, de tal modo que juzgan que la suerte del pobre es irreparable y responde a un signo superior. Sin que el narrador lo explique, las lavanderas sufren de esa especie de nefasto sentido común que a costa de represión e imposiciones se ha generado en el curso de los pocos siglos soberanos que ostentan las naciones latinoamericanas.

El sentido común es la antesala y el vestíbulo de la ideología, pues ampara las percepciones y creencias que la sociedad da por sustanciales a la convivencia humana. Cuestionarlo implica subvertir las verdades que nos parecen de perogrullo. Hace unos siglos la esclavitud formaba parte del paisaje. Hoy es una aberración. Hace pocos años era admisible fumar en el espacio cerrado. Hoy es impensable. El sentido común presume, pues, una axiología cuya estabilidad resulta de la evolución de las sociedades.

¿Qué correlato guarda esta digresión con lo que adviene en Brasil? Toda. Parte importante de la población ha expresado la erradicación del Partido de los Trabajadores (PT) de las mesas de poder, dando a entender que para lograrlo está dispuesta a suspender el sentido común consagrado por la convivencia democrática. Poco y nada han calado en esta apuesta las sanguíneas afirmaciones de Bolsonaro, su redentor. Sin tapujo alguno, sin el mínimo socorro de eufemismos (lo que en ciertas mentes comporta una virtud), el candidato ha ofrendado la tortura, la segregación social, las ejecuciones sumarias, el derecho a las balas. Eso en su base explícita. En la implícita, se ha auxiliado de dineros manchados para difamar a Haddad, su contendor, para excluirlo del debate público y así no exponerse a las diatribas televisadas que ciertamente lo enjuiciarían.

Esos electores, silenciosos o vociferantes, han preferido no pensar. Antes se creía que discriminar era perverso, que justificar tormentos era ominoso, que las apologías a dictadores eran regresiones éticas. Pero la realidad, que suele ser lúdica, ha demostrado que tales supuestos albergaban primitivas y vigorosas cortapisas. Fue así como revivió un sentido común que se pensaba superado, un sistema de convicciones que pacta con la segregación, la mazmorra y el derecho a muerte.

Como si fuera una espiral inconclusa, la resignación de las lavanderas acabó revitalizada. Donde unos mandan, otros obedecen. Y así el horizonte de justicia social brasileño se diluye y se cubre de una inesperada e intensa cuota de nubarrones


Profesor, traductor y escritor.