El amplio triunfo electoral de Bolsonaro en Brasil pone al desnudo los errores de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT). Pero, más grave aún. El resurgimiento de la derecha en América Latina revela la incapacidad de la izquierda para ofrecer un proyecto económico, social y político de transformación que además convierta al sujeto popular en protagonista activo de su propio destino.

No es el crecimiento sino el modelo de crecimiento

A diferencia de lo que sostiene Francisco Vidal (El Mercurio, 27-10-18), el “bajísimo” crecimiento del Brasil no ayuda a entender el triunfo de Bolsonaro. Lo que sí lo explica es un tipo de crecimiento con empleo precario e inestable, y que depende de los ciclos de la economía mundial. En realidad, el aumento del PIB fue muy elevado durante la administración de Lula y se deterioró en la presidencia de Dilma Rousseff, en correspondencia con la caída de los precios internacionales de las materias primas.

No es bueno comprarse el discurso neoliberal que el crecimiento resuelve todos los males. La preocupación debe apuntar al modelo productivo y no al crecimiento en abstracto. Cuando Lula llega al gobierno en 2002, en vez de impulsar una transformación económica, en línea con países de similar envergadura, como la India o China, decide profundizar el modelo exportador de materias primas y paralelamente favorece una apertura indiscriminada de Brasil a las transnacionales.

Por otra parte, Lula no enfrentó la hegemonía del capital financiero y, en cambio, dio continuidad a la política económica de F.H. Cardoso. Mantuvo elevadísimas tasas de interés lo que se tradujo en una atracción de inversiones especulativas internacionales las que circulaban libremente, y sin mayores gravámenes fiscales. Se comete el grave error de remunerar de la misma forma el capital especulativo que el capital productivo.

El elevado crecimiento durante el gobierno de Lula favoreció el derrame en el ámbito social. Se elevaron los salarios de los sectores de más bajos ingresos y paralelamente, con políticas sociales “focalizadas”, fue posible que más de 30 millones de brasileños salieran de la pobreza.

Pero, el gobierno de Lula no actuó sobre las desigualdades estructurales, y además no convirtió al mundo popular en protagonista de las políticas sociales. Al igual que en Chile, el crecimiento benefició principalmente al 1% más rico y no consiguió que se estrecharan las diferencias entre ricos y pobres. Durante el gobierno de Dilma, con la recesión aumentó el desempleo y nuevamente la pobreza se hizo preocupante, lo que revela que las políticas asistencialistas fundadas además en un crecimiento rentista son de corto aliento.

Frei Betto lo dice bien,

“Ingresé al gobierno para trabajar en el programa Hambre Cero. Pero, el propio gobierno que lo creó, lo mató, poniendo en su lugar el programa Beca Familia. ¿Es bueno? Es bueno. Sacó a 40 millones de personas de la miseria. Pero Hambre Cero era mejor. La Beca Familia es un programa asistencialista, Hambre Cero emancipatorio. Pero Hambre Cero tocaba a los intereses de las capas poderosas, como la propuesta de reforma agraria. Así, ante los cambios en el programa, salí del gobierno.”

El crecimiento económico de Lula se sostuvo entonces en la producción primaria, principalmente en la soja y los biocombustibles. No diversificó la matriz productiva y tampoco cumplió con el compromiso de reforma agraria. Lula cambio su consiga de “tierra, trabajo y libertad” por el de “Lula, paz y amor”.

El PT, minoritario en el Parlamento y en el Senado, eligió aliarse con la derecha liberal y latifundista en vez de apoyarse en el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MTS). El Movimiento se distanció del gobierno de Lula y la propia ministra de Medio Ambiente, Marina Silva decidió renunciar a pocos meses de haber asumido. Sin política agraria la selva amazónica sufrió la violencia brutal de la deforestación, la tala ilegal y la ocupación ilegal de tierras.

En suma, Lula no cambio el modelo económico. Insistió en la exportación de recursos naturales, lo que se encuentra sujeto a los vaivenes del mercado mundial. Así no es posible garantizar un crecimiento a largo plazo y tampoco estabilidad en el empleo. Luego, con el deterioro de la economía mundial y la disminución de la demanda china se produce una fuerte caída de la actividad económica con aumento del desempleo.  Periodo difícil que debe sufrir la presidenta Dilma Rousseff.

La corrupción atrapó al PT

Otro factor de primera importancia en la derrota del PT y la emergencia de la derecha fascista es la corrupción.

Dirigentes políticos destacados y ministros del PT construyeron un mecanismo que, utilizando su poder político, favorecieron la firma de contratos de empresarios privados con la empresa estatal Petrobras a cambio de generosas coimas. Esos dineros se utilizaban para comprar legisladores y aprobar leyes en el Parlamento, financiar campañas electorales y para el funcionamiento del PT. Y, como suele suceder, los operadores también atendían su enriquecimiento personal.

El mecanismo de corrupción tiene hoy día en la cárcel a ejecutivos de empresas privadas, principalmente de Odebrech, y a los dirigentes políticos más importantes del PT, incluido Lula. El escándalo estremeció los cimientos políticos de Brasil y Bolsonaro lo ha convertido en tema central de su campaña.

Es cierto que Brasil es un país habituado a la corrupción. Pero el PT había nacido precisamente para diferenciarse de las prácticas nefastas de la política brasileña. Era el partido de la esperanza, comprometido con la transparencia. Por ello los hechos de corrupción han afectado tan duramente la confianza ciudadana. La izquierda ha perdido credibilidad. “Todo es igual”; “el mundo fue y será una porquería”. Y entonces da lo mismo votar por la derecha populista.

El PT pavimento el triunfo de la derecha con su comportamiento vergonzante.

A los gobernantes del PT no les importó que la empresa pública Petrobras se viera deteriorada con contratos anómalos. Una izquierda que desprestigia la actividad pública no es izquierda. Gracias a ese comportamiento se ha abierto camino para que Bolsonaro privatice la principal petrolera del mundo.

Los vasos comunicantes del gobierno PT y Odebrech han permitido que esta empresa privada extienda sus tentáculos por toda América Latina, corrompiendo autoridades de “gobiernos amigos” para favorecer negocios sucios. La política exterior de Brasil se ha visto profundamente dañada.

Finalmente, no hay que olvidar que la corrupción frena el crecimiento económico, genera ineficiencias y sobrecostos. La adjudicación de proyectos con licitaciones truchas da origen a obras mal diseñadas, mal construidas, sobredimensionadas, con un uso ineficiente de los recursos. Es un robo a la caja fiscal y en última instancia al pueblo trabajador. Vergüenza para los servidores públicos.

Por todas estas razones no fue muy lúcido que destacados políticos de la ex Nueva Mayoría y del Frente Amplio suscribieran una carta que apoyaba a Lula en su derecho a ser candidato presidencial.

El argumento de la existencia de una “tremenda operación” en Brasil de sectores empresariales, medios de comunicación y el Poder Judicial para impedir la candidatura de Lula y favorecer a la derecha es verdad. No cabe duda. Pero no sirve mucho.

No ahora, sino siempre, en Chile, en Brasil y en todo el mundo los poderes fácticos y también el Poder Judicial han intentado evitar el triunfo de los sectores progresistas. Eso no es novedad. Es un hecho de la causa. Precisamente por ello el comportamiento de las izquierdas no puede permitirse entregar municiones a los adversarios. Su ética debe ser intachable y nunca aceptar sobornos. Nunca rebajarse ante los poderosos por dineros vergonzantes.

La derrota del PT agrega un nuevo fracaso a los gobiernos progresistas en la región.

La izquierda y el progresismo en América Latina no cuentan con un proyecto propio. No han implementado un modelo alternativo al neoliberalismo: no hay impulsado iniciativas de transformación productiva ni tampoco políticas sociales universales. Y, lo que es más grave, han operado políticamente en las cúpulas, dejando de lado a los movimientos sociales. Sin un proyecto propio se termina en la corrupción.


Economista