* Adelanto exclusivo del nuevo número de Revista Trama, que será lanzado el próximo 10 de noviembre.

Para distinguir los niveles de la realidad en que es posible analizar las dinámicas de las clases sociales, Erik Olin Wright (2015) utiliza la metáfora del juego de Alford y Friedland, que se puede sintetizar en la forma de preguntas: 1) ¿Qué juego se quiere jugar?; 2) ¿Cuáles serán las reglas del juego?; y, 3) ¿Qué movidas se realizarán dentro de esas reglas de dicho juego? Clásicamente, estas preguntas refieren a: 1) escoger entre el juego del Capitalismo y el Socialismo; 2) deliberar sobre las reglas que configurarán las variantes del Capitalismo; y, 3) debatir sobre políticas particulares dentro de esas variantes, como ciertas políticas sectoriales (Wright, 2015).

Desde la imposición del neoliberalismo en los 80, coronada por la célebre frase de Thatcher de que No Hay Alternativa (“There is No Alternative”), Wright enfatiza que el interés académico en los distintos niveles de análisis transitó progresivamente desde la primera hasta la tercera, toda vez que la pregunta acerca del juego en sí mismo parecía fuera de posibilidad de debate, crecientemente la referida a las reglas del juego aparecía como dada, finalmente persistiendo solo el ánimo por discutir acerca de la iniciativa política de “micro-clases” (ocupaciones) (Wright, 2015).

Sin embargo, esa distinción de niveles es fundamentalmente analítica, en la medida que la realidad es más dinámica. Así, es posible que mediante el tensionamiento intenso de alguno de esos niveles se afecte al suprayacente. Por ejemplo, es posible que la aplicación sistemática de determinadas maniobras que distorsionen lo previamente prescrito por las reglas del juego, obliguen a reformularlas. Del mismo modo, una modificación lo suficientemente profunda y articulada de las reglas del juego puede llevar a la puesta en cuestión del juego en su totalidad.

Es posible que en el Frente Amplio se plantee la superación del neoliberalismo sobre la base solo de la respuesta a las últimas dos preguntas respecto del juego, sin considerar atingente la primera. En contraste, la lectura libertaria es que las reglas del juego están tan rígidamente estructuradas y concatenadas en el caso chileno, que no es posible intervenirlas exitosamente sin que sea necesario cambiar la naturaleza misma del juego. A eso nos referimos al sostener la irreformabilidad del modelo. Así, la Ruptura Democrática es una apuesta estratégica que interviene sobre puntos claves del modelo en forma tal que lo desestabiliza y produce una nueva situación en que es posible –sobre la base del establecimiento de una nueva correlación de fuerzas entre los sectores dominantes y dominados– poner sobre la mesa la pregunta de qué juego queremos jugar.

Ahora, la respuesta de una izquierda del siglo XXI capaz de desalojar el capitalismo neoliberal no debe solo elegir entre “el juego” del socialismo versus el capitalismo, sino también entre el patriarcado y el feminismo; la depredación de la naturaleza y el desastre climático, o el desarrollo sustentable y equitativo; el autoritarismo tecnocrático o la democracia radical de comunidades soberanas. Probablemente uno de los aspectos nucleares de lo libertario es una respuesta múltiple a la primera pregunta, que –articulada desde una perspectiva de democracia radical y soberanía popular– le da coherencia a las perspectivas feminista, socialista, anticolonial y ecologista.

De esta forma, es posible extender la metáfora de Alford y Friedland: caracterizando el juego del capitalismo como un laberinto del que solo es posible romper mediante el asalto coordinado a sus distintas puertas, que representa la superación de los distintos ejes de opresión. Así, aun cuando es posible buscar una vía de liberación específica –por ejemplo, sortear obstáculos propios de la dominación de clase– a la salida de la puerta final de esa ruta puede aguardar la reproducción del orden, merced de la articulación de las otras formas de opresión.

Barreras en la ruta de salida del neoliberalismo

El contexto chileno cuenta con una serie de barreras estructurales e institucionales para la salida del neoliberalismo. No obstante, cabe poner énfasis en una barrera estructural cuya importancia suele subestimarse, pero que resuena significativamente en la vida concreta del pueblo; la dimensión cultural. Nos referimos a la procesión por los pasillos del supermercado neoliberal retratada en Mano de Obra (Eltit, 2002), y el trabajo enajenado que lo hace funcionar a costa de una insufrible carga de enfermedad psíquica y física. Por medio de un aparato comunicacional-cultural, de la promoción del endeudamiento para el consumo y, en general, de una forma de gobernanza que cautela la reproducción de la vida social neoliberal, se ejerce una fuerte impronta sobre la configuración y desenvolvimiento de la subjetividad, que es crítica para su perpetuación.

Dentro del resto de las barreras a la superación del modelo, lo que denominamos blindajes –muchos de ellos insertos en la Constitución de la dictadura–, se encuentran una serie de disposiciones institucionales y materiales, entre las que destacan: 1) La subsidiariedad del Estado, constituida como lógica subyacente a toda política pública y cautelada por los quórum calificados para reformas constitucionales y el Tribunal Constitucional, actuando como tercera cámara con escaso control democrático; 2) la  despolitización de la sociedad civil y el movimiento sindical, prescrita en artículos constitucionales, que impide a las dirigencias sociales de estas organizaciones presentarse a elecciones y que, sumada a una legislación laboral draconiana, neutraliza la agencia política de la clase trabajadora y aleja las esferas de integración a la política, que deviene en irrelevante para la vida de las personas; y, 3) la independencia política de las FFAA, que sirven tanto a la reproducción de la hegemonía político-cultural conservadora, como de salvaguarda ante cualquier amenaza seria al régimen.

Para contar con la fuerza necesaria para sortear esas barreras y huir del laberinto, además de estrategias efectivas, requerimos un horizonte que nos ayude a recorrer sus sinuosos caminos sin perder el rumbo; armarnos de utopías.

Utopías y contradicciones

Marcando los 500 años desde su publicación, en 2016 se reedita Utopía de Tomás Moro, conteniendo además reflexiones de China Miéville y Ursula K. Le Guin en torno al rol de las utopías para la transformación social. En el relato, la separación de la isla Utopía respecto del continente es mínima y fue labrada por trabajo forzado del ejército conquistador al mando de Utopus y el pueblo que originalmente residía en el continente. Una de las implicancias de lo anterior es que la isla está cerca de la bahía: la utopía no se encuentra a una distancia inalcanzable, sino que se construye activamente (a veces violentamente) a partir de las ruinas del presente. Dos cuestiones relacionadas son que: 1) las utopías son estructuralmente contradictorias, y siempre abrigan dentro de sí una distopía; y,  2) tienen límites, y pueden traer consecuencias peligrosas (More, Guin, & Miéville, 2016). Por tanto, debiesen estar frecuentemente sujetas a revisión. Y es que hoy vivimos en una utopía, pero una que no nos pertenece.

Sistematizar los errores del siglo pasado y de experiencias recientes inspiradas en ideas socialistas está fuera del alcance de este texto; simplemente se hará referencia a algunos aspectos críticos útiles en el tránsito hacia un posneoliberalismo en Chile. Una de estas fallas, particularmente notorias durante la apuesta por el modelo sustitutivo de importaciones, fue el no haber seguido una de las máximas de Recabarren: que solo el proletariado mismo podía ser artífice de su propia liberación (Pinto, 2013). En otras palabras, el arrebatamiento del protagonismo de la clase trabajadora a la hora de orientar las transformaciones tuvo consecuencias negativas, particularmente cuando los cuadros técnicos o administrativos desde el Estado no solo no se pusieron al servicio de ésta, sino que desactivaron la conflictividad del movimiento sindical (a veces con la complicidad de algunos dirigentes) (Chibber, 2008). Respecto de la dominación patriarcal y el necesario protagonismo de las oprimidas, existe un fenómeno incipiente pero promisorio en que compañeras feministas han liderado movilizaciones que han remecido la contingencia nacional a la vez que crecientemente vienen ocupando un rol protagónico en la construcción partidaria de algunas organizaciones de izquierda. Esta tendencia debe profundizarse por medio de un trabajo activo en nuestras organizaciones.

Un desafío persistente de los procesos de transformación tiene que ver con las redes clientelares (habitualmente asociadas con distintos grados de caudillismo y corrupción) y la burocratización, tanto a nivel de los partidos como de la institucionalidad estatal. De hecho, algunos autores consideran que un factor relevante para el fracaso de la Revolución Rusa fue la pervivencia de un importante contingente de funcionarios del aparato estatal de la época Zarista, que particularmente bajo Stalin adquirió prominencia tanto al interior del partido como en la implementación de las políticas (Vernadsky, 2017). La tarea del Frente Amplio no es ser otra coalición política más en la historia universal que promete (o firma solemnemente, como parece ser la nueva tendencia) mantenerse con las manos limpias; sino asumir que son distorsiones esperables en el umbral del poder y, en consecuencia, contar con mecanismos robustos para prevenirlas y repararlas.

Dada la fluida interacción de las economías, no es posible (como se pretendió el siglo pasado) el Socialismo en un País. En ese sentido, el Proceso Bolivariano entrega algunas lecciones valiosas respecto de la importancia de preparar con antelación, a partir de articulaciones con la izquierda y movimientos sociales del continente, tanto el posicionamiento de nuevos proyectos históricos como de referentes que los encabezarán (Giménez, 2012). Sin embargo, se debe tener cuidado con evocar lo bolivariano solo para dotar de épica a un relato revolucionario sin un correlato práctico. La necesidad de relevar discursivamente la vigencia de la dominación (post)colonial de Latinoamérica debe venir aparejada de políticas efectivas de colaboración regional y de afianzamiento de mayor soberanía en lo económico, político y cultural. Un desafío en este ámbito es la actual contraofensiva conservadora en la región; sin embargo, se da un fenómeno interesante: en naciones tradicionalmente más retardatarias (Colombia, México y Chile), sectores emergentes parecen ir acercándose a tomar la posta para revertir el declive de la izquierda.

Otro aprendizaje de procesos recientes en nuestro continente es la importancia de una relación estrecha con los movimientos sociales, entendiendo el antagonismo inevitable entre éstos y el Estado, que por lo demás suele no tener un rol perjudicial sino ejercer una vigilancia y retroalimentación positivas para el desarrollo de procesos revolucionarios. Esto sin desmedro de que deba existir una significativa inserción en ellos por parte de los partidos de izquierda. Lo anterior contrasta radicalmente con la receta concertacionista de desactivar la conflictividad social y diseñar la política no solo aceptando los lineamientos impuestos por la Dictadura sino además desde espacios elitarios (think tanks) y en las cúpulas de partidos desvinculados de la organización popular.

Finalmente, una contradicción aún presente dice relación con el conservadurismo en lo religioso y la perpetuación de lógicas machistas en el seno mismo de las organizaciones políticas, así como también a nivel de las políticas sociales. Uno de múltiples ejemplos al respecto es la posición de Rafael Correa frente al aborto.

Desigualdad: Un nudo crítico

Una característica fundamental del neoliberalismo a ultranza que impera en Chile se relaciona con su dramática desigualdad económica, una de las más altas del mundo, lo que tiene por cierto un correlato con otras formas de desigualdad. Al menos parte del descontento con la ubicuidad del mercado en la sociedad chilena se deriva del hastío con las múltiples formas de desigualdad (Palet & Aguirre, 2017).

La evidencia de las múltiples consecuencias negativas que tiene la desigualdad para las sociedades es abrumadora. Tanto es así que incluso organizaciones como el Fondo Monetario Internacional y la OCDE han alertado de sus efectos perjudiciales no solo para un desarrollo equitativo y sustentable, sino para el crecimiento económico (Cingano, 2014).

Este problema, clave para la transformación del modelo chileno, es ilustrativo de lo indispensable que es tener una mirada de clase para leer la coyuntura y plantear el relato y la estrategia política correspondientes: la evidencia empírica parece sugerir que la desigualdad no sería una cuestión negativa exclusivamente para los pobres, sino que su miríada de efectos perniciosos sobre la salud se extendería a lo largo de la escala social (Wilkinson & Pickett, 2009). Hay quien podría verse tentado a pensar que la clase dominante está equivocada o actuando en contra de sus intereses al permitir estos niveles excesivos de desigualdad, y que un gobierno progresista, con técnicos bienintencionados, podría sumarlos a bordo de la tarea de construir un país más próspero. Un argumento análogo es el utilizado por Streeck al sostener que una total desregulación del mercado es ineficiente incluso desde el punto de vista de la generación de utilidades para el capital (Wright, 2015). Sin embargo, como argumenta Wright, probablemente la clase dominante “prefiere” no alcanzar el máximo posible de ganancias si esto minimiza el riesgo de una posterior transformación mayor del estado de cosas. En otras palabras, aun cuando tender al laissez faire en cuanto a la regulación económica –del mismo modo que sostener niveles de desigualdad excesivos– puede ser “ineficiente”, es una situación en que, es menos probable una arremetida de las clases oprimidas sobre la estructura fundamental de dominación en que se basa el capitalismo neoliberal.

Desde una perspectiva marxista, es posible entender la desigualdad como una manifestación de la intensidad de la dominación ejercida sobre la clase trabajadora. No obstante, su reducción puede generar condiciones favorables para subvertir la correlación de fuerzas, por lo que debiese ser una prioridad político-programática con ese horizonte transformador.

Derribar los pilares neoliberales: El programa de ruptura

En la arquitectura institucional y económica chilena, las transformaciones globales están obstruidas y, a priori, ningún cambio sectorial tiene la capacidad de tensionar el modelo. Una salida a esta encrucijada es impulsar algunos cambios generales que abran paso a transformaciones sectoriales más profundas y, recíprocamente, buscar que las reformas parciales sirvan a la liberación frente a múltiples ejes de opresión en forma simultánea, contribuyendo al proceso global de cambio.

Para la superación del neoliberalismo postulamos un Programa de Ruptura, el cual, en el marco de un salto en la correlación de fuerzas, contemple una serie de medidas que quiebren con el régimen actual y permitan transitar hacia un nuevo período histórico.

En esta sección se describirán principios orientadores y objetivos fundamentales de las transformaciones necesarias, apuntando algunos ejes programáticos prioritarios y ejemplos de medidas u orientaciones.

Principios orientadores:

Para efectivamente poner coto a la acumulación de capital por las clases dominantes, las transformaciones a impulsar deben atacar sus principales nichos de acumulación e intervenir sobre las estructuras fundamentales de dominación. Además, con el propósito de avanzar efectivamente hacia la constitución de un nuevo modelo económico-social, deben afectar crucialmente los distintos ámbitos de reproducción de la vida.

Objetivos fundamentales:

  • Democratización Política y Social Radical: a todo nivel, desde el Estado y las estructuras de gobernanza que de él se desprenden (como los municipios) hasta el ámbito doméstico y de relaciones interpersonales.
  • Nuevo Modelo de Desarrollo: al que transitemos desde la extracción de recursos naturales (hoy prácticamente reducida a la monoexportación de Cobre) hasta la diversificación y democratización productiva de la economía.

Ejes programáticos prioritarios y medidas u orientaciones

  • Nueva Legislación Laboral y Política Económica: fomento de la sindicalización y negociación colectiva por rama; política de igualdad salarial y medidas que favorezcan la distribución igualitaria del trabajo remunerado y doméstico entre géneros; participación de trabajadores en la gestión productiva; inversión en diversificación y descentralización económica nacional y regional y desarrollo de cooperativas; regulación estatal del sector financiero.
  • Sistema Nacional de Educación: educación no sexista; democratización de consejos escolares y gobiernos universitarios; acceso equitativo a la educación superior; financiamiento a la oferta con crecimiento de matrícula pública y eliminación del lucro; articulación con Estrategia Nacional de Desarrollo, planificación de requerimientos de profesionales y técnicos, y definición de áreas prioritarias; dignificación del trabajo docente.
  • Sistema Nacional de Salud: transición a Sistema Público Universal con eliminación del lucro y relegación de las ISAPREs a seguros complementarios; perspectiva de Determinantes Sociales de la Salud y de Equidad en Salud, tanto en atención como en estado de salud; políticas intersectoriales; participación social vinculante en todos los niveles; integración de los niveles y continuidad de atención; Sistema Nacional de Cuidados.
  • Nacionalización de los recursos naturales y política de energías renovables: control y reinversión productiva de las utilidades del cobre; nacionalización del litio sumado a I + D; transición de matriz energética hacia renovables; recuperación del agua y uso sustentable de recursos hídricos y marinos.
  • Reforma al sistema de pensiones: implementación de sistema de reparto en propuesta “NO + AFP”; combinar con utilización de fondos para inversión, diversificación productiva y aumento del control estatal o social sobre medios de producción

Los múltiples ejes de dominación del capitalismo neoliberal constituyen una trama concatenada. Por tanto, una estrategia efectiva para desbaratarlos debe también ser multifacética. La subversión de las correlaciones de fuerza entre grupos dominantes y dominados exige el protagonismo de las clases trabajadoras y otros grupos oprimidos para transitar al Socialismo. Lo anterior requiere la centralidad de los movimientos sociales para el desarrollo programático y el trazado estratégico-táctico, transformaciones que devuelvan soberanía a las comunidades, y la ruptura de los blindajes del modelo; para lo cual un proceso constituyente radicalmente democratizante y que consagre una nueva configuración del Estado Chileno, sumado a cambios estructurales en ámbitos prioritarios, son fundamentales. Todo esto no ocurrirá necesariamente en un camino sin retrocesos, por lo que es preciso combinar estrategias: en los planos locales y nacionales; de construcción partidaria y de inserción en movimientos sociales; que se erijan como retaguardia estratégica de un proceso que, además, no puede estar limitado a nuestras fronteras.