Los niños no son cosas que haya que poner en lugar u otro para que no estorben. Si esto es evidente, ¿por qué a veces les decimos “Quédate quieto”? O, como dicen la célebre canción de Joan Manuel Serrat “Déjate ya de joder con la pelota”.

Los niños no son objetos, es algo en lo que todos podríamos estar de acuerdo, pero ¿por qué a veces decimos “Ya no sé qué hacer con este niño”? Porque si creemos que habría que hacer algo con él, ese “él” (o ella) nombra un objeto sobre el que recaería una acción: bañarlo, alimentarlo, dormirlo, educarlo, etc.

No es fácil dejar de ver a los niños como cosas u objetos. A los adultos se nos impone esa actitud, que no sería peligrosa si no fuera porque olvida un detalle fundamental: que los niños hablan. Antes que cosas u objetos, los niños son ¡seres hablantes!

Fácil es decirlo, pero ¿cuáles son las consecuencias de esta afirmación? ¿Quiere decir esto que a los niños hay que consultarlos sobre todo? Este último movimiento es una tendencia en la crianza actual, hacer participar a los niños en decisiones que no les conciernen, como si el hecho de que hablaran justificase que la familia se convierta en un sistema de deliberación permanente. Si bien en una familia todos hablan, también hay representantes de la autoridad. Una familia no es una asamblea permanente, tampoco un sistema monárquico (ni la tiranía de los niños). Alcanza con que sea una democracia, con todas sus dificultades y desafíos.

A partir de lo anterior, podríamos preguntarnos ¿qué es ser el padre o madre de un niño? Es ser el adulto que tome ciertas decisiones y esté dispuesto a soportar la angustia que implica, a veces, decidir por quien aún no está en condiciones de hacerlo; porque hacer caer en los niños algunas decisiones puede ser angustiante y, por cierto, es importante que los niños tengan en sus padres puntos de referencia firme respecto de los cuales situarse. Volvamos a la cuestión del lenguaje.

Los niños hablan. Es algo que puede comprobar cualquiera que los escuche. Y lo magnífico es notar que les encanta jugar con las palabras, que hasta inventan su propio idioma. Desde muy pequeños los niños se divierten haciendo juegos de palabras, inventando nombres disparatados, como cuando descubren que alguien se llama de una forma diferente a como le dicen los demás. Para los niños las palabras son algo bien extraño desde un comienzo, pensemos sino en ese juego, el teléfono, en que un niño dice una frase a otro en el oído, para que los demás no escuchen, luego éste la dice a otro y así sucesivamente hasta que el último dice una frase completamente diferente de la del principio.

Esta última indicación nos lleva a otro juego fundamental que a los niños les encanta hacer con las palabras: decir secretos. Sin duda es un gran logro psíquico que un niño empiece a decirlos, incluso cuando a veces simplemente busque hacer un murmullo en la oreja de alguien. El gran secreto es, entonces, ¡que las palabras no dicen nada! Por eso también se las puede usar para mentir.

Lo contrario de la verdad no es la mentira, sino lo falso. Por lo tanto, la mentira se relaciona más bien con el arte de engañar y aquí es donde cabe hacer algunas precisiones: mentir no necesariamente es querer dañar a otro, sino que muchas veces confronta con algo difícil de confesar, incluso quien miente a veces no sabe que miente, ya que también es posible mentirse a sí mismo. En el caso de los niños, siempre es penoso que los adultos los interroguemos para que confiesen. Pensemos en el caso típico en que un adulto sabe que un niño hizo una travesura y, frente a otros, le pide que reconozca que ha sido él. Quizá por vergüenza, o porque ese acto tiene un sentido (inconsciente) que aún no puede asumir, el niño lo niega. Y no lo niega porque con esa mentira quiera herir al adulto, sino porque aún no puede elaborar lo sucedido. Los adultos, padres y educadores, tendríamos que aprender a ser menos moralistas con los niños o, al menos, no exigirles una moral de la honestidad que ni siquiera somos capaces de aplicar con nosotros mismos. Si tenemos miedo de que un niño nos tome por tontos, no tenemos que ser tan tontos como para creer que hacer la vista a un lado, de vez en cuando, no es una tontería, sino un acto de amor y confianza.

Por otro lado, un juego diferente que ejercitan los niños con las palabras se practica a la hora de comer. Hoy en día es un motivo de consulta frecuente, encontrarnos con niños que tienen una alimentación selectiva, que prácticamente no comen, o bien sólo se alimentan de unas pequeñas porciones de nada. Incluso la industria ha hecho lo que nunca antes: diseñar alimentos con formas (rostros, aviones, animales, etc.) para “estimular” el apetito. Pero esto es muy poco divertido, dado que muestran más bien una reducción de lo más propiamente humano a la animalidad. ¡Eso sí es engañar! Mientras que la escena de alimentación de un niño es impensable si no la pensamos como un juego de palabras; por ejemplo, no hay más que recordar la situación típica en que un niño pregunta qué es lo que se va a comer y si el adulto responde “Pescado” es posible que el niño diga que no le gusta, mientras que si le dice “Pollo” lo comerá tranquilamente. Entonces, ¿qué es lo come el niño? Es evidente: ¡palabras! Quisiéramos recordar aquí también la anécdota de una abuela cuyos nietos prácticamente no querían comer nada, salvo “Galletitas” y, entonces, la sabia señora les preparaba “Galletitas de arroz”, “Galletitas de carne al horno con papas” y demás curiosidades que, en absoluto, tenían que ver con darle forma de galleta a los alimentos. Alcanzaba con nombrarlos, porque un niño se alimenta de palabras y su hambre es la curiosidad.

Podemos concluir, entonces, con algunas consideraciones que nos permitan quizá empezar a jugar un poco más con el lenguaje. Por un lado, como dijimos, el lenguaje mismo miente, ya que sólo es capaz de representar, nunca de ser eso que representa. Así, la verdad no es la exactitud, sino que la relación con lo que se escapa a esa representación y que no podemos renunciar a explicarnos. De esta manera consentir a hablar es consentir a mentir, porque lo real sólo puede ser dicho a través de la mentira. Tomar nota de este fracaso estructural del lenguaje es poder hablar sin pretender decir la verdad, y frente a este paso, algunos niños avanzan, y otros se detienen en el umbral. Son los niños diagnosticados como “índigo”, “asperger”, niños con un trastorno del lenguaje.

Los seres humanos somos una especie prematura, la familia y el lenguaje mismo en cuanto cultura, son los encargados de entregar a un niño los elementos necesarios para la humanización. Con esta cuestión nos encontramos diariamente en nuestras jornadas de acogida de la Casa del Encuentro: niños de los que se habla pero a los que no se les habla, niños que no hablan, niños a los que es difícil entender lo que hablan.

¿Qué se necesita para que un niño hable? Una condición necesaria es que se le hable, que se le permita ese gran paso. Otra condición, detallada en un principio, es que su palabra se tome por verdadera, más allá de que sea o no verdad. Pero esto no basta, los niños no son el efecto causal de sus padres, y cada niño particular deberá tomar del mundo social los elementos que necesite para constituirse como ser hablante. Frente a este paso, los adultos sólo podemos esperar, porque aun asegurando todas las condiciones que hemos revisado, hay siempre en el deseo de todo niño un punto de indeterminación.


Luciano Lutereau es Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Psicología por la UBA y Trinidad Avaria es Directora Ejecutiva Casa del Encuentro FSA. Psicóloga UC. Magister Psicología Clínica U. de Chile. Docente UAH.