En 1969, el francés Henri Charrière publicó un libro titulado “Papillon”, novela autobiográfica en la que relata sus años como prisionero en las colonias francesas, de las que pudo eventualmente escapar. Luego, en 1973, Steve Mcqueen y Dustin Hoffman protagonizaron una adaptación cinematográfica, que logró una buena aceptación de la crítica por ese entonces. 45 años después, Charlie Hunnam y Rami Malek estelarizan una nueva versión de esta historia, que no es directamente una remake del filme anterior, sino una reimaginación de los textos originales publicados por Charrière.

La cinta nos sitúa en París en la década del 30, cuando el joven “Papillon” es incriminado por un crimen que no cometió a pasar su vida tras las rejas. En el viaje a las colonias francesas, conocerá a Dega, un falsificador con quien establecerá una curiosa amistad, al tiempo que planean incansablemente la forma de escapar de los tratos inhumanos que recibirán en las prisiones de la Guyana Francesa.

Si bien en español la película recibió la bajada de “La Gran Fuga”, lo cierto es que “Papillon” es más bien una historia centrada en la amistad y en la sobrevivencia. Desde un principio el énfasis narrativo está puesto en la relación que establecen Papillon y Dega, interpretados de manera magistral por Hunnam y Malek. Lo que comienza como una alianza por conveniencia entre ambos, decanta en una profunda amistad, que surge como una forma de aferrarse a la poca humanidad que les queda en ese recóndito lugar. Charlie Hunnam entrega su rol más contenido y trabajado en la pantalla grande, pues logra transmitir distintas emociones de manera sutil. Su actuación es física, con largos silencios y secuencias donde Papillon no emite palabra alguna. Y ahí es donde su trabajo brilla, no solo por el evidente desgaste físico que significó el rol, sino por su dedicación para reflejar el sufrimiento del personaje. Por otro lado, y como es costumbre, Rami Malek está brillante en un papel que parece casi construído para él.

El diseño de producción y la fotografía de “Papillon” también emergen como un punto alto. Al ser una historia real, que representa las precarias condiciones de vida en la que miles de seres humanos vivieron hace menos de 100 años, la ambientación de cada una de las locaciones es fundamental para sentir que estamos viendo algo que sucedió. Y el director Michael Noer logra ensamblar un trabajo técnico impecable, repleto de hermosas tomas que hacen justicia a la belleza física sudamericana donde transcurre la historia. Sin embargo, donde su dirección brilla es en los silencios, cuando el protagonista se encuentra totalmente apartado del mundo. Podrían ser secuencias aburridas, pero Noer entiende que son aquellos momentos narrativos los que fortalecen la trama, y llevan al protagonista a un punto de no retorno.

Lamentablemente, las impecables actuaciones y el trabajado diseño de producción no bastan para ocultar que estamos ante un guión débil, poco pulido y de bajo calibre narrativo. Varios diálogos caen vicios y clichés típicos de este tipo de películas. Hunnam y Malek rescatan con su actuación física y complicidad escenas con frases para el olvido, que por fortuna pasan un poco a segundo plano. Varias secuencias de la película son simplonas y poco imaginativas en su puesta en escena, lo que evidencia un guión plano y meramente funcional.

De todas formas, la película en su línea general le hace justicia a la historia original, que siempre quiso ser un material de denuncia; una radiografía a las condiciones de vida de los prisioneros franceses de la época. Este discurso está, y se explota, de una forma sutil y delicada, humanizando a los personajes que vemos en pantalla. Y es lo que el espectador podrá encontrar aquí. No secuencias de acción del escape de una prisión, sino una historia humana, real, con grandes interpretaciones y mucho, muchísimo que decir.


Comentarista de cine