A la entrada del liceo nos esperaba, todos los días, religiosamente y sin excepción, una inspectora con cara de macho malhumorado, cuya función era invadirnos una pierna con sus dedos índice y medio, para medir el espacio entre el borde del jumper y la rodilla, y asegurarse de que éste cubriera todo lo que el sistema escolar de la época ─y el sistema de parámetros sociales represivos,  más amplio y no sólo de esa época─ estimaba que debía ocultarse. Finalizado ese rito de la mesura, y sólo entonces, entrábamos al recinto y a la sala.

Estos recuerdos de adolescencia me los trajo a la memoria el Presidente de la República, al citar su “viejo y sabio principio de la minifalda”. Siendo primera vez que lo oigo, deduzco que me falta vejez, o sabiduría, o ambas. En todo caso, no puedo evitar que la vieja y sabia grosería de su principio me remita a otro proverbio: ése que hace referencia a la sabiduría y vejez de Satanás. Quién sabe si la del principio en cuestión provenga de ahí mismo: sería muy verosímil, si consideramos su naturaleza diabólicamente machista.

Aquello de que la falda deba ser “lo suficientemente larga para cubrir lo fundamental y suficientemente corta para mantener la atención” me hizo considerar, primero, la evolución que ha tenido aquella prenda, desde los tiempos en que nuestro cuerpo tenía que soportar los normativos dedos de esa inspectora, hasta hoy. Por cierto, cuando andábamos “con ropa de color”, el largo y el ancho de las minifaldas eran mucho más atrevidos; sin embargo, puedo asegurar que, comparadas con las que se llevan ahora, las que usábamos mis compañeras y yo parecerían hábito de monja. Me imagino que ésas mismas deben haber sido las que ya atraían la atención de ese joven que ha llegado a ostentar dos veces el cargo de presidente de la república, ya que, por mucho que no se haya educado en un liceo; sino, probablemente, en el más particular de los colegios particulares, lo hizo en la época que describo. Es harto básico su foco de atención, dicho sea de paso; aunque no creo que aquello sorprenda a nadie, dadas las numerosas declaraciones y conductas que le conocemos.

Se trata de un hombre que viene de una educación convencional del siglo pasado. Podríamos afirmar, entonces, que eso explica que las minifaldas que hoy ve por la calle “mantengan su atención” hasta el punto de descolocarlo y llevarlo a tomarse la atribución de usar su podio político para decir sandeces, o mejor dicho, mostrar la hilacha ─o la ojota─ que tanto ha negado e intentado ocultar (podría decirse que tiene un walking closet lleno de ojotas y trajes hilachentos). Lo explica, mas no lo excusa ni lo exime de responsabilidad ni de repudio.

También sabemos que no es el único al que le cuelgan las hilachas: de machistas desubicados está repleto el país y el mundo; pero eso no le quita gravedad a este nuevo desaguisado del presidente, ya que el cargo que ocupa multiplica cualquier grosería o falta de respeto en su discurso. Además, para seguir citando proverbios y dichos populares, “mal de muchos…”

Si lo que pretende la metáfora del mandatario es igualar los asuntos fundamentales de la sociedad con lo que considera fundamental en las mujeres ─y cubre la minifalda─, es decir, el bajo vientre, las partes pudendas, las nalgas y el pedacito de muslo que le interesa, podemos hacer varias inferencias. La primera: probablemente su atención estaba enfocada en la pollera de Karla Rubilar cuando casi la ahorcó, en aquella memorable cueca de pata en quincha y pañuelo en el cogote.

La segunda: no es en absoluto auspicioso que el presidente necesite una falda  corta para mantener su atención en asuntos que le corresponde atender, ya que se haría indispensable aprobar una ley, con más urgencia que la del “aula segura”, que obligara a ministras, parlamentarias y funcionarias a ir a trabajar con una especie de mini-uniforme, lo cual no sería nada fácil, ya que no cabe duda de que un buen número de parlamentarias (todas, ojalá) se opondrían a dicho proyecto.

La tercera: parece que lo fundamental de la sociedad abarcaba bastante más antaño que ahora. Además, a raíz de la evolución de la mentada prenda, de allí surge una interrogante: ¿acaso nos estamos quedando cortos de aspectos fundamentales, o es que, por el contrario, nos estamos atreviendo a exhibirlos? Tal parece, menos mal, que se trata de esto último, a juzgar por el atrevimiento que muestran hoy las mujeres, que por fortuna, va mucho más allá del nivel de recato de la vestimenta (metafórica y literalmente).

Por otra parte, si la atención del presidente (y quién sabe de cuántos ministros, diputados, senadores y hombres dedicados a la política) está absorta en lo que deja ver una minifalda ─sin metáfora─, o lo confunden con las problemáticas fundamentales de nuestra sociedad, eso explica el que vayamos de mal en peor. En tal caso, y teniendo todo esto en cuenta, cabe plantear la necesidad de hacer una investigación seria, y más urgente que cualquier ley, con el objetivo de averiguar si se trata de algún tipo de déficit atencional, porque de ser así, habría que repartir Ritalín a diestra y siniestra, ya que si un par de rodillas los altera de ese modo (equivalentes a los tobillos que perturbaban a los caballeros antiguos,  ¡qué evolución!), es fácil explicarse el desastre que queda con las marchas feministas: es cosa de imaginarlos a toditos asomados a las ventanas del Congreso o de la Moneda, totalmente desencajados. Para qué hablar del terremoto atencional de las fuerzas represivas, que están ahí mismo, en la calle, con esas subversivas al alcance de la mano y de la bala.

Continúo con el relato: mi memoria siguió siendo estimulada gracias a la intervención de la ministra de Sernameg, que me hizo recordar mis tiempos de docencia, en que nunca faltaba el estudiante que en la prueba respondía algo que no tenía nada que ver con la pregunta. Algo así como el famoso chiste del alumno que sólo había estudiado a los fenicios. Pero también me llevó a un recuerdo más serio y doloroso: las innumerables ocasiones en que las mujeres nos hemos sentido obligadas a cubrir las espaldas de un hombre con poder, y lo incómodo y devastador que es actuar contra nuestra voluntad y argumentar con falacias, en contra de nuestros principios o, al menos, en contra de la consistencia. La verdad sea dicha, me dio penita. No quisiera estar en su lugar.

Por otra parte, a raíz de la aclaración que hizo la vocera de gobierno respecto de este nuevo bochorno de su presidente, recordé que después de la medición de la inspectora, las más transgresoras nos arremangábamos el jumper, usando un cinturón o un elástico en la cintura; pero más nos valía que la profesora no se diera cuenta, ya que, luego del clásico “buenos días niñas, buenos días señorita”, se pasaba la lista de rigor, e inmediatamente, a la que se “pasaba de lista” la mandaban a la inspectoría. Tal redundancia y confusión de unas listas con otras listas obedecía a la estrategia educativa del castigo, que trasciende las épocas y es consistente con la ideología que determina un sistema social basado en la represión, en el cual toda muestra de rebeldía, sea en el largo de la falda o en otro orden de cosas, amerita punición. ¿Suena conocido?

Estoy convencida de que el déficit atencional en los niños ha sido sobredimensionado y sobremedicado. Creo que podría resolverse a través de medidas que no implicaran invadir la vida del niño; sino ayudarle a encauzarla por el rumbo que le sea propio, acompañándolo en el descubrimiento de sus intereses y habilidades. Sin embargo, en el caso del tipo de déficit atencional que he descrito, que podría clasificarse como de categoría politiquero-machista, esto no se aplica. Además, a la edad  que tiene el presidente y los políticos que lo padecen, ya es demasiado tarde (para usar el lenguaje que les gusta, podríamos decir que se les pasó la vieja, y sin minifalda). Por eso sugiero una lluvia de Ritalín. Porque las consecuencias que estamos viviendo son de suma gravedad: pasa una niña con minifalda delante de sus ojos y todo se distorsiona; no sólo corremos el riesgo de que nos ahorque un pañuelo de cueca; además, se confunden los estudiantes con malhechores y los directores de establecimientos educacionales, con jueces. Se olvida (o quizá muchos ni estén enterados de ello) que las conductas agresivas no son inherentes a los niños ni a los jóvenes; sino que dependen de su entorno familiar, escolar y social. Si no conocen más que una sociedad que los violenta a cada rato, con cada “nueva” medida  que toma, y que la única manera de resolver conflictos que le transmite es la agresión, obviamente, su herramienta de rebelión no será sólo el largo de la falda. Pero, claro, impulsar el desaprendizaje de esas conductas requiere una mutación realmente profunda, seria y honesta en el sistema educacional: una revolución (“cambio de switch”, como le dicen ahora). Además de cambiar drásticamente el enfoque del curriculum, habría que reducir el número de alumnos por curso y las horas en aula (y condiciones laborales) de los profesores, con el fin de entregar una educación que fomentara valores humanos en lugar de estrategias comerciales y de competencia. Eso, sólo para empezar.

Sin embargo, además de la necesidad de meter responsablemente las manos en lo más hondo de los bolsillos del erario nacional, aquello requiere enfocar la atención en lo fundamental de veras, que no está ni en las partes que a los defensores del patriarcado y el capitalismo les gustaría ver, ni en las que nos quieren obligar a esconder, ni en las que queremos exhibir. Requiere sacarse las faldas, las blusas, los zapatos y el maquillaje que conocemos desde que llegamos a este mundo. Requiere no ponerse los pantalones, sino quitárselos. Y una trasformación de esa envergadura es sumamente trabajosa.

Sin duda, es más sencillo y confortable continuar y avalar la ideología de la represión y la violencia. Y es más conveniente desde el punto de vista de la rentabilidad, supongo. De lo contrario, no me explico el aumento sostenido y enfermizo de actitudes agresivas, tales como la que muestra el presidente con su principio de la minifalda, ni el nulo afán de la derecha ─y no sólo de la derecha─ por lograr el esplendoroso cambio que aseguran perseguir, promoviendo leyes cuyo objetivo no es otro que mantener el statu quo de un modelo social, político y cultural vicioso, violento, perverso, cimentado en el cultivo de la ignorancia, el engaño, el abuso y la opresión muy bien disfrazada. Realmente, mantener la atención en la minifalda debe ser muy rentable.

 

 


Escritora y traductora