La semana pasada sentí asco, mucho asco. En un ejercicio que – quizás – atentó contra mi bienestar, procrastiné (en extenso) leyendo noticias sobre un grupo que algunos de los principales rostros de la televisión tienen en WhastApp y en donde se han compartido videos sexuales – ojo: filtrados, sin consentimiento – de otras celebridades. La existencia de esta “cofradía” salió a la luz a partir de los comentarios de José Miguel Viñuela y Luis Jara en Mucho Gusto – ojo: sí, en horario matinal – a partir de una cena en casa de Don Francisco. Según los animadores – ojo: entre risas y chistes, lo que la prensa denominó un “festín” en un programa que se jacta de “no tratar de farándula” – la red ya ha compartido los videos de Pato Laguna, Nelson Mauri, y Luli – ojo: no rostros, sino que personajes de la farándula. Incluso al terminar de escribir este párrafo, de nuevo, asco. Pero, ¿por qué asco? Decidí investigar.

Aprendí que el asco es una emoción “básica”, es decir, que nacemos con ella. Su principal función es la de generar conductas de rechazo a estímulos considerados “corrosivos” tanto para nuestra salud física como mental; por ello, se considera clave para asegurar nuestra sobrevivencia. Aprendí, también, que el asco es una emoción “activa”, es decir, que produce un impulso para la acción. Lógicamente, nos alejamos de estímulos que nos resultan “dañinos”, ya sean personas, situaciones, relaciones, comidas, aromas, etc. Sin embargo, más importantemente, aprendí que las emociones son “socioculturales”, es decir, colectivas y compartidas. A nivel social, el asco es clave para proteger y preservar ciertos valores culturales, teniendo consecuencias en las relaciones sociales. Por eso es que, por ejemplo, “sentimos náuseas” cuando sabemos de transgresiones de lo “socialmente aceptado” tales como la violación de menores y otros crímenes.

Entonces, ya conscientemente sentido, ¿Por qué el que rostros de televisión compartan videos sexuales en un grupo privado de WhatsApp y se rían de esto en televisión abierta me produce asco? Encontré tres motivos principales.

En primer lugar, por lo violento. Se hizo un festín de videos sexuales filtrados en redes sociales por error y/o sin el consentimiento de sus protagonistas. Esto difiere de lo que sería compartir privadamente pornografía pues aquí los participantes del encuentro sexual sí consienten la difusión y exhibición del material. En este sentido, mientras lo primero es violencia sexual, lo segundo transgrediría derechos de autor, de propiedad intelectual, o similares. Además, recordemos que no comete delito sólo quien filtra el material  sino que, también, quien lo distribuye. Esto ya lo sabemos, por lo menos, hace doce años, cuando “Wena Naty” inauguró el debate sobre la filtración de videos sexuales y sus consecuencias personales y sociales. Volviendo al “festín”, ya sabemos el nombre de cuatro o cinco rostros que en pantalla declararon haber distribuido estos videos, ¿enfrentarán algún tipo de consecuencias? Me pregunto porque creo que no es suficiente decir que “ojalá que el público los castigue con el rating” porque sabemos, como ya lo cantaron Los Prisioneros, que “el sexo vende”.

En segundo lugar, por lo irresponsable. Más allá de las responsabilidades legales, se hizo un festín en donde se debatió sobre “la calidad”, “el ritmo”, y “la veracidad” de los videos sexuales. No sólo eso, sino que también en horario matinal, considerado “apto para toda la familia”. Esto resulta no sólo inapropiado sino que irresponsable, por el público potencial sino que por el tono del debate. En este mismo medio hemos leído sobre la epidemia del VIH/SIDA y de otras enfermedades de transmisión sexual en Chile, y el rol que los medios de comunicación tienen en ello en una sociedad que carece de educación sexual. En este sentido, mientras más ejemplos de violencia sexual presenciamos, más evidente se vuelve el que la educación sexual debe ser uno de los pilares de una educación no sexista que apunte hacia la igualdad de género. Aquí no se trata de pedir “santidad”, “mojigatería”, o “altura moral” sino que responsabilidad social a quienes trabajan en medios de comunicación masiva.

En tercer lugar, por lo solapadamente clasista. Presenciamos un festín en donde los principales “rostros” de la televisión se reían de videos sexuales protagonizados por celebridades “menores” que “necesitan de estas polémicas”. Es habitual escuchar que la filtración de estos videos, en el fondo, se hace para “potenciar una carrera en declive”, “conseguir dinero”, “tener más eventos”, o “acaparar portadas”. Quienes protagonizan estos videos ya no son personas sino que “personajes de televisión” que “quieren polémica”: modelos faranduleras/os, chicos/as reality, bailarinas/es de estelares o programas juveniles, parejas de futbolistas, participantes de concursos de talentos. De este modo, y en una práctica de solapado clasismo, se les deshumaniza, se les cuestiona, se les transforma en broma, y se hace una evaluación moral y estética de sus cuerpos y prácticas sexuales. Por ejemplo, la filtración de fotos de Cecilia Bolocco en topless sí fue un “drama” para “la diva de Chile” pero el video sexual de Nelson Mauri, ¿Qué es?, ¿Sólo “hambre de fama”?. El que la esposa de Don Francisco haya presenciado en silencio la evaluación que su marido hacía un video la transforma en una “dama”, en cambio, ¿Qué adjetivos se dedican a las mujeres que protagonizan dichos videos? Para qué pensar en las consecuencias que la filtración traería, por ejemplo, en la vida personal de Luli porque eso sería excesivo, ¿y para qué ponernos “densos”, no?

Y, sí, asco. Creo que reaccionamos emocionalmente cuando nuestra visión de mundo difiere a los valores expuestos o defendidos en una situación social particular. Hay un desajuste, un destiempo, en donde incorporamos (sentimos, padecemos) antes de racionalizar, de procesar qué nos incomoda. Creo, también, que cuando esto sucede no hay ignorar al cuerpo: escuchemos y hagámonos cargo de nuestras emociones pero, sobre todo, de las emociones negativas como el asco, la rabia, y el miedo. En ellas recae nuestra capacidad de indignación y, en dicha indignación, la brasa, el motor, el inicio de una acción que busca un cambio. Volviendo al caso de la cofradía de rostros televisivos: honestamente, cuesta entender cómo después de todo lo debatido sobre violencia sexual y desigualdad de género sigamos avalando situaciones como las que expuso Mucho Gusto: sin críticas, sin peros, sin cuestionamientos. ¿De qué sirve dedicar espacios exclusivos en medios de comunicación a temas de género si no hacemos nada por cuestionar la violencia sexual y de género en nuestra vida cotidiana?, ¿Vamos a esperar que la legislación y la sociedad cambien antes de prestar atención a lo que ya sentimos como “incómodo”?

Creo que el mecanismo aquí opera a la inversa. No esperemos que el “sentido común” haga lo suyo porque abogar por la igualdad de género es ir todo el tiempo contra el “sentido común”. Si algo le indigna, le asquea, le enoja: no lo ignore, no vayamos, también, en contra de nuestras emociones. Tomémoslas y rebelémonos que, de esto, el cuerpo sí que sabe.


Socióloga de la Universidad de Chile, candidata a Doctora en Política Social de la Universidad de Oxford y Directora de Contenidos de La Rebelión del Cuerpo.