Ante el octubre que nos deja varios escándalos ambientales, sumados a violaciones a los derechos humanos en contra de activistas y manifestantes, quiero recordar algunos versos que configuran un perfecto recuento de un viejo cuento muy actual.

“Nunca fuimos/ el pueblo señalado/ pero nos matan/ en señal de la cruz”, escribe la poeta mapuche Graciela Huinao. Estos potentes versos de su poema Salmo 1492 nos remontan al mal denominado “descubrimiento de América” en la falsa creencia de que era la India y sus hasta ahora llamados despectivamente “indios”, o el también mal referido “encuentro del viejo mundo con el nuevo”, que de nuevo no tenía nada (Abya Yala, nombre del territorio que hoy se conoce como América, significa: “tierra noble que acoge a todos”, “tierra joven en plena madurez”). Se trató del saqueo europeo de estas tierras que habitamos, con la consecuente imposición, exclusiva y excluyente, de su lengua castellana y de su religión católica, por sobre los idiomas ancestrales y la cosmovisión originaria, aquella que aún respeta la Pacha, la Mapu, la Tierra. Los versos de Huinao, pese a que invocan un pasado, están escritos en presente, y eso no es casual, pues la violencia desde entonces no ha cesado. Primero se luchó contra el invasor europeo, y luego contra los propios chilenos. “Arauco tiene una pena más negra que su chamal/ ya no son los españoles los que les hacen llorar/ hoy son los propios chilenos/ los que les quitan su pan”, canta Violeta Parra en Arauco tiene una pena.

La lucha de los pueblos originarios, entre ellos el mapuche, por recuperar sus colectivas y veneradas tierras ancestrales nunca ha cesado, y pese a los tratados internacionales que amparan esta legítima pretensión y establecen la obligación de ir restituyéndolas (Convenio 169 de la OIT), no ha existido voluntad política de hacerlo, incluso este actual gobierno está estudiando la forma de desentenderse de tal importante acuerdo. Claro, lo que prima son los intereses económicos de los poderosos con sus grandes y contaminantes empresas, que tienen al mundo en un jaque ambiental.

Por su parte, otra de nuestras poetas mapuches, Eliana Pulquillanca, en su poema A los defensores del mar de Mehuín, escribe: “(…) mientras la transnacional/ prepara el ducto mortífero/ Alentado de prepotencia/ va el capital,/ avalado por quienes mal gobiernan./ Ellos no escuchan, no sienten/ no miran el trigo (…)”. Con ello alude a la avaricia de la empresa Celulosa Arauco del grupo Angelini, que con tal de aumentar sus millonarias ganancias, no siente el más mínimo escrúpulo en destruir los ecosistemas, y pagar para acallar las luchas sociales y ambientales en su contra. Dicho sea de paso, este año habría sido sancionada por daño ambiental que involucró la muerte de dos mil peces en el Río Cruces, región de Los Ríos, y condenada por la Superintendencia de Medio Ambiente al pago de millonarias multas que de nada sirven para revivir lo asesinado.

Por otra parte, y como antecedente y causa de todos estos problemas, está el tema de la propiedad privada que promueve nuestro ordenamiento jurídico como una copia del modelo francés. Desde esa forma egoísta de entender el mundo se tiende a desincentivar la propiedad colectiva, que era la forma de compartir y cuidar las tierras antes de la invasión europea, que hasta el día de hoy nos aqueja. Otra poeta mapuche, María Teresa Panchillo, realiza una abierta crítica al decreto ley Nº 2.568 de 1979, norma generada en la dictadura para permitir la subdivisión de las tierras colectivas y promover la propiedad individual de los territorios ocupados por comunidades mapuches. Tal norma ha generado múltiples problemas, que no se darían de haberse promovido y respetado la propiedad colectiva, intrínseca a su cosmovisión. Panchillo escribe en su poema Calibre 2.568: “Me disparan desde La Moneda/ con una bala calibre 2.568./ Me disparan por tierra/ por papeles y lápiz,/ letra por letra me disparan”. Y concluye, esperanzada: “Porque soy poesía-madre/ naciente/ en la resistencia (…) Recuperaré la sangre/ de mis óvulos florecientes (…) No acallarán las voces de mis hijas/ (…) porque en quinientos años/ nunca han podido/ dispararme en la boca”.

Es así cómo da cuenta de esta resistencia de siglos. La invitación es a no caer en la trampa de las banderas que nos dividen. A mirar nuestros orígenes. A comprender que somos todos mestizos, hijos de las indias violadas por el padre invasor que nos dio esta lengua, esta cruz, y esta visión egoísta del mundo que no entiende que lo vivo no es absolutamente apropiable. Sólo la unión entre las y los ultrajados podrá ampararnos, y amparar al medioambiente en el que tenemos derecho a vivir todos los seres vivos (no sólo los humanos), libres de toda contaminación, sin que tergiversen ese derecho con inexistentes o insuficientes normas amparadas por políticos que velan únicamente por intereses económicos de los que son “dueños” del mundo. Bajo sus propias normas que absolutizan la propiedad, olvidando los límites obvios que impiden que sea destruida la vida, tienden a obviar la dimensión o función social de la propiedad, y el patrimonio natural y cultural de los territorios, y más aún, la violencia que hay detrás de la gran acumulación por parte de un grupo minúsculo de personas, a costa de la explotación de gran mayoría de seres vivos, incluso los de su propia especie.


Poeta, abogada y editora