Tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo el modelo económico no deja de dar señales de agotamiento: crisis económicas que periódicamente desestabilizan el mercado laboral con altas tasas de desempleo y disminución de los salarios reales, inmensas pérdidas en los fondos de pensiones, recortes en derechos sociales como salud y educación entre otros. Todo esto ha sido en breves palabras la historia económica desde los 80 hasta hoy, que, si bien trajo altas tasas de crecimiento a los países latinoamericanos hasta la década de los 90, ahora experimentamos sus consecuencias más profundas que se escapan incluso del plano económico.

A pesar de que las consecuencias de una estructura económica endógenamente desigual saltan a la vista, vemos como en la Latinoamérica avanzan gobiernos de derecha por sobre las ideas progresistas que por un momento nos hicieron pensar que la avanzada neoliberal iba en retroceso, pero a golpes nos damos cuenta que no es así. Bolsonaro en Brasil es solo una señal de lo que está pasando en los países latinoamericanos, y peor aún, de lo que puede seguir pasando. Sería ingenuo pensar que esta efervescencia socio política cargada de ideas xenófobas, racistas y discriminatorias contra las minorías sexuales, las mujeres, los migrantes, entre otros, no son una señal de como la sociedad se está entendiendo a sí misma.

El actual modelo económico no solo implementó políticas en este plano, consecuente con eso desarrolló una forma de entender y reproducir la sociedad. La búsqueda de la satisfacción de necesidades individuales no es estudiada de forma hegemónica en todas las escuelas de economía por mero intento de implementar una idea política, sino también porque las políticas económicas de los países latinoamericanos han seguido al pie de la letra estás ideas de la escuela de Chicago y a más de 20 años de ejecución (y ya más de 30 en Chile) ha permeado en la esencia misma de las relaciones sociales. ¿Qué se ha dejado atrás? Las concepciones de cooperación, de construcción colectiva, o de forma más simple aun, la manera de entender la vida en comunidad.

Ante la aparente sorpresa de las victorias de los gobiernos de derecha en los países de la región y la emergencia de importantes sectores de ultraderecha que ya en Brasil muestran que son una alternativa real, los derechos sociales empiezan a perder cabida dentro de la política pública. Y aún que en Latinoamérica la intervención del estado durante la crisis del 2008 (Chile y Bolivia da señales de ello) fue lo que salvó a las economías y a los mercados laborales de caer en lo profundo de aquella crisis internacional, también reafirmó la idea de que sin estado activo el golpe es aún más fuerte (tal como se observa en Argentina y su actual crisis). A pesar de esto, parece ser más transversal la estructura de incentivos que nos hacen responder de forma individual a problemas sociales, lo que además ha llevado al electorado a buscar respuestas en los mismos sectores políticos que hoy nos gobiernan y que perpetuarán las mismas lógicas sociales.

Frente a este escenario es fundamental poder responder de manera tan profunda como alguna vez lo hicieron los ideólogos del actual modelo, y sin duda, el camino no es corto. No sabemos cuánto tiempo debemos resistir el avance de la derecha, pero nos encontrará sin sorpresa en cuanto sepamos entender el porqué de sus victorias, y nuestra posición será más integra en cuanto respondamos a su avance con una alternativa estructural.

En septiembre del presente año, el partido laborista del Reino Unido planteo la idea de legislar para que las grandes compañías del país comiencen a ser “Fondo de propiedad inclusivo”, lo que implica que parte de las empresas sería administrada y de propiedad colectiva de los trabajadores y trabajadoras. Así, tendrían los mismos derechos que el resto de los accionistas a la hora de tomar las decisiones de la empresa y el pago de los dividendos sería directo hacia la fuerza de trabajo. Volver a hablar de propiedad de los medios de producción es una de las alternativas que tiene la izquierda para pensar en un cambio estructural, que por muy lejano que parezca, es un camino que debemos comenzar a construir.

Así, la izquierda debe planificar, en un largo aliento, bases teóricas sólidas para construir una nueva sociedad. Esto implica pensar en un nuevo modelo de desarrollo que no se quede en coyunturas si no que avance en una transformación radical con una lógica de construcción colectiva de sociedad. Para esto, es importante que los distintos sectores de izquierda construyan desde una misma vereda y sepamos responder en conjunto con una propuesta transformadora. El momento político que vivimos ya no nos llama a dividirnos, si no a desarrollar una alternativa de largo plazo que permita conquistar derechos sociales.


Director Ejecutivo del Observatorio de Políticas Económicas (OPES).