Kevin Garrido fue condenado a morir en la cárcel. Y así como él, tantos otros hombres y mujeres sufren el mismo destino en la oscuridad de la cárcel todos los años. Todas y todos, de alguna manera, son enviados a morir en la sombra.

La condena a privación de libertad hoy en nuestro país es sinónimo de dolor y muerte. No es solución a los problemas que subyacen a la violencia estructural de nuestro sistema, no es respuesta eficaz al “problema de la delincuencia”, ni mucho menos “re”-inserción de quien la sufre. Hoy la cárcel es sinónimo de abuso e indolencia por parte de una autoridad carcelaria que omite permanentemente su deber de custodia. Pero también lo es de la indiferencia del Estado, cuya responsabilidad es evidente en estos asuntos, y la sociedad en general, respecto de los cuales pareciera haber ganado sin mayor reflexión la idea de que la respuesta carcelaria es la única alternativa, justificando incluso actos de tortura o renegando que las y los presos viven en condiciones miserables. Nos hemos transformado en cómplices activos de la indignidad.

Kevin fue asesinado en la sombra de la cárcel de Santiago 1. Y así como él, cerca de 300 personas desde 2011 han muerto por riñas al interior de un recinto penitenciario. Seguramente el sentido común dirá que ellos se lo buscaron, que lo merecen, que si entre los mismos presos se matan no hay nada que hacer. Desde nuestro trabajo como ONG Leasur estamos en radical desacuerdo, porque creemos que una verdadera democracia que se jacta de ser tal no puede sencillamente abandonar a quienes por distintas circunstancias fueron encerrados, como si por ese motivo fueran parias que no merecen vivir (y nosotros tuviéramos algún poder sobre esa decisión) y se nos invitara a juzgar desde el odio, desde la discriminación y la exclusión sobre su situación.

No podemos permitir más dolor ni muertes ni torturas. No queremos más presos y presas abandonadas a su suerte, sometidas a la indignidad más profunda del encierro. No creemos que la respuesta punitiva y carcelaria, generalmente irreflexiva, sea una alternativa correcta para enfrentar problemas mucho más profundos que la simple infracción a ley. No necesitamos más casos como el de Kevin, como el de Jocelyn Alcayaga, como el de los 81 en San Miguel, como el de Lorenza Cayuhán o el de los presos ecuatorianos torturados en Santiago 1, para recién entender o visualizar lo que está pasando tras las rejas.

Sí queremos y necesitamos que se hable de cárcel en serio. Que se abandone el abuso de poder, la lógica del matar o morir, la reproducción sistemática de la violencia estatal. Que la institucionalidad avance de manera efectiva en la proposición e implementación de políticas públicas que apunten a la reducción de la cárcel como castigo. Que la sociedad en general entienda que lo que pasa adentro de una celda o módulo no es ni debe ser indiferente, y que la tortura y la muerte no solo son deseos de venganza anacrónicos e irracionales sino además una respuesta insuficiente a los problemas que se pretenden resolver con su promoción.

Que se entienda de una buena vez, como bien dijera Kevin alguna vez, que cada prisionero/a, esté donde esté, vive.


Director, LEASUR ONG