¿En dónde tejemos la ronda?

¿En dónde tejemos la ronda?
¿La haremos a orillas del mar?
El mar danzará con mil olas
haciendo una trenza de azahar.

¿La haremos al pie de los montes?
El monte nos va a contestar.
¡Será cual si todas quisiesen,
las piedras del mundo, cantar!

¿La haremos, mejor, en el bosque?
La voz y la voz va a trenzar,
y cantos de niños y de aves
se irán en el viento a besar.

¡Haremos la ronda infinita!
¡La iremos al bosque a trenzar,
la haremos al pie de los montes
y en todas las playas del mar!

Puede que las rondas parezcan demasiado lejanas y ajenas de nuestro tiempo y así también la poesía de Gabriela Mistral. Sin embargo, hay en este poema una serie preguntas profundas: ¿Puede trenzarse, entretejerse, hilvanarse el discurso? ¿Podemos unir a quienes están lejos a través de las palabras? En concreto: ¿Podemos articularnos a lo largo (y ancho) de nuestro territorio?

Miguel Crispi, diputado de Revolución Democrática, propone la idea de Populismo Pragmático basado en la obra de Mouffe y Laclau (Hegemonía y Estrategia Socialista, de 1985). La columna comienza con una identificación (adecuada) del riesgo que supone el vaciamiento de contenido del concepto y práctica democrática en Chile y las consecuencias que tiene el hecho de que durante un largo tiempo la izquierda no disputó el contenido del concepto de democracia. Y, al igual que todo concepto político, el concepto de democracia es un concepto polémico: su sentido está en disputa (tal como la obra de Mistral, apropiada y sacudida desde la Universidad que lleva su nombre hasta el GAM).

Luego, a propósito de la izquierda y el progresismo crítico, Crispi esboza su tesis: no puede[n] perderse en los laberintos de las ‘políticas de la identidad y la banalidad de la superioridad moral’, o abrazar el populismo mediático de la cuña fácil y el conflicto caníbal. Necesitamos continuar el laborioso trabajo de seguir hilando un proyecto político con sentido común, una política de buena factura, que no arrastre las culpas y cadenas del siglo XX. Es nuestro deber construir un nuevo pragmatismo popular, que sea una alternativa al cómodo idealismo testimonial e identitario. Si no somos capaces de torcer la trayectoria el punto de llegada es bastante claro: perderemos una y otra vez, y generaciones de chilenos y chilenas crecerán en un país de oportunidades de cartón, y verán su esfuerzo acumularse en las arcas de un puñado de personas.

Crispi nos alerta de dos riesgos simétricamente opuestos en este punto. El primero corresponde a la infertilidad política, a los idealismos testimoniales e identitarios que solo se hablan a sí mismos, que son incapaces de construir mayorías. Un segundo riesgo estaría dado por el conflicto caníbal (del que somos testigos continuamente en la izquierda) y por la cuña fácil. En este último riesgo quisiera detenerme y profundizar: la infertilidad por ausencia de conflicto, por falta de profundidad en el proyecto.

En otras palabras, sin un horizonte transformador, el populismo pragmático puede fácilmente transformarse en tejidos sociales y territoriales que rápidamente pasen de constituir un órgano vivo a terminar muriéndose en necrosis. Necrosis que en la dimensión territorial hace más probable que con el paso de los años, bajo la cáscara vacía, solo queden estructuras de poder territorial vacías de contenido: la clientela. O, en el mejor de los casos, la frustración. Las experiencias latinoamericanas nos han demostrado que en el populismo existe siempre el riesgo de la concentración del poder y de la generación de fenómenos clientelares donde la estructura territorial de los partidos depende de la “cadena de favores” del caudillo en sus dominios. Sin proyecto hay solo eslabones de favores.

En otras palabras: concuerdo en aquello que Crispi rechaza: el idealismo testimonial y el conflicto caníbal. Pero no concuerdo en aquello que propone.

Rescatando el impulso de la columna original creo que vale la pena entender cómo una estrategia populista puede operar en el contexto en que nos encontramos. Es importante diferenciar la estrategia a ser utilizada del contenido político del proyecto. El contenido político o ideología de Revolución Democrática, ha sido el fruto de diferentes congresos ideológicos. E incluso me atrevería a decir que bajo el concepto de socialismo democrático puede articularse mucho de este contenido, aunque esta columna no sea el espacio para hacerlo.

Dada la carga valorativa negativa que existe sobre el concepto de populismo, cabe precisar qué es una estrategia de este tipo (debo decir, que incluso prefiero caracterizarla como aquella estrategia que nace a partir de una lectura discursiva, lingüística, de la realidad social):  Una estrategia de este tipo pone el acento en el carácter agonal de la política: la política durante la transición chilena a la democracia fue una política donde por momentos se indiferenciaron las alternativas políticas. Para que haya política debe haber conflicto, y para que haya conflicto debe haber proyectos políticos diferentes. Y, quienes adscriben a esos proyectos políticos diferentes compartirán una cosa en común: la democracia como cancha para disputar el encuentro. Por ello, en una estrategia de este tipo hablamos de adversarios: aquellos que comparten los valores democráticos, pero de quienes divergimos en su proyecto político. Luego, una estrategia de este tipo interpreta lingüísticamente, discursivamente la realidad social. Dadas las condiciones de nuestra época, convendría una interpretación de este tipo por sobre lecturas basadas en el conflicto de clases sociales, o en lecturas con primacía económica -material- sobre la realidad social (que tiende usualmente a leer la realidad social de modo mecánico) y también contra aquellas lecturas que reducen la disputa política en la conquista del Estado. Se busca unir o constituir sujetos a través de cadenas de equivalencias de demandas: en el plano democrático se hacen equivalentes una multiplicidad de demandas sociales (en Chile: el problema de pensiones, salud, educación, etc.) sin restar un grado de autonomía a los sujetos tras esas demandas.  En otras palabras, se construye claramente un nosotros y un ellos, quienes están del lado de proyectos transformadores que quieren hacerse cargo de estas demandas y quienes quieren mantener el status quo. Lo económico no existe previo a la constitución política de la sociedad ni la voluntad del pueblo, de la ciudadanía, se agota en lo procedimental. Una estrategia de este tipo apunta hacia una Democracia Radical: una estrategia en donde existen una multiplicidad de disputas articuladas simultáneamente. Una democracia sustantiva, viva. Una democracia en que la izquierda pase de posiciones de resistencia a posiciones ofensivas.

Lo interesante del dispositivo teórico de Mouffe y Laclau, en este aspecto parte por i) no considerar que hay esencias -como las clases sociales- que tienen intereses objetivos reconocibles y que basta con articularlos en la arena política para asaltar el palacio de invierno (podemos ver a jóvenes de sectores populares comprándose a duras penas zapatillas de marca carísimas; lo que sería una contradicción con sus intereses “objetivos” dados por su posición de clase) ii) el concepto de significante vacío. La estrategia política de Revolución Democrática para el período deberá ser articular una serie de problemas concretos -en el próximo periodo, que tengan expresión a nivel local- bajo un significante vacío. Existe un fuerte malestar y descrédito de la política institucionalizada. Pero la virtud del territorio, y del ciclo político que se aproxima para el próximo año, es que estas disputas se expresan en el espacio, en la ciudad, en el barrio. Una Revolución Democrática presupone una transformación radical de las formas de vida: que la vida se ordene en torno a principios y lógicas diferentes, colectivas, democráticas. Y probablemente el territorio sea el caso más paradigmático para realizar transformaciones como éstas: allí podemos reconocer pertenencias locales, expresiones locales de lo político. Revolución Democrática (y en su conjunto el Frente Amplio) puede ser la hebra que vaya identificando en primer lugar las diferentes tensiones, conflictos y disputas territoriales. Luego, el siguiente paso, es urdir, tejer esos conflictos en un horizonte de sentido compartido. Darle una forma discursiva, una forma en el lenguaje, darle palabras al dolor de los ciudadanos y ciudadanas de Chile. Esa articulación de sentido en torno a los conflictos, sin referencia a esencias, solo podrá realizarse con la flexibilidad de una estrategia de este tipo. Finalmente, Revolución Democrática deberá contribuir a generar y apoyar capacidades instaladas en términos de organización en el territorio. Contribuir a la creación y mantención de redes de articulación con anclaje territorial, que tengan su propia capacidad de mantenerse, disputar políticamente y dotarse de sentido, es lo que evitará las consecuencias ya conocidas de estrategias territoriales que terminan siendo cascarones vacíos u ofertones políticos en tiempos de campaña.

La imagen del tejido vuelve a resonar entonces. Aunque quizás, la pregunta no sea dónde tejemos la ronda. Sino, cómo articularemos discursivamente los conflictos, para darles un horizonte de sentido compartido y poder lograr incluso -como dice el poema- hacer a las piedras cantar.


Militante de Revolución Democrática