Pablo y Nicanor

Se toparon dos gigantes;/ la tierra y las estrellas,/ compartiendo unas botellas/ entre poemas distantes.

Era el pueblo de Capote,/ en la picá de “Los Pillos”,/ donde Pablo y su caldillo/ se besaban de rebote./ Estaba solo cual palote/ en la noche bien danzante,/ el poeta y su desplante/ vio venir tranquilo/ al cosmo sin sigilo/ se toparon dos gigantes.

Nicanor pasó la puerta/ y la gente se detuvo,/ su ciencia se contuvo/ de mantener la alerta/ y al ver allí desiertas/ las mesas de doncellas,/ tomó una botella/ y se fue donde’l poeta.

Se toparon en la meta/ la tierra y las estrellas.

Pablo sentado, meditando/ fijamente en los olores,/ condimentos y sabores/ de su caldo, fue pensando:/ “el mar me’stá olvidando,/ya no está dejando huella”–./ Cuando ve que le atropella/ Nicanor frente a su mesa./ –”¡Ya! Dejemos la pereza,/ compartiendo unas botellas”–.

Nicanor destapó’l vino/ con su antipoesía,/ hizo de la noche día/ mientras Pablo brotó trinos/ de los pobres sus vecinos,/ ante los astros colgantes/ de su buen acompañante,/ riendo fuerte dijo: –”sírvame con gracia ‘mijo,/ entre poemas distantes”–.

Se toparon dos gigantes;/la tierra y las estrellas,/ compartiendo unas botellas/ entre poemas distantes.

 

Álvaro y Roberto

 Era cosa del destino,/ la guitarra los unía;/ entre cueca’i poesía/ eran dos vasos de vino.

De gira la negra Ester/ trajo consigo a Roberto,/ pueta de vivos y muertos;/ cantor del buen beber./ Era tan grande su saber/ que captó el desatino/ del penquista submarino/ que nadaba en su guitarra./ Él también sería Parra;/ era cosa del destino.

Desde lejos escuchaba/ Alvaró a’se gigante/ y miraba su desplante/ bajo el sol que lo bañaba./ Él muy fuerte admiraba/ a ese gran rayo de día/ y callado se escondía/ para ver su gran talento./ Lo sabía hasta el viento,/ la guitarra los unía.

Roberto, viejo pillo/ descubrió al admirador,/ con su voz de ruiseñor/ invitó al pobre grillo./ El penquista muy sencillo/ se acercó con la bravía/ al cantor que no le fía/ cuando toma su guitarra,/ aprendiendo de la Parra,/ entre cueca’i poesía.

Alvaró su voz tomó/ entre paya y la petaca,/ aprendió del jazz guachaca/ y también improvisó./ Don Roberto le mostró/ como ser rotó con tino/ y cantar con don divino/ las cuecas y tonadas./ Parece cuento de hadas,/ eran dos vasos de vino”.

 

Alejandro y Violeta

Se juntaron en París/ Alejandro y la Violeta,/ ¡Bien chilena la receta/ de azucena y colibrí!

Encerraba’l mundo entero/ en su joven corazón,/ le sobraba creación/ al poeta de alfarero./ Tocopilla lo hizo clero/ al inmenso colibrí./ “¿Que será que hago aquí?”/ –dijo al ver a la Violeta–,/ “tan crujiente marraqueta”./ Se juntaron en París.

La Viola era infinita,/ enraizada a la tierra;/ su guitarra pura guerra/ y mar de agua bendita./ Ante su voz exquisita/ Alejandro l’hizo mueca:/ –¡Ay!  me falta una muleta/ pa’ poder hacer fragancia–./ Se miraron allí en Francia,/ Alejandro y la Violeta.

Salieron juntos a pasear/ con sus mundos respectivos;/ la Viola lleva cultivos,/ el poeta su imaginar./ Era tanto su danzar/ que Alejandro a la Violeta/ de pronto sacó la’leta/ pa’ entregarle admiración,/ eran dos una nación/ ¡Bien chilena la receta!

El creador hambriento/ aprendió de la cantora,/ de cómo vivir el ahora/ y cómo aplaudir el lamento./ Tan lejos llego´l viento,/ desde Chile hasta París./ –”Flor que dejaste en mí

¡Oh! Violeta sembradora,/ gracias mente creadora/ de azucena y colibrí”.