En el marco de la novena versión del Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso –FIFV, 2018– la fotógrafa Julia Toro presenta un conjunto de imágenes que nos muestran la vida portuaria desde los trolleybuses. La propuesta fotográfica se inscribe en la sintonía de la pregunta que sitúa todo el festival: ¿El tiempo es una ilusión? La dirección de la pregunta moviliza la reflexión filosófica en torno a la naturaleza de la temporalidad, la imagen fija -su fuerza de anclaje- y la ilusión, interrogando de esta manera la condición de semejanza y el testimonio esencial de un pasado que se reconfigura infinitamente.

En la sala principal del Parque Cultural de Valparaíso, ex cárcel, la muestra colectiva se abre como un gran obturador, ofreciendo a la contemplación el espectáculo de la imagen como un documento consumado de la cultura.

© Julia Toro

La elección de la fotógrafa nos da una respuesta perentoria a la pregunta y nos pone sobre aviso en relación a la dimensión temporal de aquello que la mirada rescata. Registros que ponen al abrigo de la memoria el vestigio arqueológico de un mundo recorrido, de un desplazamiento cotidiano y una mirada caleidoscópica o en trance.

Desde un presente efímero cada foto va narrando la marcha cotidiana de una metáfora poblada de ventanas y reflejos. El trolley nos transporta silenciosamente a la deriva como en sueño o un tragaluz antiguo por el que vamos entrando al pretérito fragmentario de Valparaíso.

El rigor y el dramatismo contrastado del blanco y negro movilizan un espacio íntimo que pareciera estar separado del transcurso lineal y la rutina. Un espacio y un tiempo otros, invitándonos a subir y ocupar ese lugar en el cual se ha dispuesto la circulación del sentido de la vida callejera. Cada fotografía constituye, en este sentido, la apertura y la narración interrumpida de una secuencia análoga donde se cruzan miradas, cuerpos que saludan y se despiden bajo la provocadora observación de la artista.

© Julia Toro

Todo indica que la selección del viaje en trolley es un acontecimiento de una forma de ver en “profundidad fotográfica” para conmemorar la intimidad de una analogía más profunda y soterrada entre el tiempo y sus diferentes fronteras cotidianas. Un juego de semejanzas ocultas que condensan en una metáfora urbana la ubicación del individuo cuando se hace parte del desplazamiento y las referencias de la dirección.

Forzando un poco más la lectura, podemos decir que en los cuadros de la secuencia la fotógrafa superpone y extiende las superficies del tiempo. Podríamos estar presenciando el año 62 o el 92 casi de la misma forma como observamos el presente cuando nos subimos a un trolley. Este recurso de la temporalidad del blanco y negro nos remite a Aristóteles cuando en su Poética nos explica los procedimientos de la semejanza y la analogía:

“Se tiene una metáfora por analogía cuando, entre cuatro términos, el segundo, B, mantiene con el primero, A, la misma relación que el cuarto, D, mantiene con el tercero, C; podrá usarse, entonces, en vez del segundo término, B, el cuarto, D, o bien, en vez del cuarto, D, podrá usarse el segundo B [… ]. Ejemplo: la ‘vejez’ (B) es a la ‘vida’ (A) lo que la ‘tarde’ (D) al «día» (C); por ello podrá decirse que ‘tarde’ (D) es la ‘vejez del día’ (B + C), y ( … ] que la ‘vejez’ (B) es la ‘tarde de la vida’ (D + A) o el ‘ocaso de la vida’. (Poet., 21, 1457b)”

Si seguimos intuitivamente a Aristóteles podremos aventurar la sustitución de algunos términos. Así Valparaíso (B) es al tiempo (A), lo que el viaje en Trolley (C) es a la fotografía (D), en una de muchas combinaciones y aproximaciones posibles a un puerto antiguo que muchas veces se nos muestra como la tarde de la vida. Una respuesta más a la pregunta que, sin duda, no se agotará en una solución interpretativa o de soslayo cuando lo que vemos aquí es el vestigio de una mirada incisiva, el tesoro que se obtiene de la transparencia del paisaje o de los rostros que simplemente nos saludan y se despiden.

© Julia Toro

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Hacia el final de un ensayo que le da el título al libro Supervivencia de las luciérnagas, Georges Didi-Huberman se refiere al resplandor efímero y la luminescencia de la imaginación. Vinculamos aquí esa imaginación poética con la fugacidad de la secuencia fotográfica que nos presenta Julia Toro. Atraemos esa cita como un retrato en un álbum fotográfico pero en el sentido de la fuerza narrativa y alegórica de un puerto que nos hace saber en la estela de las imágenes que hay calles, personas y cosas que se habrán detenido para siempre:

“Si la imaginación -ese trabajo productor de imágenes para el pensamiento- nos ilumina por el modo en que el Antes reencuentra al Ahora para liberar constelaciones ricas de Futuro, entonces podemos comprender hasta qué punto es decisivo este encuentro de tiempos, esta colisión de un presente activo con su pasado reminiscente”.

Valparaíso acontece bajo la mirada de la artista en un desplazamiento reflexivo que nos restituye en la imaginación los espacios de una trama ausente. El tejido de un viaje hacia el interior de la experiencia cotidiana, la cortesía y la amabilidad del diálogo, el azar y el sentido de lo ausente.

¿El tiempo es una ilusión? Sí. La ilusión de aquello cuya profundidad ha sido recreada por una mirada en perspectiva pero que desaparece en las incisiones lumínicas sobre la película análoga de una gloriosa Leica que, como hemos sabido, ha completado con dignidad sus últimos días de servicio. Una cámara y una mirada de arqueología cuyo desenfoque integra en el movimiento el relato discontinuo de la detención. Un ahora, en suma, que muestra el pasado portuario y la colisión latente del olvido y la re-presentación.


Mateo Goycolea