Mucho se ha escrito sobre el rol que han jugado las llamadas fakenews o noticias falsas en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y de Brasil. Estas son un neologismo que se ha masificado para referirse a noticias fabricadas que circulan durante la elección y que, conviviendo con noticias tradicionales, se camuflan entre ellas en redes sociales y medios electrónicos. Se les denomina falsas porque no tienen ninguna base de facto, pero suelen presentarse como verdades objetivas. Algunas involucran imágenes que son trucadas para desperfilar candidaturas, o desprestigiar figuras políticas o sectores de la población, convirtiéndose en verdaderos montajes comunicacionales. En la reciente elección de Brasil, ésta fue una de las principales estrategias utilizadas por Bolsonaro y su equipo, hecho que fue investigado por el Tribunal Electoral de ese país.

Todo el mundo pareciera estar de acuerdo en lo nefasto del fenómeno. Pero lo primero que necesitamos entender es que las fakenews son solo parte del problema. Estas son estrategias políticas de desinformación que resultan exitosas en sectores de la población mal informados o desinformados, que -hay que asumirlo- en ciertos casos, son la mayoría. De ahí la importancia que hoy el periodismo deconstruya esas narrativas. En el caso chileno, basta con leer los diarios o escuchar programas de radio y televisión para percatarse de la escasa capacidad de análisis a la hora de referirse a temas relacionados a la historia de América Latina, transformándose en un terreno fértil no solo para la proliferación de las llamadas “fakenews” sino también de lo que podríamos denominar como “fakeanalysis”. Lamentablemente, lo que quedó de manifiesto durante la campaña electoral en Brasil, se repitió durante la elección, reproduciendo acríticamente las razones del triunfo del candidato del Partido Social Liberal esgrimidas por otros medios extranjeros (el periodismo del cortar/pegar); o, en el mejor de los casos, basando sus análisis solamente en un libro: Porqué mueren las democracias de Steven Levitzky y Daniel Ziblatt.  El libro, escrito por dos profesores de Harvard, que plantea ejercicios comparativos para entender las formas de hacer política en distintos lugares del mundo, intenta entregar recetas rápidas para evitar los populismos y autoritarismos. Es un texto interesante, pero si se usa como única herramienta de análisis, sobre-simplifica en demasía la coyuntura política brasileña.

En mi opinión, en los análisis locales se ignoran otros factores históricos. Vale la pena detenerse, por ejemplo, en el mapa electoral de la elección de Bolsonaro. Históricamente, el nordeste brasileño se constituyó como un enclave negro. Desde el siglo XVII se instalaron ahí los ingenios azucareros que gatillaron la importación masiva de esclavos africanos a ese territorio. Cuatrocientos años después, el nordeste sigue ocupando, para bien y para mal, un lugar central en el imaginario brasilero. Ese mismo enclave negro es el que votó masivamente por el PT durante la primera y segunda vuelta. No lo hicieron porque estén a favor de la corrupción, sino porque durante los años de gobierno del PT fueron los más beneficiados en las políticas contra el hambre y la pobreza. Más de 20 millones de brasileros salieron de la pobreza, dato duro que se perdió en nuestro análisis del comportamiento electoral del brasilero. La elección de un candidato como Bolsonaro (y en esa misma lógica, de Trump) debería ser vista como pulsiones sociales que ratifican la persistencia de las jerarquías raciales que justificaron la esclavitud de otros seres humanos.

Los análisis post-elección no modifican la tendencia. Cristián Bofill, periodista que ha sido editor de varios medios, valoró la incorporación del juez Sergio Moro como superministro del futuro gobierno de Jair Bolsonaro, como un punto a favor del presidente electo. Sin embargo, que el juez que encarceló al entonces más popular de los candidatos, se incorpore al gobierno del ganador de la elección no es ético ni estético. Bofill pareciera olvidar que la corrupción no es solo sinónimo del PT, sino también alcanza a los grupos ligados a la derecha, y lo debiera decir. Por otro lado, pareciera que para Bofill el tema de la discriminación racial no existe en Brasil. Pero el dato duro es que Bolsonaro arrasó en las ciudades blancas y ricas. En un país donde más del 50% de la población se declara negra o parda, el tema del racismo amerita al menos una línea. Habría que recordar que la actualidad de Brasil no se entiende sin su historia, y lamentablemente, ésta no se entiende sin tomar en cuenta el rol de la esclavitud y la discriminación racial que le siguió. Sin embargo, hay grupos conservadores, en Brasil y EE.UU., que no quieren que la economía moral de le esclavitud desaparezca del todo, no obstante que la historia de Brasil sea la historia de la esclavitud. Eso también debiese ser puesto en el debate.

La reciente incorporación del Juez Moro, lejos de significar un punto a favor de Bolsonaro, como expresó Bofill y otros periodistas locales, revela lo burdo de la operación política que tuvo lugar en ese país. El cortoplacismo ahistórico de nuestros periodistas les impide tener la perspectiva necesaria para decodificar procesos más amplios. Todo indica que lo que ocurrió en Brasil fue un golpe de Estado (largo y judicial), que partió con la destitución de Dilma Rousseff. La elección de Bolsonaro sella el inicio de un reacomodo entre el capital y los trabajadores. Ese reacomodo también es racial. El juez Moro fue pieza clave del proceso, y ahora recibe su premio. Por lo tanto, la apreciación de Bofill habla más de su posición política que de lo que pasa realmente en Brasil. Lo de Bofill es el mejor ejemplo de un fakeanalysis que, en mi opinión, es igual o peor que las llamadas fakenews.

 


Director escuela de Historia, UDP