En los últimos dos meses han aparecido al menos tres libros sobre Pedro Lemebel, dos que compilan entrevistas y uno de Soledad Bianchi –lanzado el domingo pasado en la Feria del Libro de Santiago y que compila los textos con que la crítica presentó sus libros–. Caminando por la Primavera del Libro me pareció ver bolsos con su rostro. No mintamos, hoy el recuerdo incendiario y subversivo del escritor, vende. Sin embargo, no por eso pierde su poder.

Lo recuerdo en tacos aguja, a veces tambaleándose. Todos se jactan de haber sido sus amigos, yo no. Solo soy amiga de una amiga, por la que llegué de paracaidista a un par de fiestas en su casa en un cité en Bellavista, con la desfachatez de la juventud. Creo que él apenas me saludó, arrugó la nariz y no le cayó en gracia que me dejara caer sin invitación. Sus amigos fueron amables y quizás por eso ni me enteré que no era del todo bienvenida. Otra vez que pensé entrevistarlo cuando lanzó Tengo miedo torero, alguien me dio un número y marqué. No sabía que era el teléfono de su madre. No llames aquí, me dijo cortante, espérame a tal hora en la feria del libro en el stand de mi editorial, y cortó. Tendrían que pasar varios años hasta enterarme por el programa Réquiem, transmitido recientemente por TVN, que seguramente en esos días su madre estaba muy enferma o agonizaba. Pecado de juventud, seguro encontré entera cuática la actitud de Pedro. Me dejó eternamente esperando –mientras la fila de lectores que no querían irse sin un libro autografiado por él avanzaba- en el stand de la editorial Planeta. Era su venganza por colarme en su fiesta y por la llamada indiscreta.

Su muerte, la potencia de su obra escrita y visual (que hace un tiempo vino a recordar la muestra Arder), la presencia de su ausencia y, como dice su amigo el librero Sergio Parra en el programa de tv: el haber sido un escritor tan querido por la gente común; me han hecho reconciliarme con su imagen. Réquiem y el último libro de la crítica Nelly Richard, Abismos temporales, recuerdan un momento lemebeliano memorable. “Cuando voy a la televisión voy con dinamita o no voy”, le dice a N. Richard en una entrevista que figura en el libro.

Si mis esmirriados recuerdos del paso por la Escuela de Literatura no me han abandonado, se llama puesta en abismo lo que hizo el programa Réquiem al citar una escena de otro programa del mismo canal, De Pé a Pá (Algo similar pasaba en Hamlet, donde a través de una obra de teatro el príncipe de Dinamarca revela que sabe quién ha asesinado a su padre). Réquiem hizo aparecer nuevamente a Lemebel en el programa de Pedro Carcuro en 1997 con la molotov bajo el brazo. Al final del programa y a punto de salir de escena, la lanza: “antes de despedirme, y yo creo que de alguna manera me estoy despidiendo para siempre de acá, quería pedirte un minuto, un minuto porque en este, tu programa, en este canal, me gustaría, rendir un homenaje a todas las mujeres que fueron torturadas y detenidas en la dictadura de Pinochet en el nombre de tu hermana Carmen Carcuro”. Entonces lo mira fijo y le da la mano. Aplausos. “Muchas gracias”, dice el invitado. El animador ni se inmuta y lo despide con la misma sonrisa pep con que lo había recibido.

Años después Lemebel recordaría en la ya citada conversación con Nelly Richard que Carcuro “mantuvo su misma cara plana y fluorescente, como pantalla mormona y amoral” y que su bomba había consistido en “sacarle en cara la historia de su hermana torturada en el Chile de la dictadura, mientras él le daba un abrazo de confianza a Pinochet el día de su cumpleaños”. Quería dejar en evidencia a “ciertos personajes de la pantalla que son verdaderas cuncunas camaleónicas”. No se equivocaba. Hace no mucho, Carcuro dijo en entrevista en The Clinic que en el fondo le agradecía a Lemebel ese gesto hacia su hermana. Podría ser cierto, pero también podría ser un acto acomodaticio para estar más en onda con los tiempos. O sea, para despercudirse de cualquier recuerdo pinochetista. Es la gracia del capítulo de Réquiem: hacer una crítica a la televisión desde la misma pantalla chica. Aprovechando el mismo fuego incendiario del recordado escritor, o el juego hamletiano para decir al tío usurpador del trono y a la reina cómplice que no se podía esconder la verdad. La misma molotov.