Es temporada de premios. Hemos sabido de los premios nacionales, con sorpresas y sin ellas. Quedan peguntas en el aire, suspicacias, satisfacciones y disconformidades. Siempre es así. Hay otras distinciones que tienen menos visibilidad y pompa; sin embargo, tras ellas hay aspectos significativos sobre los cuales vale la pena detenerse.

El Premio Amster/Coré, que otorga el Consejo Nacional del Libro y la Lectura –hoy parte del Ministerio de las Culturas, Las Artes y el Patrimonio- distingue el diseño y la ilustración como expresiones fundamentales en el desarrollo de las artes y la industria editorial. Los nombres de Mauricio Amster y Mario Silva Ossa (Coré) representan un legado insoslayable al patrimonio gráfico nacional en las dos menciones del premio y sus vertientes respectivas: Amster, por el diseño y diagramación de libros; y Coré, por su aporte a la ilustración. En otra oportunidad me gustaría detenerme en los premiados. Por otro lado, el Instituto de Estudios Humorísticos, que dirige Rafael Gumucio en la UDP, otorga el Premio Nacional del Humor “Jorge Délano-Coke”, personaje multifacético, recordado como fundador de la revista de sátira política Topaze, gran caricaturista, además de pionero del cine chileno.

Tiene mucho sentido a mi juicio que estos premios “tengan nombre”, con la expectativa evidente no solo de mantener en la memoria esos nombres y sus significados –digamos hazañas civiles- sino también de que los premiados sean merecedores del legado que contiene el nombre-marca del premio: “hacerle honor” y ojalá superar sus marcas o al menos “que le lleguen a los talones”. Esto último obliga a fijarse en los cambios de época, en la evolución de cada oficio, en las nuevas herramientas de trabajo que proporciona el avance tecnológico; en definitiva, en los cambios culturales que sitúan el premio y su valorización. No hay hoy día un Amster, un Coré o un Coke. Dejaron una huella, influyen o influyeron. Para muchos ya son remotos antepasados venerables, no modelables quizás en estos tiempos; pero con quienes se tiene una válida y justa deuda de gratitud que se traduce, al saber de ellos –de su vida y obra- en una respetuosa admiración, al menos por la faceta que más lo merezca.

Es ilustrativo de los cambios culturales y el paso del tiempo, el Premio Nacional de Humor de este año: se le otorgó a Daniel Vilches y a Natalia Valdebenito. Dos caras quizás de una misma moneda donde se representan la provocación, el atrevimiento, la irreverencia y la capacidad de arrancar risas de situaciones cotidianas, generalmente tragicómicas. Daniel Vilches decía garabatos cuando hacerlo era una osadía y se posicionó con ese sello, desarrollando, acompañado generalmente por vedettes, rutinas sexistas que –en sus mejores o peores tiempos- se estimaban dignas de aplauso y cualquier cuestionamiento no podía ser sino de tontos graves, mojigatos… o verdaderos “académicos de la lengua”. La modernidad –el respeto no discriminatorio por la diversidad- hace que hoy ese humor no sea admisible ni políticamente correcto. Sin embargo, ubicándolo en la época del esplendor de las compañías de revistas, Daniel Vilches marcó una época, generó trabajo y se ganó la admiración de sus seguidores y colegas; también merecedor del Premio Coke, indudablemente por su extensa trayectoria profesional.

La comediante Natalia Valdebenito, compartiendo el mismo Premio Coke, representa el cambio. Al menos un momento de inflexión en que también con provocación, irreverencia y atrevimiento propone un humor que pone en solfa la cotidianidad marcada por el patriarcado, desde una reivindicación política feminista y la forma discursiva del unipersonal monólogo del stand up comedy en lugares cerrados, la televisión (Club de la comedia) y en audiencias masivas como el festival de Viña. Tanto Daniel Vilches como Natalia Valdebenito han tenido seguidores, imitadores y profesionales que han aprovechado la senda abierta por ellos. Un mérito que se inscribe en distintos momentos de la historia del humor chileno.