La derecha chilena calló, avergonzada, su gusto por el anulamiento “por la vía violenta” de su contrincante, los “zurdos”, actualización de sus odiados “upelientos”. Entre fines de los 90 y el año 2013 –aniversario 40 del golpe militar- y años venideros, el flujo de información sobre la brutalidad de la dictadura de derecha creció exponencialmente (en buena medida gracias series y documentales televisivas que abordaron mucho la temática), lo que hacía a sus adeptos estar atrapados en la “espiral del silencio” postdictatorial. Era muy mal visto ser defensor del autoritarismo de derecha que inspira el nacimiento de los dos principales partidos de Chile Vamos: Renovación Nacional y la Unión Demócrata Independiente.

Pero con la irrupción global, reciente y furiosa de líderes populistas, generalmente de derecha, se ha roto este hechizo y los discursos arquetípicos de orden y seguridad a cualquier costo se desatan, con riesgo de llenar el vacío de sentido que dejó la decadencia del binominalismo y forjar un nuevo sentido común. El triunfo de Bolsonaro en Brasil pareciera que era esperado con ansias por los que ya traían el “kit discursivo” listo: desde el gobierno con su #aulasegura hasta el movimiento Nazi MSP infiltrado en marchas religiosas, la derecha ha traído a Chile el nuevo estilo de hacer política.

Dentro de este panorama, resulta interesante que uno de los objetivos que se ha trazado esta derecha nostálgica del autoritarismo con brutalidad ha sido privatizar Televisión Nacional de Chile ¿Qué podemos reflexionar sobre esta cruzada contra la “Televisión de Servicio Público” chilena?

Hoy, con el auge de las plataformas tecnológicas efectivamente existe una crisis financiera y de sentido de los medios de comunicación en formato tradicional: canales de televisión, radios y prensa escrita han perdido una parte de la atención que antes concentraban, la que se ha ido al mundo digital. Esto causa un verdadero golpe económico en lo que a publicidad refiere (se va a las plataformas como Google, Facebook o Twitter, que crean un nuevo modelo de negocios mediático).

Sin embargo, este golpe no es letal. De los medios tradicionales, la televisión sigue teniendo una presencia importante en las prácticas mediáticas de las grandes masas y su consumo en Chile sigue siendo mayoritario en vista de estudios con tradición como la Encuesta Nacional de Televisión o la Encuesta Nacional de la Juventud, entre otras.

Por ello, aun cuando se vuelva menos rentable desde lo económico, conserva mucha de su capacidad de marcar agenda, de ofrecer una conexión al exterior de forma paralela al uso permanente de las redes sociales.

La importancia de la televisión y de los demás medios en la cotidianidad, la cultura y la democracia de las sociedades ha llevado a muchísimos países del mundo a crear y conservar televisiones públicas (a veces radiotelevisiones) que representan un remedial para que no sean solo los grupos poderosos los que logren sus objetivos a través de los medios. La televisión pública tiene por propósito cumplir metas que no se logran necesariamente en la televisión comercial: asegurar pluralismo, resguardar los valores democráticos (lo que implica rechazar aquellos contrarios a la democracia), entre los cuales se halla no discriminar, no estigmatizar a minorías ni a las mujeres, y muchas otras. El hecho de que esa misión sea un mandato y no una elección es lo que separa a las televisiones públicas de todas las demás.

En manos de un privado, un canal de televisión puede caer en la tentación de poner en segundo plano este rol de servicio público y en esa elección, está más que estudiado que en Chile, los medios comerciales de TV abierta (poseídos en un 100% por grandes fortunas) han preferido demasiadas veces las vías poco felices de recabar atención: criminalizar actores políticos y sociales, apostar por el morbo y la banalidad en los matinales y, últimamente, desconocer el riesgo del fascismo dándole una visibilidad al caso Bolsonaro notablemente mayor al que le han dado a otros fenómenos políticos (como la caravana migrante centroamericana o la crisis del neoliberalismo de Macri).

Desde José Antonio Kast hasta Luciano Cruz-Coke (en la comisión investigadora de TVN del Congreso actualmente vigente), la derecha chilena ya tiene a TVN entre ceja y ceja porque, aun cuando en la actualidad TVN es una “Televisión de Servicio Público” a medias –se autofinancia y es irresponsable financieramente, enriqueciendo rostros de televisión mientras despide personal- es una herramienta que, si se administra con una planificación seria y honesta respeto a su rol (como en ocasiones lo hace, nobleza obliga), es fundamental para el cuidado de la democracia chilena, cultivando un debate a contrapelo de la barbarie twittera de la derecha y a la ya idiosincrática concentración mediática en Chile.

El desfinanciamiento del aporte estatal a las Culturas y el convulso proceso de capitalización de TVN –con el ministro de hacienda de Piñera dando una nueva estocada al reducir a la mitad el monto que se esperaba para esta capitalización- parecieran nuevas escenas en la versión chilena del proceso de ataque a los medios democráticos de la derecha mundial: Trump, Bolsonaro y otros han declarado la guerra contra los media comprometidos con la democracia. Algo muy valioso está en juego y ellos lo saben. Es urgente que la sociedad también lo sepa y responda a esta amenaza.


Licenciado en Sociología. Frente de Cultura y Comunicaciones Frente Amplio