Pero las heterotopías de crisis desaparecen hoy y son reemplazadas, creo, por heterotopías que se podrían llamar de desviación: aquellas en las que se ubican los individuos cuyo comportamiento está desviado con respecto a la media o a la norma exigida

(Michel Foucault, “De los espacios otros”)

El denominado “Plan de Retorno Humanitario” implementado por el gobierno, enfocado a los haitianos residentes en Chile interesados en regresar a su lugar de origen, comporta un gesto significativo de la crisis inmunitaria que afecta a los países receptores de inmigrantes. Y esto, porque la vida de los haitianos, su existencia tanto biológica como simbólica, estaría sujeta a una “norma humanitaria” –con sus cálculos y procedimientos– que los trasciende y de la cual no es posible rehuir.

Ninguna violencia puede resultar más estremecedora que aquella que sugiere que de vuelta en Haití, los haitianos favorecen a la humanidad, una humanidad capturada por el dispositivo productivista que estimula y despliega las dinámicas del individuo propietario, y de la que Chile es un orgulloso exponente. Estarán a salvo de Chile; Chile estará a salvo de ellos. En las heterotopías de las democracias contemporáneas, Haití es el lugar de las vidas sobrantes, espejo inadmisible para las vidas exitosas que proyectan allí sus propias ruindades. No es azarosa su proximidad con Guantánamo.

Con un marcado tenor economicista y biopolítico, la clasificación racial, criminal y hasta salvaje a la que han sido sometidos los haitianos, sólo da cuenta de que el viejo evolucionismo sociodarwinista de la primera mitad del siglo XX, se actualizó hasta ajustarse al nuevo enfoque neoliberal. Se describe compasivamente la “animalidad de un pueblo incivilizado” al que es preciso ayudar, como las crónicas de un zoológico humano: esa es la técnica narrativa de nuestro imparcial periodismo informativo. Los haitianos llegaron desde un país económicamente empobrecido e institucionalmente inestable, sin embargo olvida el Estado chileno cuánto su política exterior pudo influir (y seguirá influyendo en sus alianzas con Bolsonaro y Trump) decisivamente en el desmantelamiento estructural de Haití y en la miseria que lo asola. A fin de cuentas, bastaría tan sólo un paneo por nuestras ciudades, para percatarnos de cuántos Haití habitan en los suburbios que empaña la visualidad turística y que aíslan las autopistas de las zonas luminosas del mercado.

Es ineludible preguntarse ¿cuál es el estatuto de lo humano cuando la vida es susceptible de ser gestionada con arreglo a unos indicadores de rendimiento, a unas cláusulas de adaptabilidad y a unos modelos pastorales de la conducta? Es decir, vidas humanas inscritas como recursos negociables de las que los Estados pueden disponer, movilizar, retener y luego expulsar cuando se estime excesiva o innecesaria su presencia. Una racionalidad instrumental llevada a niveles paroxísticos. No es contradictorio, por cierto, que el capitalismo fabrique subjetividades diversas, y a su vez las vuelva refractarias entre sí. Lo relevante son los agentes que administran los conflictos y las lógicas que les proporcionan.

La noción de lo haitiano como amenaza, remite a un complejo entramado de signos que lo convierten en un factor de riesgo para la estabilidad del orden. El problema de la identidad occidental, como sabemos respecto a las tensiones entre universalidad y particularismos, es su tendencia a interpretar como sustancia inmanente (determinada por un trasfondo natural prelingüístico) el origen común de donde proviene, y a interpretar diferencialmente ciertos vínculos como contactos potencialmente perniciosos de los que es preciso ponerse a salvo.

Por otra parte, las categorías que definen actualmente lo haitiano (pero en general la estética de lo inmigrante) coinciden plenamente con la versión empresarial de la identidad chilena (Larraín, 2014), articulándose a los preceptos racistas y a los nacionalismos occidentales, forjada sobre la superficie semántica de lo propio.  Por ello, no habría que confundir las tendencias híbridas que abre la globalización cultural con el repliegue hacia lo interno de las identidades, su constitución mítica y sus componentes nihilistas. Como lo diferencia el mismo Larraín, las culturas permanecen expuestas a la alteración de sus circuitos simbólicos, mientras que las identidades requieren definir el “sí mismo”, de modo que el repertorio que define la adaptación a los itinerarios globales y la presuposición de un enemigo que activa los mecanismos de protección inmunitarios (aquello que, como es evidenciado por Esposito, determina los límites entre lo interno y lo externo para situar en el afuera la amenaza constitutiva del mecanismo de protección), no son dimensiones incompatibles en su desenvolvimiento.

Si el problema radica en el fundamento de la norma que aparece mediando los vínculos humanos, ya sea de tipo jurídico o científico, entonces podemos decir que toda la historia occidental se localiza en una constelación teológico-política. La violencia sacrificial como sustrato de la soberanía, la gestión económica de las poblaciones que reduce lo humano a lo económico-productivo (economía salvífica, dirá Agamben), hasta la figura del individuo autorregulado que es “empresario de sí mismo“,  como lo advierte Foucault (2004) sobre el homo economicus neoliberal, son los pliegues que se ensamblan a la máquina gubernamental inmunitaria que protege unas vidas negando otras. Cada una de las categorías que definen la identidad y subjetivizan el orden biopolítico del capital, operan a partir de la conjunción conformada entre unidad y separación, vale decir el dominio de una parte  sobre la otra.

La libertad y seguridad que demanda una sociedad, no podrá garantizarse nunca construyendo muros y organizando deportaciones para expulsar a los indeseados, encerrar a los enemigos, disciplinar a los desviados, castigar a los criminales. Las fronteras militarizadas (como la ley) no pueden protegernos de una amenaza, porque la amenaza proviene de éstas. Pero oponer la solidaridad ante ello, requiere rebasar nuestros horizontes de sentido. Parafraseando a Esposito (2012), esa solidaridad debe ser un munus, es decir una tarea ineludible, obligación común, que no se deposita en una cuenta bancaria ni necesita de espectáculo televisivo para interpelarla como consumación de un deseo hedonista, y que distiende los límites entre “nosotros” y los “otros” para favorecer un vínculo donde la norma coincide con la inmanencia de lo humano, que es su indeterminación y complejidad como reunión entre lo natural y lo histórico, entre lo biológico y lo ideológico, que ninguna norma trascendente y esencializadora puede procesar


Periodista