Hay dos clases de dolor. El dolor que nos hace más fuertes y el dolor que no sirve, el dolor inútil que solo nos hace sufrir.

Esa lección sobre el dolor es la manera en que se presenta Frank Underwood, mientras da muerte a un perro moribundo. Desde ese momento, sabemos que House of Cards (Beau Willimon, 2013—2018) no solo es una serie sobre el poder en su versión más oscura, sino que también sabemos que es una serie sobre Frank Underwood y cómo es que hará todo para obtener, conservar y recuperar el poder político. Es por eso que no debiera sorprendernos el momento en el que llega a ser presidente de EE. UU. Y, de hecho, no nos sorprende porque el primer batacazo que sufre la serie por parte de la realidad es la aparición de Donald Trump.

House of Cards se perfilaba como una producción contrafáctica que nos mostraría un mundo fantástico en el que el presidente de EE. UU. es un psicópata dispuesto a obtener el poder de cualquier manera. Con la aparición de Trump, la figura de Underwood quedó como un ejemplo de democracia y tolerancia. Aún a pesar del segundo batacazo que sufrió la serie: el actor Kevin Spacey fue acusado por abuso sexual por diversas personas del mundo de Hollywood.

Con la confesión por parte del mismo Kevin Spacey de los abusos sexuales que había cometido, la serie tendría que tomar la decisión de sacarlo no solo de la pantalla, sino que posicionarse en contra de todo lo que podría asociarse con las conductas de Spacey. Es así como la serie pasó de ser una alegoría utilitarista de los consejos de Maquiavelo sobre cómo la política es una práctica individualista e instrumental cuya única finalidad es la obtención y conservación del poder, a ser una serie estratégica y cuidadosa en relación con el espíritu de los tiempos. Esto último, sin embargo, se hizo de manera banal, irrelevante y superficial, dado que la oposición a las malas prácticas de Kevin Spacey se tradujo en algo meramente expositivo.

Si Frank Underwood era, formalmente, lo mismo que Kevin Spacey, es decir la encarnación del placer por abusar de los más débiles, de oprimir a los que son menos y de aprovecharse demagógicamente de sus gobernados, debíamos suponer que la ausencia de ese personaje en la historia (y en el equipo de actores) debía haber sido contrarrestado por un conjunto de prácticas y decisiones de producción que mostraran algo diferente. Pero no. La política como instrumentalidad e individualismo fue reemplazada por prácticas de censura y por un discurso “feminista” centrado en la figura de una maníaca asesina que daría todo por obtener y conservar el poder.

Esta es una serie que se ha visto fuertemente atravesada por las contingencias de su producción y que al verla también tenemos que evaluar el significado de las decisiones que se tomaron para su realización. En ese sentido, es iluminador mirar esa primera escena donde Frank Underwood mata con sus propias manos a un perro moribundo y contrastarla con la escena final de la serie, donde Claire, presidenta no electa de EE. UU., estando embarazada, asesina al fiel Doug Stamper en la Casa Blanca, al mismo tiempo que da la orden de lanzar bombas atómicas a los comunistas en Rusia. ¿Qué expresa esta violencia desenfrenada como imagen final de la serie?

Teniendo a Claire como la protagonista, en lugar de Frank, se quiso de manera explícita dar un giro “feminista” a la serie, para estar a tono con los tiempos que corren. La primera presidenta de EE. UU., menospreciada por ser mujer, acusada por abortar y cuestionada por integrar un gabinete exclusivamente con mujeres, además de cambiar su apellido por el de soltera (la presidenta Claire Hale). Todo este “feminismo” de emblemas no logra hacerle frente a la figura de Frank Underwood, precisamente porque es una caricatura de la política. ¿No sería mejor hacerse cargo del problema seriamente y presentar a una Claire que abandona el proyecto de su marido y se emancipa de ese modo de vida? ¿No sería más rupturista que, en lugar de producir una versión femenina de Donald Trump, hubiesen cuestionado el modelo liberal de producción política propia de los gringos? ¿No es que no cambió nada entre Frank dándole muerte al perro y Claire lanzándole las bombas atómicas a los rusos? ¿Y si Claire instauraba un modelo económico comunista?

Lo que nos revela esta fantasía sexual del liberalismo gringo, donde una asesina embarazada hace estallar el país comunista, es la imposibilidad que presenta el modo de producción política de los EE. UU. de pensar su propio fin. Podemos decir que para los gringos es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del modelo capitalista neoliberal, que se expresa en esa fantasía de apretar el botón de las bombas. Pero también podemos decir que esa forma de hacer política depende de la figura de Frank Underwood, una figura de la que ni la más liberal de las presidentas del mundo libre se pudo deshacer.


La mirada de los comunes