Ada es la mamá de Brandon. A su hijo le reventaron el cuerpo con 180 perdigones que le rajaron la piel. La piel se la tuvieron que coser hasta dejarle tres gigantes cicatrices que convirtieron su abdomen de niño en el registro de una guerra. Fue un carabinero en el patio de su casa. Pero nadie le ha pedido perdón. A Brandon le destruyeron la vida. Carga en cada segundo, al tocar su carne, al no poder mover el pie como lo hacía antes, con la violación a los derechos humanos en esta que es su democracia. Mientras a Ada la convirtieron, sin que ella quisiera, en una combatiente. Cuando la vi, al llegar a su casa en medio del campo mapuche al interior de Collipulli, junto a bosques extra verdes y horizontes de trigo, vi a una mujer menuda, morena, de ojos tiernos y sonrisa fácil. No parecía combatiente, de esas del Frente o una zapatista. Ada y Brandon me estaban esperando con sopaipillas con tomate, con tecito, con castañas. No con armas. Esa tarde, su operación de resistencia fue tomar once. Nunca lloraron, nunca se lamentaron. Sus ojos, los de ella y los de Brandon, siempre brillaron. Con brillo me dijo Ada, mientras comía sopaipillas, que si es necesario morir asesinada por carabineros en la exigencia de justicia para su hijo, ella iba a morir feliz. Y comprendí cómo es que sí es una combatiente.

Feliz estoy seguro que murió Ana González de Recabarren. Lo noté en su energía. Lo noté en sus carcajadas tras decir, conversando acostados en su cama, que tenía cuarenta mil hueás en que pensar antes de andar pensando en la muerte. Lo noté en su paz, en el orgullo de saber que un niño de Punta Arenas pidió como regalo de cumpleaños viajar a Santiago para conocerla. Quizás ese niño le recordaba a sus niños, los que le mataron e hicieron desaparecer para tratar de matarla también a ella, en vida, de pena. Los que llevaba clavados en su corazón, los que sentía cada vez más cerca mientras se aproximaba su último respiro en este mundo que la traicionó; en dictadura, y también en democracia. Ana González era buena para la talla, pícara, preocupada de sus uñas rojas y sus aritos colgantes. En cada acto de expresión de su belleza y dignidad me hizo sentir que, pese a todo, era feliz. Nos quisieron borrar la risa, nos quisieron destruir dejándonos callados, me decía con la misma emoción con que se levantó de su silla para recibir una ovación de quince mil personas en el show de Illapu en el Movistar Arena, cuando interpretaron tres versos para una historia. Y yo sentía, al verla declarar para este libro que en Chile se violan los derechos humanos pero algunos no lo quieren ver, como el ministro de cultura Mauricio Rojas, que cada vez que sonreía, vencía. Que un ser humano como ella, con la mayor parte de los suyos desaparecidos, pudiera echar una talla y al segundo alzar el puño para reivindicar las mismas ideas por las que asesinaron a la sangre de su sangre, me hizo saber que Ana González murió como lo que fue, una combatiente, una que en lugar de balas usó como la más letal de las armas de fuego los surcos formados en sus mejillas amplias al lanzar una sonrisa.

Felicidad es lo que provoca en las hortaliceras mapuche, esas que carabineros arrastra por el suelo para echarlas del centro de Temuco, hablar de su trabajo con la tierra, nombrar a las frambuesas, pasarle un trapito a los membrillos para que se vean más amarillitos desde lejos. Infelicidad es lo que expresan cuando se imaginan trabajando como vendedoras del retail u operadoras de call center, vestidas de marcas que no saben pronunciar, encerradas entre luces de artificio y el plástico reluciente de las tarjetas de crédito. Así nos van a matar, como cultura, como mapuche, como nación, dicen, con aros de luna de plata adornando rostros que miran desafiantes a los policías que se pasean amenazantes frente a sus choclos y bolsitas de merkén. No se van a ir de ese lugar, el que les permite subsistir, no emprender ni hacerse ricos, sin agarrarse a cornetes con los que vienen armados y protegidos. Son viejas choras, bravas. Aunque sentadas sobre cajones mientras desgranan porotos parezcan inofensivas, basta con que una le grite a la otra, para que las de setenta años peleen como las de veinte, esas nietas de veinte por las que combaten para que los huertos que esperan en el patio de sus casas no se mueran solos, de pena, bajo lunas que ya no tengan quien las mire.

Protección es lo que no tuvo Sandra cuando le rompieron la chapa a la casa de su papá para embargarla por estudiar con el CAE una carrera que ni siquiera pudo terminar. Sandra, que estudiaba y a la vez trabajaba ganando el miserable sueldo mínimo, hoy tiene dos hijos y su sueño es que ellos no se mueran de susto por la noche, al tratar de dormir, pensando en que mañana podrían entrar a su casa sin golpear para saquear lo que tanto ha costado comprar por haber cometido el crimen de querer estudiar, saber más, aprender. Su combate, su lucha, hoy es contar su historia. Es abrazarse con su padre, un obrero de la construcción que el día del embargo tuvo que dejar tirada la obra para correr y rogar que no se llevaran su lavadora, su refrigerador, su living, porque para volver a comprarlo podrían pasar meses, años, décadas en que la vida se le podía extinguir.

La lucha de Nancy Guzmán, la periodista que sufrió todos los males que una sala común de un hospital público puede ofrecer, esas salas donde la gente se muere luego de meses estando tirada sin ser operada, fue lograr que sus compañeras de sala no se quedaran calladas, humilladas, cuando un doctor se riera en su cara por querer saber cuál es su diagnóstico y si algún día las van a llevar al pabellón reservado para los que tiene más. El combate de Nancy fue preguntar por qué la estaban pinchando con una aguja que le rajaba la carne, por qué a los pobres los pinchaban con lo más barato; fue reclamar cuando escuchó a los médicos discutir que quién iba a comprar la carne del asado de la noche mientras informaban jocosos a una compañera que le iban a amputar una pierna. Su batalla fue gritar que no es normal que la atención pública se convierta en un matadero porque no se tiene plata para pagar por una clínica que te trate como persona.

La batalla de Briggitte, la batalla de Niki, mujer trans que ha sido torturada en el calabozo de una comisaría, que casi fue lanzada por un puente del Mapocho por querer ser quien siente que es, es hablar con niños, con niñas, con padres y madres para que el transitar hacia una nueva identidad no sean nuevas torturas, nuevos intentos de suicidio, nuevos sufrimientos al escuchar a presidentes de la república, a políticos de todos los sectores decir que ser quienes son es una enfermedad.

Este libro está protagonizado por combatientes, combatientes que jamás pensé que pudieran ser combatientes. Jamás pensé que pudiera ser una combatiente Noemí, una abuela de sesenta años que tuvo que correr con su nieta asmática por las calles de Quintero para que los carabineros que fueron a reprimir la marcha contra la contaminación de las empresas no la mataran con los gases lacrimógenos. Nos quieren matar por los dos lados, por el de las empresas que siguen intoxicando a niños que lo único que hacen es ir al colegio, y por la violencia policial que de pronto identificó a nuestra comuna como un potencial nicho de terroristas, dice Noemí, comparando lo que sufrió esa tarde de septiembre con  la bárbara represión de los años de la dictadura.

Chile hoy no está en dictadura. No vemos en la calle a los militares de cara pintada controlando nuestros pasos, ideas y amistades. Chile, el país del club de países ricos de la Ocde que le enseña al resto del vecindario cómo debe comportarse para ser cada vez más democrático, no es una dictadura con boinas y gorras y Merino y Pinochet. Chile hoy no tiene a combatientes encapuchados preparándose en las montañas para ajusticiar a un dictador. Chile hoy no recibe armas en Carrizal Bajo ni recluta a jóvenes patriotas en poblaciones asediadas por la injusticia y la pobreza. En Chile ya no están los combatientes que en secreto deben aprender a disparar un arma. Hoy los combatientes caminan a cara descubierta, son tías que tienen setenta años y que tienen que evadir la micro porque su pensión de cien lucas no le permite cargar la tarjeta. Son vecinas que se mueren de vergüenza al preguntarle al chofer si la puede dejar subir a la micro para ir a sacar hora al hospital. Hoy los combatientes son viejos que tienen que ducharse con agua helada por que no les alcanza para el gas. Los combatientes tienen los rostros arrugados, tienen deudas y muchas veces viven solos. Combaten contra el abandono, contra el cáncer que tienen que costear haciendo bingos a los que de repente no llega nadie. Los combatientes son niños de la costa que jamás han apretado un gatillo y que se toman su escuela porque no entienden que el gobierno los quiera hacer volver a clases mientras no clausura las faenas de 16 empresas de multimillonarios que han matado a la mitad de su familia con cánceres fulminantes. Hoy los combatientes viven en La Pintana, son mamás de cabros de veinte años que murieron calcinados en la cárcel de San Miguel. Las combatientes son esas mamás que tienen que sacar de la depresión a esposos que no han superado la tragedia de quedar con la carne pegada a una cadenita como el único resto del cuerpo de hijos que estaban a punto de salir en libertad para intentar de nuevo ser feliz. Los combatientes son los dirigentes sociales que tratan de ayudar a esas mamás para que no se rindan cuando ven que su otro hijo, el que les quedó vivo, se está hundiendo en la perdición de adicciones a drogas que quizás los lleven también al infierno de la cárcel. En este libro están los combatientes de estos tiempos democráticos, de estos tiempos peores, combatientes que luchan por respirar, por estudiar, por vender choclos, por tener empleo, por tener un nombre, por obtener respeto. Los combatientes de estos tiempos están aquí, puedo ser yo, alguno de ustedes, un familiar que no pudo venir porque no tenía plata ni para almorzar, pero que viven en silencio, porque los acalló el éxito de los que sí tienen, los acalló el presidente con su promesa de desarrollo para 2025, los acallaron los medios que dicen que acá todo está bien, los acalló la vergüenza de reconocer que han llegado a viejos, a jóvenes sin oportunidades, a trabajadores endeudados con sueldos que cada vez para menos alcanzan, como los que están perdiendo en esta democracia que sin un Pinochet a la cabeza sigue masacrando a la parte que no pudo, la parte que en 2018, con ropa de marca y un celular con internet, sigue pateando piedras. Piedras democráticas y camino al desarollo. Las piedras que para tratar de triunfar, Noemí, Javier, Brandon, Ada, Juana, Fabián, Nancy, Lorena, Niki, Briggite, Ana, Paty, Adrián, Roxana, Wilfrid, Sandra, César, Teresa han debido patear. Las piedras que millones de chilenos y chilenas que hoy no tienen derechos garantizados deben seguir pateando.

El libro “Tiempos Peores, crónicas de un Chile que viola los Derechos Humanos” (Editorial Planeta), de Richard Sandoval, está disponible en todas las librerías del país.


Director Noesnalaferia