En las últimas semanas han abundado en las redes sociales y medios locales diversos análisis sobre cómo una figura con las particularidades de Jair Bolsonaro pudo imponerse a lo que parecía ser el mal menor representado por el candidato del Partido de los Trabajadores. La izquierda por cierto todavía intenta explicar lo que hace unos meses era un escenario inesperado, en muchos casos apelando a las similitudes con procesos como los que llevaron a Donald Trump a ganar la presidencia estado unidense hace tan solo dos años. Ambas figuras tienen un sin número de diferencias en lo que refiere a sus respectivos proyectos políticos y bases sociales de apoyo. No obstante, hay que reconocer que ambas figuras tienen como elemento común el uso sistemático de noticias falsas o “fake news” como parte de sus respectivas estrategias comunicacionales.

La relevancia del tema está más que justificada. Solo unos días antes de la segunda vuelta presidencial la justicia electoral brasileña anunció una investigación en contra de Bolsonaro por el envío masivo de fake news financiado por empresarios afines a su candidatura. Dentro de las noticias falsas incluso se le atribuía a Haddad la autoría de un proyecto que legalizaba el incesto y la pedofilia. Chile lamentablemente no ha estado exento de las consecuencias de la desinformación en redes sociales. Sin ir más lejos, varios recordarán cómo las fake news se apoderaron de las redes sociales hace poco más de año y medio cuando se responsabilizó al pueblo Mapuche (e incluso a las FARC) del mega incendio que azotó al sur de Chile. Incluso en el contexto de la última campaña presidencial fueron varias las noticias falsas alertando sobre supuestos votos marcados a favor de Beatriz Sánchez o Alejandro Guillier.

Las fake news se han erigido como una herramienta útil dentro de la derecha, puesto que les permite obviar la confrontación racional de tesis políticas y apelar a los miedos y prejuicios más básicos instalados en un sentido común que normalmente tiende a ser conservador. No es de extrañar por tanto que varios analistas y parte de la izquierda apunten sus dardos al impacto de las fake news como explicación de la derrota de la izquierda brasileña. El mismo Pablo Iglesias, líder podemista, en un reciente tweet, apuntó a las fake news como una de las principales razones de los desastrosos resultados del PT.

De esta manera, una parte de los argumentos que han surgido para explicar la derrota progresista en Brasil se basa en el uso malintencionado de las redes sociales y medios de comunicación por parte de fuerzas de derecha, tesis no muy distinta a las que han circulado ya en varias democracias occidentales que han visto renacer a partidos de derechas nacionalistas o fundamentalistas.

Quizás a primera vista esta idea no suene descabellada. No sería la primera vez que se levanta la voz contra medios de comunicación y, particularmente, contra redes sociales altamente fragmentadas social e ideológicamente, desbordadas de información cuya veracidad es difícil de verificar y que pone a disposición de cualquiera que lo desee los recursos necesarios para producir toda la desinformación que quiera a bajo costo. El adversario sería por tanto una derecha que malintencionadamente ha hecho uso de fake news aprovechándose de una población desinformada que vota por ella bajo premisas erradas.

El argumento no deja de tener algo de verdad al decir que existe desinformación al momento de votar y que la derecha se ha aprovechado de las redes sociales (pensemos en las últimas intervenciones de la diputada Camila Flores). No obstante, seria sencillo para las fuerzas progresistas y de izquierda culpar al medio y, en específico, a las redes sociales por el fuerte avance de la derecha en la región y el mundo, y craso error cometerían al asumir que los individuos no enfrentan e interiorizan la información a la que se ven expuestos a partir de sus propias experiencias, miedos y por supuesto que posiciones políticas.

Las personas, independiente de su nivel educacional, no son pizarras vacías que la derecha logró articular dentro de nuevas alianzas sociales a punta de desinformación y un mejor uso de las redes sociales. Por el contrario, las fake news responden a posiciones políticas construidas previamente en la sociedad a partir de su experiencia con la política. Si una parte mayoritaria creyó en ellas fue por el descredito en el que se sumió la izquierda después de años de cooptación empresarial, el abandono de espacios populares y el retiro del PT hacia la administración de un modelo que prometió cambiar. Las redes sociales son fundamentales en la política del siglo XXI, pero no por eso tienen propiedades mágicas ni pueden ser culpadas por el surgimiento de nuevos partidos de derecha, sea en Chile, Brasil o cualquier otra democracia occidental. La derrota del PT (y el progresismo chileno) fue por sobre todo política, no comunicacional y desde ese punto debiera iniciar la discusión, sin rehuir y negar la profundidad de la derrota.

Quizá lo que se presenta en esta columna pueda sonar como un simple matiz dentro del gran consenso que significa asumir el uso sistemático de fake news como dañino a la hora de sostener debates mínimamente racionales. La izquierda por cierto que debe enfrentarse y no minimizar las consecuencias de la desinformación como arma política, asumiéndola como una herramienta que no tiene cabida en democracia ya que desquicia cualquier discusión política. No obstante, responsabilizar a las fake news (y a las redes sociales) mantiene a la izquierda en el terreno de la autocomplacencia, puesto que bajo esta premisa es el adversario el único responsable del retroceso de la propia izquierda. Por el contrario, asumir la derrota política abre la posibilidad de repensar como construimos proyectos populares capaces de articular a las fuerzas sociales necesarias para profundizar en aquellas transformaciones que quedaron truncadas en el ocaso del ciclo progresista latinoamericano. Es en la medida que la izquierda reconstruye un proyecto popular, transformador y democrático que la naturaleza irracional de las fake news queda al descubierto a los ojos de la sociedad y la desinformación como herramienta política deja de serle útil a una derecha que rehúye del debate entre proyectos políticos alternativos.


Cientista político