La palabra feminismo señala el recorrido histórico de un proceso social emancipatorio, una posición política crítica a las formas como se han construido las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, una resistencia a la organización de los funcionamientos, los valores y las asignaciones de género en las sociedades de dominación masculina. Donde hubo alguna mujer en la historia que se levantó de su situación minoritaria: silenciada reprimida, suprimida de los campos del saber y del poder, se puso el pie en un territorio inaugural, se plantó una huella feminista que interrumpió el orden masculino. Se ingresó a un territorio antes vedado que hoy leemos como inicio de un camino de libertad para otras. Se interrumpió el orden social y cultural masculino con un nuevo deseo, un nuevo poder, un nuevo cuerpo.

En ese legado construido en gestos de rebeldía y libertad se escribe el camino de un pensamiento político, social y cultural que ha legitimado su lugar como un campo de saber/poder. Ha producido tradición política de pensamiento y de organización colectiva de mujeres. Ha constituido una historia, un corpus teórico, donde se reconocen nombres locales y globales de luchadoras, activistas, y pensadoras, que es necesario leer para conocer el saber de su desarrollo, sus formas y tiempos de emergencias en los distintos contextos históricos.

Deseo de emancipación y de libertad, incomodidad con las formas del poder, búsqueda de justicia social permiten el reconocimiento de mujeres que en su diferencia con otras y entre ellas –étnica, sexual, cultural económica–, han escrito la historia de una posición política que siempre estuvo del lado de la insatisfacción y la incomodidad frente al orden patriarcal y al capitalismo.

A las mujeres feministas nos une una tradición de acción política y de pensamiento teórico frente a un sistema económico y político que expropia cuerpo y palabra, que ha dejado a las mujeres en condiciones minoritarias frente al sujeto masculino. Basta revisar la historia y comprobar desde cuándo las mujeres tienen derecho a la educación, desde cuándo administran su patrimonio, desde cuándo tienen derecho a cuestiones mínimas, como viajar con sus hijos. Bastaría pensar y comprobar las diferencias de salarios y la imposibilidad de decidir sobre cuestiones fundamentales relativas a su vida íntima ­–como el deseo de tener o no tener hijos sin recibir un estigma de los guardianes de la moral– para asumir que la ciudadanía de las mujeres es inferior a la de los hombres.

El feminismo es anticapitalista y crítico de las instituciones de dominio masculino: el Estado neoliberal, las iglesias, los ejércitos, los totalitarismos. Es partidario del aborto libre y seguro en sociedades que organizan su poder de género en la propiedad del cuerpo de las mujeres, que las han castigado sin salud y con penas de cárcel cuando han ejercido este derecho y porque la violencia de género ha sido naturalizada en la cultura masculina. El feminismo no es anárquico ni violentista. Su acción busca ser transformadora. El feminismo está pasando siempre, pero en ciertos momentos históricos emerge con fuerza y visibilidad, para instalar y legitimar demandas inscritas en realidades especificas. En Chile se puede distinguir: el fuerte movimiento sufragista de principios de siglo XX, para exigir ciudadanía plena; el movimiento feminista de los años 70, organizado contra la dictadura con la demanda de “democracia en el país y en la casa”, y su incorporación de la vida privada a la política; y la actual re-emergencia del feminismo en mujeres jóvenes, exigiendo el fin de la violencia y abusos sexuales con que la naturalización del poder masculino sobre el cuerpo de las mujeres ha construido una histórica impunidad.

Por estas razones resulta inconsistente la apropiación del signo feminismo que hoy hace la derecha chilena como “un feminismo de lucha contra la injusticia”, sin enunciar la procedencia ni la historia de la injusticia, ni menos a qué injusticia se refiere. Sabemos que hoy hay muchos feminismo, que la diversidad de las mujeres desde sus posicionamientos resistentes al racismo, a la heterosexualidad impositiva desde las libertades corporales, desde los distintos modos de las luchas levantadas por su emancipación y libertades elaboran estrategias y modos de transformar sus existencias.

Pero también sabemos que la derecha chilena en su decirse feminista solo falsea su propia historia, sus puntos de vista conservadores en lugares comunes caricaturizando lo que verdaderamente ha sido el feminismo: “el feminismo radicalizado e individualista solo piensa en la mujer y no piensa en su entorno” (…) “Niega el carácter natural del sexo”, “destruye el matrimonio y la familia y transforma al hombre en su principal objetivo y adversario” ( diputada Ximena Ossandón, diario La Tercera). Estas afirmaciones que no surgen de ninguna autora ni posicionamiento feminista, ni responden a ningún fundamento feminista dan cuenta del deseo de apropiación y abuso de un signo político que esta llamada “ola feminista” ha puesto en escena como un empoderamiento de mujeres.

Del mismo modo que asistimos a la cínica celebración del triunfo del NO por la derecha, negando el carácter esencialmente antidemocrático de votar SI, y haber deseado prolongar la dictadura, olvidan su histórica resistencia al pensamiento emancipador del feminismo, al hacer una apropiación desvergonzada de un signo al que vacían de sus sentidos históricos.

La tradición de acción política y pensamiento feminista se ha vuelto plural y múltiple en las sociedades contemporáneas. Sus expresiones diversas en la actualidad continúan sus luchas haciéndose cargo de la necesidades sociales culturales y políticas de las mujeres heterosexuales lesbianas, transexuales, trabajadoras, migrantes y profesionales, para producir sociedades más integradas y solidarias.

El mentirse feminista de la derecha chilena está apegado a los lugares comunes de su histórico conservadurismo en materias de género. El feminismo que levanta no es sino una máscara política oportunista en un momento en que el feminismo ha vuelto a emerger, para visibilizar esta vez los efectos del capitalismo salvaje y sus alianzas productoras de desigualdades, xenofobias, racismos y sexismos restauradores de la dominación masculina.

 


Crítica cultural