En 1996, el escritor chileno Pedro Lemebel publicó su segundo libro de crónicas, titulado “Loco afán: crónicas de sidario” (LOM Ediciones). En sus páginas, además de relatar las historias de travestis amigos, sus amores y la compleja experiencia del sida, el escritor aprovecha de describir un cancionero que marcó su vida y generación, donde destacan artistas como Joan Manuel Serrat, Raphael y Cecilia, la incomparable.

Amante declarado del bolero, Lemebel supo integrar a sus crónicas y también a sus dos novelas las estrofas de las canciones que marcaron su corazón. Por ello, el autor de “Tengo miedo torero” también dedicó un texto a Lucho Gatica, el recientemente fallecido cantante, considerado “el rey del bolero”.

Con título “Lucho Gatica (el terciopelo ajado del bolero)”, la crónica comienza describiendo que “alguna vez le gritaron «canta como hombre», y Lucho tuvo que tornarse un Aliviol para pasar el mal rato. Y aunque trataba de enronquecer la felpa de su garganta, el «Quizás sería mejor que no volvieras» igual le salía amariconado, aunque intentaba ensuciar el raso opaco de su laringe, el «Quizás sería mejor que me olvidaras» provocaba molestias entre los machos tangómanos, que por esos años, imponían el acento marcial del ritmo porteño”.

“Y era que el Lucho o Pitico, como le decían, era demasiado romántico y su corazón se había inclinado por el bolero, que contrastaba con el tan tan de la virilidad argentina”, describe Lemebel.

En su crónica, el reconocido escritor señaló que el artista “era un bálsamo terso para suavizar las desgracias y el hambre de sus admiradoras populares, que encontraban en la concha acústica de su canto una razón para vivir. Por eso compraban los discos y las revistas Ecran y Mi Vida donde aparecían noticias suyas. Juntaban tapitas de Papaya Brodways o envolturas de cigarrillos Ideal para canjear su foto. Pero en realidad, Lucho nunca fue imagen, porque era un chileno de pelo liso con cara escolar de escuela pública. Solamente su voz lo reconstruía para las mujeres y colizas que lo soñaban a media luz, en la penumbra de sus piezas de cité, en ese Santiago provinciano que dormía siesta con la radio prendida”.

Lemebel señala que Gatica ya arrasaba en los cincuenta en los shows de radio que estuvieron antes de los recitales televisivos: “El locutor, Ricardo García, calmaba a las fans, que se arremolinaban en el auditorio esperando la aparición de Lucho. Y entre el revoltijo de plisados y trajes sastre, más de alguna loca, parada al fondo de la platea de Radio Minería, se hacía la lesa apoyándose en algo duro que la mecía bolereada, «Como si fuera esta noche la última vez». Y en verdad ésa era una última vez, porque Lucho se fue susurrando esas frases cargadas de pasión. Se marchó de Chile a México para no regresar. Allá se radicó y contrajo matrimonio con Mapita Cortez, una belleza de ojos tapatíos que le dio varios hijos. Así pudo contentar a muchos que en Chile aún dudaban de su sedosa masculinidad”.

La crónica también explica cómo fue que el cantante se quedó a vivir en México: “Decían que el Pitico estaba feliz en el país azteca, que tanto sabe de «esas cosas del corazón». Y fue México quien le abrió las puertas al mercado internacional. Se hizo tan famoso, que hasta la mirada turquesa de Ava Gardner pidió silencio al público, porque quería escuchar al señor Gatica, en un lujoso club de Acapulco, donde las stars de Hollywood iban a dorar sus esplendores”.

“Por años representó a Chile con su plática silabeante. Era un embajador que hizo creer a todo el mundo que los chilenos hablamos así. Y no estaban muy equivocados al pensar que acá se hablaba en esa media voz, en ese tonito apequenado por la timidez, que algunos le atribuyen al bastión cordillerano”, escribió.

En el texto, Lemebel también describe cómo Gatica fue perdiendo relevancia en una escena musical que cambió los discos por la tecnología electrónica: “Su melódica queja sucumbió con el alto voltaje, que por contraste, apagó el susurro de Lucho. Al parecer, el canto se estranguló a sí mismo, y mientras más intentaba sacar el sonido, las cuerdas vocales se negaban a vibrar con el pétalo dulce que carraspeaba «Tanto tiempo disfrutamos nuestro amor», y sólo le salía un ahogado ronquido que se apagó definitivamente junto a la nostalgia”.

“Cuando llegaron a Chile las películas del director español Pedro Almodóvar, que sacudieron el ambiente con su filmografía homosexual, la voz de Lucho venía coloreando las violentas escenas sexuales de La ley del deseo. El bolero «Lo dudo» ponía punto final al feroz coito efectuado por un director de cine y un chico que lo amaba, y «Le hizo comprender todo el bien y todo el mal»”, señaló el escritor.

“Algo de este cine sucio emparenta el deseo suplicante de Lucho por hacerse oír, cuando el remake lo retorna amplificado en la banda de sonido. Un maquillaje para la cuerda floja de su voz, como alarido náufrago que rebota en el pasado, llamándolo: «Pero no tardes Lucho, por favor, que la vida es de minutos nada más, y la esperanza de los dos es la sinceridad…»”, cerró.