¡Dios mío: un ser humano!

Desde las 22 hrs. del sábado 10 de noviembre fueron centenares de personas las que acudieron a despedirse del cuerpo de Cecilia Margarita Muñoz Zúñiga en el Centro Cultural Manuel Rojas, donde fue velada de acuerdo a su voluntad. Así, fue una multitud la que afuera de dicha casa se reunió para, cerca de las 3 de la tarde del domingo 11, ver salir su féretro y brindarle una emocionada ovación. Todo el vecindario, el Barrio Yungay, estaba conmocionado por el ilustre deceso. Desfilaron personajes como el poeta Mauricio Redolés; la actriz Claudia Pérez y su esposo el actor Rodrigo Muñoz; conocidos defensores de los derechos humanos, como “el Dago”, hijo de Lumi Videla, y hasta el diputado Gabriel Boric (y sabemos que Cecilia los aplaudió sonrojada pero feliz y agradecida). La cantante de tangos Kathy Campos entonó algunas melodías junto a David Santis en el bandoneón, y más tarde el hermano de éste, el recordado “Papito” del ex Pedagógico, hizo lo propio con la guitarra. La popular Fuente Mardoqueo auspició con sándwiches y café para los numerosos amigos y familiares que se multiplicaron dando cuenta de lo amplio del círculo de cariño que Cecilia tejió alrededor suyo.

Al pensar en escribir estas palabras, lo primero que vino a mi cabeza fue el poema de César Vallejo “Los nueve monstruos”, que comienza diciendo “Y, desgraciadamente, / el dolor crece en el mundo a cada rato”, por el inmenso dolor que nos deja la partida de Cecilia.

Pero además y sobre todo, vino a mi cabeza ese poema porque termina con un magistral “¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,/ hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Y Cecilia tenía muy claro eso. No le alcanzaban las horas del día para hacer todo lo que se proponía. Arreglar el mundo, entre otras cosas. Solía decir: “Debo anotar esto en mi lista de las próximas 487 cosas que tengo que hacer”.

©Pepe Osorio

Como dije ya en el cementerio, Cecilia cargó la mochila de mantener vivo como un fuego sagrado del valor de la palabra. Que decir amor, decir libertad, decir familia, tuvieran sentido en el mundo del sin sentido, de la posverdad, donde Falabella habla mirándote a los ojos y Santa Isabel te conoce. Hacer que el sentido emanara de los hechos, no quedarse en las palabras. Demostrar con hechos concretos qué es eso de amar al prójimo, demostrar con tu propio ejemplo que es posible vivir la libertad más allá de las ideologías o de las convenciones culturales o de las morales dogmáticas, hacer que la familia sea la especie humana y no un accidente biográfico.

Pero me quedo corto. Porque si desde sus relaciones más directas Cecilia hacía que tuvieran valor y sentido esas palabras, amor, libertad, familia; también en su desempeño profesional y extraprofesional, en sus relaciones sociales y en múltiples espacios de convivencia, hacía que muchas otras palabras cobraran sentido y valor: patrimonio, barrio, vecindad, educación, comprensión, ética, arte, belleza, salud, ecología, solidaridad, justicia, memoria, feminismo, política, amistad. Todas palabras manoseadas a las que Cecilia les restituía su entereza, su dignidad. Cecilia hacía incluso que decir fiesta tuviera un sentido más que real.

Por eso esta antropóloga rancagüina pasó dejando una imborrable huella por donde anduvo, desde niña: los scouts, el Liceo 7 y la Universidad, así, sin identificación de una específica casa de estudios, porque Cecilia estudiaba en la universidad de la vida, convirtiendo en una sola las distintas universidades que la tuvieron como compañera de pregrado, de magíster y de doctorado. Me atrevería a decir que en algún momento la conocían todos los universitarios de Chile, sin necesidad de que hubiera pasado más que por un diplomado, dictado una clase como profe, o asistido a una conferencia como oyente. Así de potente era su campo energético, su irradiación.

De la misma manera, la escena con que inicié este texto afuera del Centro Cultural Manuel Rojas, es un testimonio más de la inmensa cantidad de gente que tuvo el privilegio de conocerla gracias a su incansable labor desde la Junta de Vecinos del Barrio Yungay. En la casa del mentado centro cultural, calle García Reyes 243, Cecilia tuvo su oficina durante los años 2007 y 2010, y nunca más se fue del barrio. Desde entonces fue uno de nuestros mejores cuadros profesionales, comprometida con las causas justas, compartiendo su pasión tan política como estética, social y cultural.

Cecilia era una mujer apasionada por todo cuanto hacía. Se diría que “se quería comer el mundo”, destilaba pasión, contagiaba energía y determinación. Una mujer incansable en todo terreno, como madre, como trabajadora, como compañera, como estudiante y educadora, que son la misma cuestión para alguien que ama de esa manera el conocimiento, como un océano en el que navegar. Amaba intensamente la vida y al mundo y al ser humano. Cecilia estudió y viajó hasta sus últimas horas, porque viajar era su forma de estudiar y conocer y de amar al mundo y al ser humano. De nuevo es inevitable la sensación de que faltan palabras para los multifacéticos espacios en que Cecilia anduvo revolviendo las cajoneras. Alguien también en el cementerio lo dijo así: le quedaba chico Chile.

Hay una categoría o forma de referirse a algunas mujeres como Cecilia, que se ha puesto de moda: mamá luchona. No me gusta esa categoría, no me gusta su nomenclatura. Pero entiendo a qué se refiere y efectivamente, creo que Cecilia pertenece a ese tipo de mujeres que en este país de huachos, de abusivos y de abusadores, han sacado la cara y el pecho por lo que llaman patria. Ellas, las Cecilias, son las que este país lleno de injusticias, mezquindades y maldad no merece. Su patria como ya dijimos era el mundo, su familia el ser humano. Pero qué garras. Qué fiereza irreductible a la hora de defender, de no rendirse, de dar pelea.

Nos queda Cecilia querida, la tarea de seguir adelante con tu ejemplo, hacerte vivir en cada abrazo que damos, dándolo sinceramente, con el pecho abierto y los brazos fuertes y estirados. Nos queda seguir luchando por las causas justas, seguir cuidando el fuego sagrado. En un mundo en el que crece el dolor a cada rato, combatirlo transpirando amor. Política, ecológica, estética, social y culturalmente.

El estacionador de autos del cementerio, al ver llegar a la multitud que acudimos, preguntó discretamente si se trataba de alguien famoso, o de alguna artista. La respuesta fue afirmativa, y no mentimos. Vuela alto Cecilia Muñoz Zúñiga. Nos vemos en el próximo capítulo.

©Pepe Osorio


Rodrigo Hidalgo