En algún momento todas y todos hemos recibido visitas en nuestras casas e incluso hemos abierto las puertas para ayudar a familiares o amistades que necesitan un lugar donde vivir mientras se estabilizan. Así, las visitas conviven con la familia que los acoge, respetando sus costumbres, formas de vivir y aportando en las tareas domésticas.

Este fue el compromiso de la fundición de ENAMI y las primeras termoeléctricas de Chilectra y Puerto Ventanas en las comunas de Puchuncaví y Quintero: serían vecinos comprometidos con el territorio que aceptaba su llegada. Los primeros años efectivamente fueron beneficiosos para los dueños de casa, pues accedieron a empleos formales que les aseguraban su seguridad social y la de sus familiares.

Con el tiempo las visitas comenzaron a sentirse parte de la casa, comenzaron a hacer fiestas, a invitar a amigos, ya no lavaban los platos ni sacaban la basura, a pesar de esto, los dueños de casa no querían ser descorteses con las visitas – que por lo demás, habían comenzado a aportar con algo de dinero al hogar – por lo que se las arreglaban para limpiarles sus suciedades. Muy pronto, las visitas invitaron a vivir a la misma casa a más conocidos, la calidad de vida empeoraba y empeoraba, pero igual de alguna forma se las arreglaban, sabemos que en ambientes acogedores donde caben 2 caben 3, aunque pronto fueron casi 20.

Prácticamente se apoderaron del lugar, obligaban a los dueños de casa a trabajar día y noche y a limpiarles todo, incluso los insultaban, a cambio claro, de pagar la mercadería y darles grandes regalos navideños a sus hijos e hijas.

Se naturalizó una lógica de explotación y dependencia que ha sido difícil de denunciar, como toda relación tóxica. El abuso de poder de parte de las empresas ha provocado que a las y los habitantes del pueblo se les agote la esperanza de vivir una vida tranquila como la de antes.

Cuando dejaron de crecer las legumbres en una tierra conocida por su fertilidad (que además se preparaba para iniciar exportaciones de lentejas), cuando comenzaron a desaparecer moluscos y peces de las caletas de los pescadores, cuando las muertes de animales por intoxicación se naturalizó y las hermosas playas se llenaron de carbón y otros metales, la gente entendió que su forma de vivir y su pequeño paraíso estaban siendo sacrificados, entendieron que el futuro que ellos esperaban para sus descendientes no sería igual a como ellos recordaban su infancia.

Secuestrados en su propia casa, obligados a abandonar su identidad agrícola y pesquera, y sus respectivas fuentes de trabajo a cambio de algunos cupos de empleo en las industrias, las y los habitantes de Puchuncaví y Quintero sufrieron y siguen sufriendo no solo el deterioro de su salud, sino también el choque cultural de abandonar oficios y tradiciones familiares por la imposición de una nueva actividad económica en sus territorios. A esto se suma lo macabro que ha sido en la conciencia colectiva, el pasar de ser trabajadores autónomos, sin patrones, a encontrarse como un empleado más en el proceso de explotación de capitales que son ajenos a sus intereses.

La crisis de la que hablamos en la zona de sacrificio de Puchuncaví y Quintero no es una crisis ambiental y no comenzó ahora. Es una crisis económica, pues no es el medio ambiente el que ha fallado sino la forma indolente con la que este sistema económico prioriza los mercados, los intereses foráneos y la acumulación por sobre el bienestar humano y territorial.

Por lo demás, si a lo largo de estas décadas de conflicto, los gerentes del cordón industrial hubiesen aprendido algo de ética empresarial, compromiso con las localidades, o respeto por la salud de niños, niñas o embarazadas, habrían congelado por voluntad propia las faenas ante los primeros caídos por intoxicaciones en Agosto pasado, sin embargo, ya van casi 2000 personas dañadas y continúan funcionando al filo de lo que la paupérrima ley les exige.

Desde hace décadas, las comunidades se han tenido que conformar con recibir las “colaboraciones” silenciadoras y los misericordiosos fondos de “Responsabilidad Social Empresarial” que estas grandes industrias están obligadas a lanzar, para rellenar sus informes y reforzar su slogan de “buen vecino”. Año a año las juntas de vecinos, los clubes deportivos, los clubes de adultos mayores, y otros, compiten por sumas de dinero que les permiten realizar pequeños proyectos para su comunidad. Solo algunos pocos han desconfiado de estos dineros, augurando que recibirlos los presionaría a callar ante la evidente contaminación y otras atrocidades que pudieran cometer. Es por esto que hoy, cuando el conflicto estalla, son pocas las voces que se alzan sin miedo y sin ambigüedades, la mayoría mantiene algún conflicto de interés con las industrias, lo que tristemente frena las legítimas demandas por un buen vivir.

Así, las empresas pasaron de ser simples visitas a ser verdaderos sicarios de la comunidad bajo el amparo de un sistema económico y político que considera normal que la producción industrial no se detenga, ni siquiera, ante el riesgo de muerte. Con estos antecedentes, ya no sorprendería enterarnos que aquel que fue una visita ilustre, hoy sea capaz de asesinar a sangre fría a un miembro del hogar con tal de dejar claro que no están dispuestos a ceder en esta crisis.

Sabemos que esta historia es parte de un relato común, no somos los únicos en Chile entregados al sacrificio. Por eso hoy hacemos un llamado a todas las zonas vulneradas a que se levanten y ejerzan soberanía en sus territorios. Así también, exigimos que el Estado nos escuche: no sirve que nos insten a participar de un reciclado Plan de Descontaminación Atmosférica para la zona -que por lo demás oculta de manera grosera la existencia de contaminación en el suelo, en las aguas y en el mar- y no tengamos asegurada una participación vinculante en el proceso. Los territorios en sacrificio exigimos dignidad y no permitiremos que nuevamente nos ignoren.


Desbordada - Cooperativa de Economía Feminista