Tener una caja de fotos viejas en las que podamos sumergirnos a recordar es un lujo escaso hoy en día. La digitalización de la fotografía y las redes sociales nos ponen los recuerdos en nuestro cotidiano sin que ni siquiera los tengamos que buscar. Vivimos de acuerdo con una imposición a no olvidar, a recordar cada segundo que el tiempo pasa. Sin embargo, ¿es lo mismo no olvidar que recordar?

En sentido estricto, el recuerdo implica el olvido y, en particular, la diferencia temporal (el tiempo diferido) entre un suceso y su recuperación por la memoria. Los niños lo muestran de la manera más flagrante, cuando recuerdan episodios que nosotros creíamos habían olvidado y, a veces, lo hacen de manera extemporánea (“¿Te acuerdas cuando fuimos a la playa?” dice, por ejemplo, un niño mientras camina por el mercado en agosto y nada permite prever que ese recuerdo podría llegar). La memoria es una función infantil, como también lo demostró Marcel Proust en el célebre episodio inicial de En busca del tiempo perdido cuando al mojar una magdalena en el té viaja a sus años mozos junto a su abuela en Combray. La memoria no es voluntaria ni racional, quizá sea la función psíquica que mejor nos ancla en el tiempo fundacional de la infancia, lleno de sensaciones y emoción.

“Hoy tienes recuerdos que rememorar”, dicen las redes sociales, que confunden el viaje al pasado del recuerdo con el presente continuo de la vida cotidiana de nuestra época, en la que nada puede perderse (en la que no hay tiempo diferido) y todo ocurre en tiempo real. Y ahí aparecen los recuerdos de los hijos e hijas que hoy van al colegio, leen y escriben, que ya no nos necesitan constantemente, que prefieren sus amigos o su teléfono a pasar el tiempo con nosotros y, en las imágenes de la pantalla, los registros de su aprender a caminar, de su primera comida, de esa siesta de domingo que dormimos abrazados. Parece que fue ayer, pero es hoy, y el pensamiento es inevitable “¡Qué rápido pasa el tiempo!”. Ayer nomás nuestros hijos eran esos pequeños que llegaron a importunar nuestra vida; entonces, surgen los comentarios en la foto que muestra la red social: “¡Qué pena que crezcan! ¿Por qué no se quedan así?”. Incluso puede ser que pensemos que, para nosotros, siempre serán esos bebés que tuvimos en brazos.

Es el pesar por el crecimiento de los hijos. ¿Por qué razones será que los padres, en algunas ocasiones, vivimos con miedo y pesar el crecimiento de los hijos? Por cierto, nuestros hijos fueron el principal motor para nuestro crecimiento. Esta es una buena idea: ¿para qué sirve un hijo? Para crecer. Porque nadie está preparado para ser madre o padre antes del nacimiento de un hijo. A la inmadurez con que nace un niño, para el cual es fundamental ser cuidado por otro, se añade algo que no se debe olvidar: también es inmaduro el ser que lo recibe. Los padres no sabemos cómo ser padres, eso es algo que nos enseñan nuestros hijos. Por lo tanto, insiste la pregunta: ¿por qué nos da miedo que los hijos crezcan? Incluso cuando también sabemos, como dice la canción de Gustavo Cerati, que “poder decir ‘Adiós’, es crecer”.

A veces el temor a que el niño crezca es el miedo a encontrarnos sin los recursos para accionar “adecuadamente” ante lo que sigue. En este punto, cabe hacer una doble diferenciación: por un lado, como padres siempre tenemos un horizonte con una imagen de niño que oficia de límite para el crecimiento de un hijo. Esto es algo que se nota especialmente en momentos de crisis, cuando el niño rompe con esa imagen ideal y surge la angustia en los padres. En particular, esto se nota en la pre-pubertad, cuando el niño comienza a anticiparse a juventud y, quizá, lo padres aún lo ven como un niño tierno. Por otro lado, también cabe tener presente que, en términos generales, no hay manera de filiar a un niño (es decir, darle lugar de hijo) si no es a través de la fantasía de que algo pueda ocurrirle; esta fantasía, que pone en juego la posibilidad de perderlo, es particular notoria en los primeros meses después del nacimiento cuando, eventualmente, una madre tiene temor de quedarse sola con el niño, o bien cuando el padre por la noche se acerca a la cama para sentir si respira. Son hecho normales, no deben patologizados, que evidencian como el lugar de hijo se construye simbólicamente.

Ahora bien, el miedo a no saber cuidarlos, a que les pase algo, a darles demasiada o muy poca libertad, a “echarlos a perder”, o bien, a que nos pasen la cuenta por nuestros errores, son motivos fundamentales que agregan matices suplementarios. Lo que ocurre muy a menudo es que frente a aquella expectativa por lo que ocurrirá más adelante, los padres, inconscientemente, dejan de facilitar las condiciones para el crecimiento de su hijo. Dicho de otra manera, el miedo inconsciente a no ser capaces como padres, puede terminar poniendo en jaque las capacidades del niño en la medida en que no se le facilitan las condiciones para su búsqueda por desenvolverse en nuevos entornos, de forma cada vez más independiente.

Por ejemplo, preferimos hacer las cosas por ellos para que no se manchen, para que sea más rápido, porque “no está listo aún”. Que no se vaya lejos (“¡Donde mis ojos te vean!”). Una madre señalaba “desde que va al jardín, habla con palabras que yo no le he enseñado”. ¿A qué nos enfrentan estas escenas?

En su libro Madres, un ensayo sobre el amor y la crueldad, Jacqueline Rose escribe que Madre es aquel lugar en el que se han depositado todas las culpas, porque cuando eres responsable de un hijo (los padres también) ­­­–y al ser los padres “humanos” (¡qué novedad! ¡qué alivio!) con defectos y necesidades–, es inevitable equivocarse.  Esta inevitabilidad del fracaso es tanto una crisis para la parentalidad contemporánea, como un nudo psíquico en el corazón de la vida: no podemos atravesarlo, sólo imaginando el problema con algo de simpatía, podremos vivir con él.

No podemos corregir el mundo para que nuestros hijos no sufran al internarse en él, pero sí podemos acompañar a nuestros hijos para que, de alguna manera, quieran ser parte de este mundo. Parte de ese acompañamiento pasa por no angustiarse frente a sus decepciones, ¡incluso si se decepcionan de nosotros!

Otro miedo común de los padres es a quedarse solos si el niño crece, o la vivencia de vacío ante la autonomía del hijo. Una madre señalaba en cierta ocasión que cuando dejó de amamantar al hijo mayor, no sabía qué hacer con su tiempo, por lo que quería extender lo más posible la lactancia de su hija menor. Si bien, para todo padre un hijo es, de alguna manera, un proyecto de vida, las mujeres de los sectores más vulnerados (pero también para los sectores aristocráticos) que han visto sus proyectos vitales reducidos en sus posibilidades por las inequidades propias del sistema de género, social y político –sumado a la soledad en que se vive el tiempo de la crianza hoy–, muchas veces hacen de sus hijos el eje central de su identidad. Cuando para una persona, el ser madre o padre se convierte en el único lugar susceptible de un cierto reconocimiento social, la separación que supone el crecimiento de un niño puede resultar angustiosa y puede ser vivida como una pérdida irremediable. Esto marca también el proceso de crecimiento de esos niños.

De un modo u otro, lo cierto es que nos cuesta que los niños crezcan. Y, por cierto, cuando un niño atraviesa un conflicto, lo principal que debemos preguntarnos es si cuenta con los recursos para atravesarlo, es decir, si está creciendo. Porque eso es lo que permite diferencia entre una enfermedad y un simple momento de crisis evolutiva. El niño que crece, entonces, angustia a los padres. La cuestión es qué hacemos los padres con la angustia que nos produce el crecimiento de nuestros hijos, a sabiendas de que por motivos personales (e inconscientes) no toleramos del todo ese crecimiento. Quizá otra explicación para esto sea advertir que suponemos el crecimiento como una separación. Incluso a veces se plantea de ese modo, cuando se cree que un niño para diferenciarse de sus padres necesita separarse de ellos. Por ejemplo, a veces se dice que luego de la experiencia de amamantamiento, el niño debe hacer un corte en la relación con la madre. Sin embargo, esta relación es absoluta, jamás habrá forma de separarse de la madre cuando ésta haya sido interiorizada. En todo caso, la experiencia del destete supone que esa célula elemental que componen madre e hijo, esa interioridad perfecta, permita encontrar un afuera. Este este un descubrimiento fundamental del psicoanálisis: que el afuera no es lo opuesto del adentro, sino que sólo hay exterior una vez que se produjo una interiorización suficiente. Expliquémoslo mejor: ¿no han notado cómo una madre que amamanta, sin que ningún signo exterior lo indique, puede “presentir” que su hijo en cualquier momento se despertará y querrá comer? Y, minutos después, ¡sucede! No es magia ni telepatía, o quizá sea lo mágico de la relación de complicidad entre madre e hijo, que a veces se parece a la telepatía, a comunicación directa entre pensamientos que, con el tiempo, lleva a la creencia infantil de que los padres lo saben todo. Esa complicidad, se ha conseguido (y esperable que ocurra), será el trasfondo sobre el cual la vida social vendrá a desarrollarse como su suelo más firme.

Por eso, de regreso al comienzo, frente a un mundo que cada vez más nos ofrece la posibilidad de que nada se pierda, de vivir en un presente continuo, hay que apostar al olvido, a que el tiempo produzca sus efectos, porque –como dice la canción de ese niño grande especialista en psicoanálisis que es Jorge Drexler– “uno sólo conserva lo que no amarra”. Lo que fue interiorizado, se lleva en el corazón y no puede perderse. Es lo que demuestra también la sabiduría el idioma francés, según el cual la memoria implica hacer pasar las cosas por el corazón. No hay que tener miedo de que los hijos crezcan, porque cuando hay crecimiento “nada se pierde, todo se transforma”.


Luciano Lutereau es Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Psicología por la UBA y Trinidad Avaria es Directora Ejecutiva Casa del Encuentro FSA. Psicóloga UC. Magister Psicología Clínica U. de Chile. Docente UAH.