Me carga Claire Underwood.

Perdón, perdón. Olvido que no todos estamos embobados con series de Netflix, que combinan historias conmovedoras e inteligentes, como las imperdibles River o Wallander, con historias épicas como Vikingos o terror bien pensado como The Haunting of Hill House. Pues bien, antes de que me confundan con crítico de cine, debo decirles que Claire Underwood es la presidenta de Estados Unidos en la última temporada de The House of Cards.

Digo que ella me carga como personaje: es fría como el hielo, inexpresiva y revela esa incapacidad de sentir empatía que siempre me ha puesto los pelos de punta. No me gusta, adelanto a las combativas feministas, no porque sea mujer, sino porque es un personaje que no parece femenino en absoluto. Su sicología es profundamente masculina y su conducta parecería sugerir la existencia de demasiada testosterona en su organismo. No creo que sea una buena representante de la femineidad, como no lo fue Thatcher. No digo que una mujer no pueda hablar golpeado y tener un carácter firme y decidido; pero este personaje es despiadado, asesino y psicópata. Y eso no es muy femenino.

Si no me cree, quizás deba considerar un estudio mundial sobre el homicidio, elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), del año 2014, que mostraba que el 95% de los homicidas a nivel mundial son hombres. ¿Se da cuenta de lo que dice este dato? Es casi como decir que prácticamente el homicidio es una actividad exclusivamente masculina. Si usted tiene la mala suerte de morir asesinado, es altísimamente probable que su victimario tenga testículos, mucha testosterona, sea más bien joven y, como diría Morrissey, tenga su cabeza entre las piernas.

La guerra, y toda su estupidez, ha sido una actividad inmensamente masculina. No solo los hombres han sido lo suficientemente termocéfalos y sinápticamente quedos como para llevarla a cabo, sino para glorificarla y celebrar que hombres-niños hayan muerto horrorosamente y hayan regresado a sus casas mutilados por dentro y por fuera.

¿Cuántas guerras habríamos vivido si la decisión de librarlas hubiese estado en manos exclusivamente de mujeres? ¿Habrían acordado ellas enviar a sus hijos o a los hijos de otras mujeres a las trincheras, a despedazar y despedazarse? ¿O hubiesen buscado alternativas creativas para resolver las diferencias? Y, para empezar, ¿tendrían tantas diferencias sobre quién se queda con qué o habrían descubierto formas colaborativas de obtener todos algo bueno, aunque no sea todo? Tengo serias dudas acerca de si, ahorrativas y verdaderamente pragmáticas como son, habrían despilfarrado todo el dinero que los hombres hemos gastado en ejércitos y juguetitos de destrucción masiva. Es probable que ellas prefieran ver construidos hospitales, escuelas, librerías y viviendas a solazarse con la visión de nuevos submarinos de guerra o aviones de combate.

Sospecho que estando el destino de la humanidad en sus manos, quizás nunca hubiésemos tenido ejércitos y que, más probablemente, habríamos construido un mundo más amable y, precisamente, maternal para todos, incluidos los hombres. Los que han leído los preciosos libros del primatólogo Franz De Waal, sabrán que los machos bonobos lo pasan mucho mejor en su matriarcal sociedad que los chimpancés con su patriarcal organización social. El ego de Adán ni siquiera le permite intuir que quizás sería mucho más feliz si la jefa de todo esto fuera Eva.

Y, en fin, ahora vuelvo con Claire. Me cae mal, pero se reivindica de una sola vez: la escena en que muestra a una invitada su nuevo gabinete, integrado solo por mujeres, es sublime. Y me pregunto qué ocurriría si hacemos un pacto simple en Chile: voluntariamente, todos los hombres nos retiramos de los espacios de poder. Solo presidenta; solo ministras de la Corte Suprema; solo una contralora; solo alcadesas y concejalas; solo generalas y directoras de Carabineros; única y exclusivamente parlamentarias; solo directoras y jefas de servicios. Por 30 años. Recordemos que en Chile el poder político fue ejercido exclusivamente por hombres durante un siglo y medio de la República y que solo a mediados del siglo XX las mujeres pudieron votar. ¿Qué tan absurdo e injusto podría ser darles solo 30 años para ver qué hacen con Chile? Porque lo que los hombres hemos hecho con Chile es bien poco y llevamos a nuestros muertos, torturados y desaparecidos en la conciencia. ¿Qué tal un poco de discriminación al revés?

Yo digo que en general lo hombres somos más irreflexivos, más violentos y menos empáticos que las mujeres. Es decir, que en general estamos peor equipados que ellas para gobernar el mundo. Seguramente, este experimento nunca lo llevaremos a cabo, porque los hombres nunca admitiremos esto, aunque la evidencia esté frente a nuestras narices. Deberíamos conservar el derecho a opinar y la libertad de expresión, pero solo para dar ideas y consejos, porque cuando se trate de decidir, derecho a voto incluido, todo debería quedar en manos de ellas. 30 años no es nada y puede ser todo.

Solo cuando se habla de la estupidez y crueldad de la humanidad es que los hombres se ponen igualitarios, a pesar de que ahí sí que cabe la discriminación, porque la estupidez y la crueldad extrema es y ha sido obra de los hombres, no de la humanidad, no de la mitad de ella.

¿Por qué el mundo está tan mal? Con estudios en mano, podríamos decir con casi total certeza: ¡Es la testosterona, estúpido!

Yo voto por los estrógenos.


Abogado de la Universidad de Chile