Hay un sentimiento que las madres tienen socialmente prohibido: el arrepentimiento. Las mujeres están obligadas a ser felices con sus embarazos, partos y años de crianza, sin que se les permita enmendar ninguna de estas etapas ni expresar los sentimientos contradictorios que puede despertar un cambio radical como la maternidad.

Sin sentir el supuesto instinto natural que debería apoderarse de todas las mujeres algún día de su vida, muchas viven sus maternidades tapadas en tabúes y culpa, por miedo al juicio de una sociedad que utiliza los roles y las emociones para orientar a las mujeres hacia la maternidad casi por defecto. Pero lo cierto es que hay tantas formas de vivir la experiencia de tener hijos como madres en el mundo. En esta nota, El Desconcierto da voz a las mamás más invisibilizadas, a las menos orgullosas de serlo, a las que han desempeñado su rol de manera más conflictiva.

Paula* no lo podía creer aquella mañana cuando desde el computador de la oficina revisó los resultados de sus exámenes de sangre. Sabía que algo en su cuerpo estaba pasando, pero todavía se hacía la idea de lo que estaba por venir. Se levantó corriendo de la silla y fue a por las hojas que salían de la impresora. Las leía y releía para asimilar la idea: sería mamá.

Con 32 años, deseó y planificó su maternidad hasta que las cosas con su pareja empezaron a torcerse. Fue entonces cuando se planteó interrumpir la gestación porqué intuyó que le tocaría enfrentar sola la crianza de su bebé. Pero ya tenía 14 semanas de embarazo y no encontró, en los profesionales a quienes consultó, un apoyo en su postura. Tampoco tenía redes para practicarse un aborto de forma segura y acompañada de otras mujeres que ya pasaron por esto. “Lamentablemente, tuve que seguir y llevarlo a término”, dice.

A medida que crecía su guata empezó a sentirse incómoda con su nueva realidad: “Era como si no fuera yo la que estaba embarazada, no sentía esa conexión, ni esa dulce espera”, explica. Cuenta que se sentía “disociada y como avergonzada” y que su cerebro no estaba pensando en la gestación. Nunca se compró ropa maternal, no se sacaba fotos ni lucía su guata. Tampoco participó de ningún taller de preparación de parto. Simplemente, se dedicó a avanzar sin más en silencio, sin comentar sus sentires a nadie por miedo al juicio ajeno. “Siempre traté de convencerme de que tenía que querer a mi hija y que estaba mal sentir esas cosas, que tenía que ser la embarazada de portada”, confiesa Paula.

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El día que nació su hija, recuerda que se la puso en el pecho y no sintió ese “amor desbordante que comentan muchas mamás de felicidad extrema”. Ella la tomó y lo que le pasó por la cabeza fue que era “extremadamente” pequeña: “Le pregunté a la matrona si era normal que fuera tan chica y ella me respondió que eso no importaba y que disfrutara de mi guagua. Pero me preocupaba cómo iba a hacer con una guagua tan chica. La miraba completamente extrañada”.

Por mucho que intentaba enamorarse de la bebé, lo que sentía era “ternura por ese ser pequeño y extraño, tenía que protegerlo”. Cuidaba y estaba pendiente de la niña porque sentía que era su responsabilidad y obligación. Por lo mismo, decidió dejar de trabajar y pese a sus contradicciones, se dedicó a hacerse cargo de la pequeña.

Hoy su hija tiene seis años, los mismos que ella lleva sin trabajar y dedicada 24/7 a la pequeña: “Seis años sin hacer nada más que eso”, enfatiza. De su vida de antes de ser madre extraña trabajar, viajar, dormir, comer cualquier cosa y, por encima de todo, ser dueña de su vida y de su cuerpo. “Mi vida ahora gira en torno a ella: tengo que levantarme, tengo que cocinar, tengo que estar siempre bien –aunque me enferme o esté super cansada–, hay que negociar, explicarle, ceder y conceder… y estoy cansada de estar sólo haciendo esto”, detalla.

Paula no se identifica con los relatos de mujeres que dicen que ser madres ha sido su motor, su fuerza y motivación. “Siento que me limita en muchas cosas, que no soy libre. La vida de madre no me hace feliz, no me llena”, afirma sin tapujos. Su mayor contradicción es que ama a su hija y la adora –dice–, pero vive en “una dualidad eterna” desde el día que la gestó hasta hoy: “Siento que es mi responsabilidad, pero por otro lado quiero irme, entregársela al papá y hacer mi vida”, admite. Sus dudas han llegado a inundarla tanto que incluso pidió consejo a diversos grupos sobre maternidad: “Muchas me dijeron que no la puedo abandonar porque eso no se hace, pero otras me comentaron que si yo no estoy bien y ella tampoco, quizás la podría entregar durante un tiempo. Pero mi hija no es un juguete que pueda entregar por un año y luego querer de vuelta. No podría ser feliz si sé que ella lo pasa mal por mi culpa, porque a pesar de todo soy su mamá y ella me ama… ¿cómo dejarla luego de haberla criado con tanto apego?”, pregunta al aire.

Hoy vive muchos de sus sentimientos en silencio, tapando el tabú que para ella esconde la maternidad. “Prefiero no contar mi experiencia porque no lo van a entender. Me van a preguntar ‘¿por qué tuviste hijos, entonces?’ Cuando una insinúa que se arrepiente de haber sido madre, la gente juzga y dice que es mala mamá”, opina. Y añade: “Transito entre la culpa, el deber ser, el amor que siento por ella y la necesidad de protegerla. Es una vorágine de emociones en las que me muevo desde que nació”, subraya.

Con 38 años, Paula se siente, en cierta forma, frustrada. “Siento que fracasé, que tenía un plan de vida trazado que no tenía nada que ver con el que tengo ahora. No lo logré porque en algún minuto de mi vida decidí tomar otro camino que no era el que yo quería en realidad. Me deprime no haber concretado mis planes. Siempre he sentido que nunca debería haber sido mamá, no me nace natural, como a otras mujeres, no va conmigo”, asevera.

De a poco, Paula ha logrado sacar estas emociones afuera y compartirlas en sus redes de confianza, donde ha encontrado a otras mamás que les pasa lo mismo. Eso le permite dejar atrás la culpabilidad y aceptar que no todas las mujeres viven su maternidad de la misma forma. Se entusiasma pensando que el próximo año retomará su vida laboral como profesora, lo que le permitirá ahorrar y planear viajes y paseos. A partir de ahora, junto a su hija.

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“Tenía la culpa de pensar que mi vida sería mucho mejor sin él”

Rosario Sánchez tenía 24 años cuando quedó embarazada. Aunque no fue planificado, ya estaba terminando sus estudios de Psicología en la universidad y su pareja tenía trabajo, así que decidieron tenerlo. Sin embargo, el proceso no estuvo libre de estrés porque mientras gestaba, Rosario sufría la violencia de su compañero.

El parto transcurrió sin mayores complicaciones y, pese a la violencia obstétrica, su hijo nació sano. Los problemas comenzaron un año después, cuando Rosario comenzó a sentir que el haberlo tenido la limitaba en exceso: “Entré a trabajar y todo el tiempo que tenía libre de trabajo lo pasaba con mi hijo, entonces no tenía vida social. Eso contribuyó a que la situación de violencia de parte de mi pareja se acrecentara porque tenía todo el control sobre mí: yo estaba todo el tiempo en la casa con el niño mientras trabajaba. No tenía espacio propio para poder hacer mis cosas, ni estar con mis amigas”, cuenta.

La joven psicóloga se decidió a tener un proceso de crianza respetuosa: cargaba a su hijo durante horas, hizo colecho (la práctica de dormir junto al bebé) y le dio teta a libre demanda hasta los dos años y medio. Pero dicho proyecto parecía incompatible con la idea de ser exitosa laboralmente y a la vez ser socialmente activa.

“Por tratar de hacerlas todas, lo que pasó fue que mi relación empeoró y me quedé sin vida social”, reconoce. Todo cambió cuando destetó a su hijo y se separó: comenzó a sentirse libre y a disfrutar de tener tiempo para ella. Un día, el padre del bebé se lo llevó el fin de semana entero y después de dos años desde el nacimiento, Rosario pudo volver a dormir más de cuatro horas seguidas por una noche.

Más tarde descubrió que su hijo tenía autismo, lo que demandaba mayor atención y estimulación de su parte. En medio del agobio, empezó a sentir más fuerte un arrepentimiento que la mayoría de las mujeres no confiesa por temor a las críticas y al estigma de “la mala madre”.

“Yo supe cómo era la maternidad, estuve cerca de muchas mujeres que la vivieron, pero nunca pensé que llegara a ser tanta la carga psicológica y emocional”, relata. Ahora, ya separada, cuenta con dos fines de semana libres al mes y otros días durante la semana, pero asegura que “aún así criar es una carga grande y cae mayoritariamente sobre las mujeres”.

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En su testimonio, Rosario se refiere a un período al que el psicoanálisis describe como simbiosis: la fusión entre la madre y el niño. Y asegura que cuesta hacer el proceso de separar quién es una y quién es el otro, sobre todo porque “cuando quedas embarazada, como que desapareces”. Alrededor, algunos incluso omiten saludarlas cuando aparecen, se acercan directamente a tocar sus estómagos gestantes o les preguntan, sin darse cuenta, cómo está el bebé, omitiéndolas. “A nadie le importa cómo estás tú”, precisa.

Con el tiempo descubrió que ya no quería seguir en su trabajo como investigadora y comenzó a dedicarse al humor. Gracias a la comedia, dice, aprendió a dejar ir y a sanar, terminando con la violencia que soportaba en su relación de pareja y por la idea de no romper con la familia de su bebé. Hoy, la comediante asegura que “en nuestra sociedad, [si eres mujer] ni siquiera has dicho una palabra y ya te compran una muñeca. Desde chica te meten en la cabeza que tu objetivo en la vida es tener hijos y muchas mujeres piensan que una solo se realiza cuando eso pasa”.

La culpa que gira en torno al rol abnegado de la maternidad se toma seguido la vida de las mujeres. Desde responsabilizarse por alguna enfermedad del niño o la niña a sentirse mal por el hecho de arrepentirse o de, simplemente, estar harta de ser mamá: “Tenía la culpa de pensar que en el fondo mi vida sería mucho mejor sin él. Era una frase que yo pensaba que si alguien la oía sería terrible. No lo hablaba y cuando empecé a hacer comedia me atreví a contarlo desde el humor”, explica.

En la comedia, Rosario Sánchez libera todas esas ideas que alguna vez se autocensuró y las exagera para hacer reír. “Yo creo que todas las mamás en algún momento se arrepienten o al menos piensan: ¿qué hubiera sido de mí sin este niño? Es lo mismo cuando entras a estudiar una carrera y te preguntas cómo hubiera sido estudiar otra, pero con la maternidad no se puede, está prohibido”, recalca.

Cuando Rosario baja del escenario tras hablar sobre estos temas, otras mujeres se le acercan para agradecerle por decir las cosas que nadie dice. “Obvio yo no le daré Diazepam a mi hijo para que se duerma, pero son ideas que todos hemos tenido en algún momento, hay que quitarle un poco la culpa. Puedes seguir siendo una buena mamá y tu niño puede seguir siendo un niño feliz”, concluye.

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“La culpa llega y se mantiene en el tiempo”

Anhavel Concha tenía 22 años cuando supo que estaba embarazada. Pese a que ella pensó en abortar, su pareja rechazó la idea, por lo que acabó enfrentando la nueva situación. Decidió explicarlo a su madre, con quien vivía y gracias a la cual pagaba sus estudios de Derecho. La reacción no fue la esperada: le dijo que ella era una decepción. Arrinconada, Anhavel decidió irse de la casa, dejar su carrera y enfrentar en soledad su gestación. Comenzó a trabajar embarazada para reunir dinero, mientras su pareja se desentendía de su responsabilidad de padre al año y medio del nacimiento.

El arrepentimiento llegó al enterarse del embarazo y se intensificó cuando su hijo cumplió cuatro años: “Es un cuestionamiento del que te culpas incluso por pensarlo. Me angustiaba sentir eso. No es algo que una comparta, no le andas diciendo a todos”, describe. Empezó a sentir el agobio de las opiniones externas, que se acentúan cuando la maternidad se vive muy joven. “Te presionan por cómo tienes que llevar las cosas, lo que no puedes hacer, o el tema de la lactancia: siempre se espera que sea natural y hay una presión porque des pecho. La culpa llega y se mantiene en el tiempo”, dice.

Como en la convención social la maternidad debe vivirse de “cierta manera ideal”, Concha escuchó cómo le decían que en adelante su vida completa tendría sentido por su hijo y que sería lo más importante para ella: “Pero nadie te pregunta si realmente lo sientes así. Entonces empecé a convencerme a mí misma. Una termina siendo la última prioridad y no siempre es lo que quieres”, cuestiona.

Hoy tiene 30 años, logró terminar su carrera de trabajadora social, se casó y fue madre otra vez. Pero decidió que esta vez sería la última y se esterilizó con una ligadura de trompas. Anhavel cree que no todas las personas deberían tener hijos: “Es una responsabilidad grande, tienes que quererlo mucho. Ahora lo vivo de otra forma, pero no te puedo decir que sea algo tranquilo, siempre es agobiante“, asegura.

Hasta hoy, Concha se pregunta qué hubiera hecho si no hubiera sido mamá joven. “Habría terminado mi carrera de Derecho y habría empezado a estudiar Psicología, que siempre me ha gustado. Y hubiera viajado mucho afuera”, dice.

“Esa idea de que la maternidad son puras flores”

Desde la psicología, recuerda Rosario Sánchez, se ponen en duda todos los instintos, las supuestas conductas que se transmiten genéticamente y que aparecen en todos los miembros de una especie: “No podemos hablar de instinto, porque no hay una conducta que compartamos todos. Si hubiera instinto materno, no habrían mujeres que asesinan a sus hijos o los abandonan. No es una conducta programada, sino que la sociedad desde nuestro cuerpo asume que porque podemos parir debemos criar. También hay una romantización, esa idea de que la maternidad son puras flores”, cuestiona.

Los sentimientos sobre la maternidad que terminan escondidos son muy variados: desde el aburrimiento que a veces generan los niños –y lo mal visto que está decir que las aburren–, hasta la constante fiscalización sobre la crianza. “Las mujeres somos enjuiciadas mucho más duro que los hombres: si le das coca-cola o cuántas horas ve tele el niño. Pero la mayor parte de las madres hacen mil cosas y necesitan esas dos horas en que el cabro chico ve tele para hacer aseo, descansar o tener un rato. Para ellos, basta que sepan cambiar pañales porque con el mínimo ya son grandes padres”, opina.

A  juicio de Rosario, una madre feliz es también un hijo o hija feliz. La psicóloga asegura que comenzó a sanar cuando aprendió a hablar con otras mujeres sobre estas sensaciones y reflexiones: “No hay que tener miedo, seguramente se encontrarán con que muchas amigas han pensado qué pasa si los ahogan con la almohada”, bromea antes de recalcar “hay que soltar la culpa”.

* Paula pidió resguardar su verdadera identidad para este artículo.