Hace unos días, los titulares señalaban orgullosamente a “Chile como el país con más ricos de Latinoamérica”[1]; informando que, en promedio, un adulto en chile debiera poseer un capital cercano a los 42 millones de pesos. No sé usted, pero yo no he recibido ese capital que (en teoría) me corresponde. Por otra parte, la noticia no mencionaba lo caro que es mantener a las millonarias Barbies y Kens chilenos; costo, obviamente, traspasado a los trabajadores. Así, hoy el 70% de los trabajadores chilenos gana hasta $500.000; y un tercio hasta $260.000 pesos[2]; viviendo en una inestabilidad económica que subvenciona las aventuras de las Kenitas Larraínes criollas, documentadas y disponibles en formato autobiográfico en las mejores librerías del país.

Por tanto, los apretados malabares presupuestarios realizados por los hogares chilenos usualmente no alcanzan para llegar a fin de mes, sobre todo si a algún desconsiderado miembro de la familia se le ocurre enfermarse. Pero ¿cómo podrían mejorar los hogares su calidad de vida? Podría preguntar un alienígena estudiando el país ¡Con educación! Dirían a coro científicos y políticos. ¿Pero sólo con más educación? ¡No, con más y mejor! Gritaría Chile al unísono. Perfecto, terminemos con la pobreza asegurando una educación gratuita y de calidad. ¡No se puede!¡los pobres quieren todo gratis!¡Todo se paga en esta vida! Se escucharía en una cacofonía histérica. Pero ¿Si quieren terminar con la pobreza, porque no garantizar educación gratuita pública de excelencia? Sería lo último que preguntaría el extraterrestre, ahora deportado con prohibición de volver al país por nueve años, por promover el odio con su discurso “ideológicamente obsesionado con un pasado marxista, que divide al país en su avance hacia el futuro”, según declaraciones de algún vocero.

Así, para educarse en Chile hay que pagar, y pagar caro; pero el salario promedio no alcanza para establecimientos educacionales privados, con piscinas temperadas. La mayoría de las familias chilenas sólo pueden enviar sus hijas e hijos a educarse en el sistema público y esperar lo mejor. Quizás las estrellas se alineen, los santos escuchen, y en ese establecimiento aún queden docentes preparados e idealistas, que pueda traspasarles los conocimientos fundamentales a estudiantes que no irán de gira de estudio a Punta Cana ni Disneylandia.

Pero es difícil, puesto que el profesorado público chileno se desarrolla en una precariedad tal, que sus valentía y aventuras muchas veces superan a la Liga de la Justicia o los mismísimos Vengadores. Pelear contra villanos en mallas no es nada comparado a luchar contra el estado para que pague la deuda histórica; construir una armadura en el taller de un millonario no se equipara a enseñar matemáticas en salas abarrotadas de estudiantes; las horas nocturnas vigilando Ciudad Gótica no suman ni la mitad de las prolongadas jornadas docentes. ¿Podría Bruce Wayne mantenerse despierto combatiendo el crimen, si tuviera que hacer clases en dos o más establecimientos al día para pagarse los bati-búmerangs? Lo dudo.

Así, no sorprende la brecha entre la calidad de la educación pública y privada, medidas a través de la prueba SIMCE y la PSU. ¡Los niños (heterosexuales) y los fetos (también heterosexuales) primero! Gritan algunos, pero ¡sólo los que pueden pagar!, susurran esas mismas voces, muchas veces dueñas de colegios y salas cunas privadas. Como cantaron Los Prisioneros, las profundas desigualdades sociales usualmente terminan “para otros con laureles y futuro”, pero dejan a nuestros proletarios amigos sólo “pateando piedras”.

Todo lo anterior ha dado curiosos frutos, que la bicéfala élite política-empresarial chilena cosecha sin vergüenzas. Según el reporte de la OCDE sobre habilidades de trabajadores (2015), Chile aparece como el líder indiscutido en cuanto a una fuerza laboral con mayores problemas de comprensión lectora y de razonamiento matemático. La misma organización llamaba la atención a Chile el 2017[3], diciendo que “una educación de mejor calidad y accesible para todos necesita ser un continuo imperativo nacional”. Por tanto, Chile sigue reprobando en la escuelita de los países ricos. “Póngale cero, por bruto”, seguramente diría el chavo.

Pero ¿qué hacer? Quizás utilizar el sentido común, como varios países que consideramos desarrollados, y proveer condiciones ejemplares para los profesores e instituciones públicas de enseñanza preescolar, básica y media. Algunos ejemplos revolucionarios para el contexto chileno: asegurar salarios a profesores competitivos a nivel mundial (en países OCDE, promedian $1.700.000 brutos, 70% mayores que en Chile); dar facilidades para que continúen su capacitación; financiar infraestructura para escuelas y liceos; reducir el tamaño de los cursos hasta 15 alumnos (Chile es uno de los países con más alumnos por sala de la OCDE); y reducir el número de horas de trabajo. Suena costoso, pero, como señaló la filósofa Gabriella Giudic, “un país que destruye la escuela pública no lo hace nunca por dinero, porque falten recursos o su costo sea excesivo. Un país que desmonta la educación, las artes o las culturas, está ya gobernando por aquellos que sólo tienen algo que perder con la difusión del saber”.

Y, efectivamente, hay mucho que perder para nuestros bronceados millonarios ¿Qué ocurriría si nuestros trabajadores fueran mejor educados en la filosofía, humanidades, artes y ciencias? Probablemente no tardarían en darse cuenta de que la injusticia de la cual son víctimas no es “natural”, sino planificada desde que Chile es Chile. Seguramente aparecerían alianzas, propuestas redistributivas, el reclamo de derechos y, con suerte, hasta conciencia de clase; poniendo en jaque a quienes han disfrutado de una riqueza que no merecen, producida por trabajadores chilenos endeudados, cansados y mal educados. Por tanto, sólo cuando en Chile todos reciban de verdad “esa cosa llamada educación”, los egresados del sistema público dejarán de salir a practicar el verdadero baile nacional: el reguetón de los que sobran. “Las personas nacen ignorantes, pero no estúpidas. Son hechas estúpidas mediante la [mala] educación”, dijo Bertrand Russell. El desfile de morenos neonazis latinos; de extremistas que valoran a un feto más que a un niño pobre; y de quienes simpatizan con los Bolsonaros, Macris y Kasts; le dan a Russell toda la razón.

[1] Según Informe Global de Riqueza del banco Credit Souisse (Global Wealth Report, 2018).

[2] Según estudio de la Fundación Sol, “Los Verdaderos Sueldos de Chile”, 2018.

[3] En su informe “Educación en Chile”, 2017.


Académico y director del ORDHUM, Universidad Católica del Norte