Seré directo. Los que tenemos cerca de 50 años, nos criamos mirando montajes por la tele. Lo mismo que antes hacían sujetos a sueldo de la Dinacos pinochetista, ahora lo hacen personajes mercenarios de la televisión corporativa. Pero el guión es el mismo: miente, miente, que algo queda. El caso del peñi Camilo Catrillanca corre por el mismo carril. Nos quieren convencer de lo infumable. Pero las costuras del montaje se notan desde lejos. Los muertos son de un solo bando. Las balas van en un único sentido. Y se siembra confusión y, por supuesto, mentiras mal armadas, para que los partidarios del gatillo fácil tengan algo que decir.

Pero, ¿saben qué? El testimonio de la profesora anónima no alcanza a tapar la grosería de las inexistentes cámaras del comando súper tecnologizado alias “jungla”. Hasta un niño sabe instalar y operar una GoPro, pero estos guerreros del siglo XXI, entrenados para la mansa guerra inexistente, salen corriendo sin ellas a combatir el terrorismo. Sospechosa la custión… A la próxima, no nos asombremos si se les queda la pistola Glock 17 o el fusil HK en el velador…

Pero no: no somos tan giles, no les creemos. No se trata de errores. Es un modus operandi. Seguros de que alguien en las redacciones de la tele y los diarios complacientes se comprarán esa pescada, perseveran en construir una mentira. Lo hicieron con la operación Huracán. Lo hicieron muerto a muerto en el Wallmapu. Lo hacen matando jóvenes en las poblaciones. Tal como lo hicieron con tantos muertos en Dictadura.

No somos tan giles porque entendemos que el problema de fondo es no haber depurado y democratizado las llamadas “fuerzas armadas y de orden”. Sembramos vientos de impunidad y aires dictatoriales; cosechamos muertos pobres, mapuches y marginales.

No somos tan giles. Sabemos que debemos proponer mucho más que nuestra dulce rabia. No basta salir a quemar un par de buses. Debemos asumir que los temas policiales, de seguridad e inteligencia, también deben ser parte de nuestra agenda como izquierda. Se vienen peores noticias por ahí. La implementación del plan S.T.O.P. (Sistema Táctico Operativo Policial) asegura un aumento en la persecución al pobre, al marginado y al mapuche. Las comisarías competirán por indicadores de gestión, medidos en detenciones. Y claro, los agentes la harán fácil: a capturar por ley 20.000 (de drogas) al volaíto del barrio, perseguir el autocultivo medicinal. En el Wallmapu, vamos subiendo mapuche al camión. Y el narco peso pesado, el evasor de impuestos, el corrupto, el corruptor, vivan felices en su barrio vigilado por la misma policía. Y en todos los casos, los agentes, a cobrar.  Tal como sucedió en Colombia con su propio Comando Jungla, que a más de mil dólares por muerto, era premiado por los “falsos positivos”.

Insisto: no somos tan giles, no les creemos: vamos a salir a explicar esto. No es nada difícil de entender. Tenemos calle y experiencia. Tenemos una dulce rabia. A ver si se aburren de sembrar ventoleras con la sangre de mi pueblo.


Consejero Político Nacional de Revolución Democrática