Una expresión escrita en un muro servía para representar toda la rabia reprimida por los habitantes de la ciudad. “Violadores maricones”, se podía leer en el cruce ferroviario de San Fernando donde Gabriela Marín fue cobardemente violada y torturada en agosto del 2012. La parvularia de 23 años acababa de salir de un ciber café cuando fue abordada por un sujeto, quien la llevó amenazada hasta la línea férrea en el cruce de Tres Montes. Luego de una señal, aparecieron otros dos hombres que comenzaron a atacarla salvajemente. El caso de Gabriela fue conocido y repudiado en todo el país, los detalles escabrosos de su ataque, también. Lo cierto es que la joven sobrevivió a la violación y una vez que era atendida en el Hospital de San Fernando, los paramédicos fueron testigos de la brutalidad del hecho: a Gabriela incluso le habían introducido piedras en su cuerpo.

Luego vinieron las polémicas y las negligencias. El fiscal en jefe de San Fernando, Néstor Gómez, nunca se presentó en el sitio del suceso la noche en que ocurrió el ataque ni encabezó las diligencias por teléfono, lo que provocó que el tribunal decretara como ilegal la detención de los agresores. Según testigos, el fiscal Gómez participaba de una comida tras un partido de básquetbol.

Los errores también se cometieron en la recolección de evidencias, tanto así que varios días después del ultraje, los propios familiares de Gabriela seguían encontrando restos de su cabello esparcidos por la línea férrea. En este escenario casi surrealista, los tres sospechosos fueron dejados en libertad definitivamente tras la audiencia, donde tampoco se presentó el fiscal en jefe de la capital colchagüina debiendo ser reemplazado por otro fiscal que reconoció haber leído la carpeta investigativa apenas cinco minutos antes de la audiencia. Como resultado de esta serie de irresponsables errores, ambos funcionarios fueron sancionados.

Las negligencias de este caso también salpicaron al ámbito de la salud, dejando al descubierto la falta de preparación para lidiar con las consecuencias que deben enfrentar las víctimas que han sufrido un ataque como el de Gabriela. Al ver que no obtenía justicia, la joven cayó en una grave depresión. Intentó suicidarse dos veces; en una ocasión ingirió un frasco de pastillas para la diabetes, fue internada y debió ser amarrada a su cama. Luego de eso, el psiquiatra la consideró estabilizada, le recetó antidepresivos y la envió a su casa. Pero la depresión y los pensamientos suicidas no se detuvieron. La profesional intentó ser internada nuevamente, pero le dijeron que no había camas.

Dos días después, a un mes de la agresión, Gabriela se ahorcó en el segundo piso de la casa de su hermano. Dejó una carta dedicada a él que decía “haz que paguen” y una amarga sensación de injusticia que aún pesa sobre la capital de Colchagua.

En el Hospital de San Fernando creen que el caso de Gabriela dejó varias enseñanzas: “Hay que seguir los protocolos y poner más atención en este tipo de pacientes que consultan”, explica escuetamente, el doctor Héctor Toledo, subdirector médico del Hospital San Juan de Dios.

San Fernando después de Gabriela

Frecuentemente se llevan a cabo distintas actividades para recordar a la joven parvularia. Es una manera de mantener vivo su recuerdo y de exigir que los responsables paguen por este terrible crimen. En septiembre, se realizó una velatón en la plazuela de la ciudad.  Se colgaron adornos, globos y se leyeron los casos de otras mujeres víctimas de femicidios. La actividad fue convocada por la organización feminista de San Fernando, Amiga te Acompaño (ATA), la cual hizo un llamado a través de las redes sociales con la etiqueta #Porlasqueyanoestán. “Nosotros como organización quisimos resignificar el 6 de septiembre como la conmemoración por aquellas que ya no están con nosotros a causa de la violencia que les es ejercida y ante lo cual no existen medidas significativas que frenen esta realidad. Tomamos esta fecha en especial, porque es la día en que Gabriela se suicidó y esta tragedia marcó tanto nuestra identidad como nuestra sensibilidad por la brutalidad del caso”, explica Fany Cornejo, dirigenta de ATA San Fernando.

“Nosotras como organización, quisimos resignificar el 6 de septiembre, conmemorando a aquellas que ya no están. Nos proponemos que en esta fecha y cada año se recuerde a aquellas que ya no están y a Gabriela Marín, como un ícono de la impunidad a los agresores , que finalmente paga una mujer, ante la violencia de género que vive”, agrega.

Algunos de los casos que se leyeron en la actividad ocurrieron en la Región de O’Higgins, lo cual no puede ser considerado como un hecho menor. De acuerdo a datos entregados este año por el Atlas de Género del Instituto Nacional de Estadísticas, (INE), la sexta región presenta una de las tasas de femicidios más altas del país, con 1,07 muertes por cada cien mil mujeres, siendo superada sólo por la Región de Aysén (5,66 muertes por cada cien mil mujeres). “Hay una especial preocupación por lo que sucede en la Región de O’Higgins. Pueden ser aspectos rurales, educacionales, sociales, comunitarios. Todo influye: la historia de vida, componentes genéticos, dónde se desarrolla la persona, cómo lo criaron, las costumbres. No hay un factor específico”, explican desde el Centro de Apoyo a Víctimas de San Fernando, lugar que también le brindó asistencia a Gabriela y a su familia luego del ataque.

Respecto a esta tendencia, la sensación es más bien pesimista. El pasado mes de septiembre, en la misma ciudad, un hombre intentó quemar viva a su pareja de sesenta años prendiéndole fuego. Alcanzó a rociarla con bencina, pero huyó del lugar al darse cuenta de que habían más personas en la casa. Desde ATA San Fernando creen que hay una sensación de libertad que motiva a muchos a actuar con violencia sin temor a las posibles consecuencias. “La impunidad que hay ante las víctimas de un caso de esta gravedad sí puede condicionar a muchos otros potenciales agresores a efectuar una vulneración a sabiendas de que quedará impune, a sabiendas de que el proceso no va a ser garante para la persona que es víctima y que tienen muchas más facilidades para salir intocables de una situación de este tipo”, agrega Fany Cornejo.

En la propia familia de Gabriela ya se cansaron de exigir justicia y ahora, seis años después de su partida, recién comienzan a experimentar el duelo. Eso sí, todo el proceso ha estado cargado de dolor, impotencia y rabia. Mucha rabia. “La justicia es una mierda; es plata, si no tienes plata no pasa nada, quedan impunes los delitos como éstos”, confiesa Juan Marín, hermano de la parvularia. Y esa disconformidad ha estado a punto de explotar y liberarse de la peor manera cuando Marín se ha topado en su ciudad con los supuestos agresores. “Me da una sensación de rabia, de yo mismo ir y matarlos, pero no se puede…He tenido que aislarme para no sacarles la cresta”, agrega.

Junto a su familia, Juan asistió a la velatón que se organizó el 6 de septiembre en la plazuela de San Fernando. Llevó a sus sobrinos, los dos hijos de Gabriela quienes se tomaron fotografías junto a una imagen de su madre que decía “Eres el ángel que guía nuestros pasos”. Él lo hizo como una manera de recordar a la joven y de responder al llamado de ATA San Fernando de convertir aquella triste fecha en un símbolo de la violencia que deben soportar las mujeres. Esa misma noche, se dirigió al terminal sanfernandino a esperar a su hermana menor, quien estudia Ortodoncia en Santiago. Esa rutina la repite todas las noches, de lunes a viernes, y lo hace por miedo, por el temor de que ella también sea víctima de un ataque y atraviese por el mismo infierno de Gabriela por culpa de un sistema injusto y negligente.