Una de las excusas que hoy esgrimen dirigentes, militantes o simpatizantes de la derecha para justificar su adhesión a la dictadura de Pinochet, fue su supuesta ignorancia acerca de las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos que cometieron civiles y militares.

Siempre me ha parecido poco creíble el argumento. Fueron diecisiete años de autoritarismo y violencia explícita, censura y vulneración de derechos civiles y políticos fundamentales. Me tratan de convencer diciendo que –muchas veces por miedo- no en todas las familias se hablaba abiertamente de política, que la televisión y la prensa no mostraban lo que de verdad pasaba, que no existían las redes sociales y medios de comunicación independientes que existen hoy. He escuchado distintas versiones y si bien hay a quienes quisiera creer, en general mi mirada sesgada no me lo hace posible.

Hace ocho o nueve años, este era el tema de conversación en el patio de la universidad en que cursaba un Magíster en Pensamiento Contemporáneo.  Fue ahí donde un querido y joven amigo hizo un comentario que me dejó helada. Dijo que a él lo atormentaba la idea de que en el futuro, y a propósito de la violencia contra el pueblo Mapuche, un hijo le pudiese preguntar qué había hecho él para buscar justicia y reparación. ¿Respondería como esa derecha a la que no creemos que nunca supo la gravedad de lo que pasaba? ¿Que en ese (estos), tiempos era muy difícil informarse?

Estos últimos meses, yo diría que particularmente después de la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, el discurso de la derecha en nuestro país ya se venía viendo cada vez más autoritario y conservador. La estrategia de articulación político comunicacional a propósito de la tramitación del proyecto Aula Segura, les permitió, sin gran esfuerzo, situarse en los medios masivos como los defensores de los débiles frente a los peligrosos criminales de overoles blancos.

Pero el asesinato por la espalda de Camilo Catrillanca a manos de un comando policial en Temucuicui cruzó un límite irreversible, el de la muerte. Ya no se trata acerca de cuándo procede la expulsión o no de un estudiante, ni de quién o cómo debemos responsabilizarnos colectivamente de niños y niñas involucrados en hechos de violencia. Se trata de si dar muerte a un sospechoso está dentro de las “atribuciones” de una policía, o condenamos el hecho sin peros con la claridad de que no puede ser parte de procedimiento alguno.

Luego de enterarme de la muerte de Catrillanca, quise saber, tratar de entender lo sucedido, escuchar dónde había estado el error fatal.  Escuché a las autoridades, busqué en ellos un resto de humanidad frente al dolor de la familia de Camilo y su comunidad, y un gesto de frustración frente al fracaso que significa esta muerte para todos sin excepción.

Pero lejos de una condena taxativa y luego del largo silencio del vicepresidente, vino su breve lamento y un rotundo respaldo a carabineros. Más tarde una entrevista al Intendente Mayol que ni siquiera se disculpó por haber dado información falsa sobre el difunto previamente. Sus palabras apuntaron a que la cosa no era tan terrible como “se veía desde fuera”, que la Araucanía y sus negocios gozaban de buena salud, y que este era un hecho “lamentable”, pero “aislado”.

Me pegué a twitter, para ver si alguien daba verosimilitud a tantas versiones encontradas. Pero en las indagaciones me encontré hasta hoy con una sola gran certeza: la muerte del comunero a causa de un disparo por la espalda.

Pasando las horas, las declaraciones de las autoridades crecen en indolencia y frases hechas. La Secom no tiene quien le escriba. Tratan nuevamente de polarizar, de dividir el mundo entre buenos y malos, para situarse del lado de la paz de quienes quieren orden y patria como razón de vida.

Del mismo modo, yo sigo preguntando y volviendo a preguntar qué estará pasando en Ercilla y sus alrededores hoy. Cómo habrá sido la noche. Qué habrá estado pasando los últimos 5, 10, 20, 100 años en la Araucanía. Y no sé. Y no quiero no saber. No quiero ser cómplice del miedo de niños, ni del dolor de madres y padres. Ni de la violencia, ni de la estigmatización. No podemos no saber.

Esta vez la frase atribuida a Sócrates, “Sólo se que nada sé”, no es signo de sabiduría sino de complicidad.