El principio del filme El proceso (2018) revela el final de un enjuiciamiento, y por ende no hay lugar para spoilers ni para suspensos; desde el inicio sabemos quiénes ganaron y quiénes perdieron con el veredicto. Es así como la cineasta brasileña María Augusta Ramos nos muestra el impeachment por medio del cual en 2016 se removió de su cargo a la Presidenta de la República Federativa de Brasil, Dilma Rousseff, por haber cometido delitos de responsabilidad fiscal. La estructura del filme sigue la misma estructura de dicho complejo proceso parlamentario atiborrado de tecnicismos jurídicos en el que interviene la Cámara de Diputados, el Senado y el Supremo Tribunal Federal.

La pregunta que salta inmediatamente a la vista es para qué hacer un filme acerca de un proceso si es que en los primeros minutos ya se nos muestra el resultado encarnado en los rostros de las personas que escuchan atentamente los 61 votos contra 21. Por un lado, una multitud heterogénea que viste poleras rojas y carga carteles con mensajes amorosos dirigidos hacia la “mujer guerrera” exhibe sendas caras de lamento y preocupación. Por el otro lado, un grupo homogéneo que viste la polera de la verde-amarela y carga carteles con mensajes ominosos dirigidos hacia la Presidenta canta con alegría el himno patrio. Sólo atendiendo a esta postal, se podría decir que es un filme exactamente opuesto a 12 hombres en pugna (1957). Porque si allí se pone el acento en cómo por medio de un extenso proceso deliberativo once hombres pertenecientes a un jurado son convencidos por el restante de cambiar su parecer inicial, y votar por la inocencia de un muchacho en relación al asesinato de su padre; en El proceso las cartas parecen estar inamoviblemente sobre la mesa incluso antes de iniciar la discusión en el marco del impeachment que da origen al filme.

 

 

Sin embargo, la forma que en principio adopta El proceso no es una novedad en la historia del cine. Se puede encontrar un leve parecido de familia en El proceso de Juana de Arco (1962) del cineasta francés Robert Bresson en el que también se reflexiona acerca de un enjuiciamiento con un resultado previamente conocido. En él se trae al presente el padecimiento de la Doncella de Orleans concentrándose en exclusiva en el largo proceso al que fue sometida por guiar, haciéndose pasar por hombre, al ejército francés supuestamente siguiendo instrucciones directas de Dios. El proceso en el que Juana es obligada a contestar innumerables preguntas asume el tono de una liturgia en la que, a través de la palabra, se desnuda una realidad inefable. Los gestos y las expresiones del rostro de Juana son desplazados por los leves movimientos de su cuerpo, por las miradas que sobre ella se posan, y por los trazos que van dejando las manos como si no tuvieran un objetivo distinto que formar parte de un conjunto que se sostiene sobre sí mismo, sin un fin ulterior. Tanto es así que hacia el final del filme el cuerpo de la propia protagonista, que ha sido condenada a morir en la hoguera, desaparece quedando únicamente en pie el palo de madera que la sostenía, ahora calcinado y rodeado por el vuelo liviano de unas palomas. El misticismo de esta escena sintetiza lo que parece ser el milagro cinematográfico; hay algo en la propia experimentación que hace que un filme no pueda ser relatado, sino que sólo pueda ser visto en su medialidad pura.

Pero si en el filme de Bresson se mira al proceso en tanto que medio puro, en el filme de Ramos se muestra el proceso para instalar una intriga. La posición del espectador del filme, que es la del que sabe de antemano su resultado, es idéntica a la de los diputados y senadores de los dos conglomerados en disputa cuando el Presidente de la Cámara de Diputados acepta la petición dando rienda suelta al proceso de impeachment el mismo día en el que el partido de la Presidenta se manifiesta a favor de someterlo a la Comisión Ética por haber recibido sobornos de Petrobras. El manto de dudas que tiñe el origen del proceso deviene en una sospecha de que existiría un fin subyacente distinto de la mera exposición de los argumentos de los bandos enfrentados: el del oficialismo que para ese momento había roto cualquier alianza y por ende estaba representado casi únicamente por el Partido de los Trabajadores (PT); y el de la oposición, en la que se reunían varios partidos con fuerte ascendente del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y de Progresistas (PP), partido del recientemente electo Presidente de la República, Jair Bolsonaro.

De este modo, los dos bandos utilizan como medio al derecho en general, y al proceso de impeachment en particular, para conseguir un fin previamente determinado. El PT decide utilizar los mecanismos jurídicos disponibles para, paradójicamente, mostrar que es una farsa -o como diría un brasileño: que “las cartas están marcadas”-  y que entonces el proceso del que ellos también participan es en realidad lo que llaman un golpe de Estado parlamentario con el que corre peligro la propia democracia. Y el PMDB, en medio de escándalos de grosera corrupción que involucran a miembros activos de su partido, subsume la dictación de tres o cuatro decretos en un tipo delictivo de manera de cumplir con los requisitos establecidos en la Constitución para la remoción de una Presidenta cuyo partido se ha mantenido 13 años en el poder gracias al apoyo conseguido en las urnas.

Este proceso no es más que una muestra del modo en el que se ha judicializado la política. De lo que se sigue que la disputa por las palabras es absorbida por una práctica jurídica que lo que hace es disolver su potencia en una serie de etapas que culminan con la resolución de un conflicto. Como si con lo anterior pudiera reducirse la política al veredicto de un tercero imparcial cuya tarea es simplemente adjudicar la ley. Y entonces solo quedarían acciones instrumentalmente guiadas por un fin que es legitimado en la medida en que se circunscriba al marco establecido de antemano, volviendo imposible siquiera la ocurrencia del milagro cinematográfico. Lo anterior puede ser perfectamente predicable de este país en el que se piensa que la violencia hacia los cuerpos (todavía más si es de una mujer) puede resolverse imponiéndole tal o cual pena a quien se apunte con el dedo; o en el que el asesinato de un joven mapuche puede ser cobardemente descrito utilizando la estrechez de los términos jurídicos como el “resultado de la legítima persecución penal del autor de un delito común”.

Ante este escenario resuenan más vivas que nunca y en todas las latitudes posibles las palabras del poeta ruso Vladimir Maiakovksi con las que la propia Dilma, cubierta del mismo color de la sangre que vio correr sobre su cuerpo mientras era una joven militante, cierra el discurso que dirigiera al pueblo brasileño el último día en el que pudo ejercer el cargo de Presidenta:

No estamos contentos, por supuesto, pero ¿por qué debemos estar triste?

El mar de la historia es agitado

las amenazas y las guerras, vamos a cruzarlas,

romperlos al medio,

cortándolas como una cuchilla.


La mirada de los comunes