“Alüpu
kiñe ngürü trokifiñ
ngümayawi
mawidantuple”.

Leonel Lienlaf , Pewma

 La muerte de Camilo Catrillanca de 24 años es una tragedia para su familia, para la comunidad de Temucuicui (comuna de Ercilla, provincia de Malleco) y para el Pueblo Mapuche. Además, es una tragedia para los habitantes de este territorio denominado Chile porque una vez conocidos los hechos, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, hizo aflorar lo peor de nuestra sociedad, en vías de desarrollo. El racismo y la discriminación. Rápidamente los políticos de gobierno salieron a respaldar el actuar de la policía de Carabineros (me resulta muy difícil agregar de Chile pues desde hace años sólo se representan a sí mismos). Rápidamente los políticos de oposición se reunieron para decidir, según las herramientas que les proporciona la constitución política de este país, si realizarían una interpelación, una solicitud de renuncia o simplemente reprender con tres “chirlitos y un tirón de orejas” al primo hermano del Presidente de la República. El mundo virtual de facebook y twitter se llenó de sendas declaraciones públicas, acusaciones y defensas. Rápidamente los noticieros de los principales canales de televisión comenzaban a llenar nuestras pantallas de imágenes del sitio de los hechos, donde lo único que quedaba claro (después de ver tantas imágenes de archivo) que los mapuche son violentos.

Tímidamente comenzaban a colarse entre tantas imágenes viejas, imágenes que sí daban cuenta del operativo realizado por la policía de Carabineros. Nuevas muestras de respaldo al accionar de la policía militarizada pero ahora desde Singapur, como si quien las ofreciera creyera que tiene el don de la bilocación. Pura fe en el parte policial, pura fe en sus familiares, pura fe en sus amigos, pura fe en los medios de comunicación (cuyos dueños son sus amigos). Ninguna palabra de consuelo para la familia de Camilo, para su comunidad. Ninguna palabra para las familias de otros mapuche muertos que con este acontecimiento reviven el trauma y el dolor de haber perdido a un ser querido sin que hasta la fecha hayan recibido justicia (no derecho). Nuevamente el mapuche aparece como culpable, debe ser culpable, tiene que ser culpable. Puro miedo, pura ignorancia. Simplemente Racismo.

Es por ello que escribo para transformar el dolor, que me provoca ver cómo lo mejor de este país muere, no sólo por las balas asesinas sino por la indiferencia, por la intolerancia, por el arribismo, por una pésima educación que sólo enseña a castigar, corregir y expulsar a la diferencia. Porque la muerte de Camilo debe llevarnos a todos/as/es a concluir que no podemos seguir viviendo de esta manera indigna. Es por ello que a partir de ahora, debe quedar trazada la línea que separe lo deseable de lo indeseable. Donde todos/as/es independiente de su condición racial, social, étnica y de género, podamos decir de todas las maneras posibles:

No quiero comprar un libro que lleve de título “Que su rostro cubra el horizonte”, sea cual sea la editorial, su autor y la librería que lo expenda.

No quiero ver programas de prensa en donde se analice el “conflicto mapuche” sin voces que representen el sentir del Pueblo Mapuche.

No quiero leer investigaciones financiadas por Conicyt en donde tanta muerte inútil y sin sentido sólo se presente en términos estadísticos y bajo el pomposo título de “El Estado del Arte de la Cuestión Mapuche y el Estado-Nación de Chile”.

No quiero escuchar un rap, un reggaeton o la fusión de ambos, que nos hable de héroes y heroínas que murieron sin tener que haber muerto.

No quiero visitar museos de la memoria para constatar que la justicia aún no llega para tantos/as/es habitantes de esta tierra.

No quiero leer editoriales, análisis, comentarios de tanto mapuchólogo que por alimentar su ego y su bolsillo no cae en cuenta que cada vez que habla, se silencia un mapuche y con ello, la posibilidad de que un chileno deje de ser un poco menos ignorante.

No quiero presenciar cómo reconocidos periodistas, más tarde directores de periódicos de circulación nacional e incluso directores ejecutivos de canales de televisión, concluyan que respecto a la destrucción de la tarjeta de memoria de las cámaras que portaba la policía militarizada, que ingresó a la comunidad de Temucuicui, “…fue para ocultar su responsabilidad en los hechos”. ¡Genios! y cobran sueldo por ello. Vergüenza.

No quiero presenciar entrevistas realizadas por conspicuos y sesudos profesionales de la prensa a mapuche levantados como contra parte televisiva (indios permitidos), para impulsar y llevar adelante sus respectivas líneas editoriales, empresariales y de gobierno.

No quiero ver banderas mapuche vendidas junto a la chilena durante los 18 de septiembre a lo largo de esta angosta franja de tierra. ¿De verdad es que no saben por qué no corresponde?

Podría seguir pero ya es suficiente, en fin, no quiero marchas, protestas, velatones, poleras, cintillos, banderas, calendarios ¡No quiero multiculturalismo! Es más, no quiero volver a escribir sobre el dolor, la ausencia de justicia, la ausencia de reparación. Sólo quiero paz, sólo quiero que dejen de matar mapuche. Ese es el mínimo que propongo, sólo así, creo, que lo demás puede ser construido.


Doctor en Historia mención Etnohistoria. Cátedra Indígena U de Chile