En la luneta intacta del vehículo deformado entre los fresnos, la policía encontró una calcomanía que rezaba: Quizá el enigma de Dios sea tan vago y, sin embargo, tan cierto. Dentro del carro se hallaban los cuerpos sin vida de una pareja de biólogos. Los medios informaron que se trataba de un matrimonio que había trabajado durante años para la Sociedad Max Planck, donde intentaban interrumpir el mecanismo patogénico de una rara enfermedad llamada Lafora. Por sus investigaciones con la enzima de un hongo común, los habían invitado al más importante simposio alemán de micología, que organizaba entonces la Universidad de Hohenheim, en Stuttgart. Aunque la universidad les ofreció pasajes gratuitos para que se trasladaran en avión desde Berlín, la pareja había optado por hacer el trayecto en su propio auto. Era verano y la ruta ofrecía paisajes magníficos. Días después, el carro apareció volcado a un costado de la autopista 71, en los bosques de Turingia. El primero en hallarlo fue el conductor de un camión que transportaba cerdos desde una zahúrda de Gotha, que había advertido el rastro de destrucción trazado por el coche antes de estamparse contra una densa arboleda. Según su testimonio, había detenido el camión para adentrarse en la floresta en busca de sobrevivientes. En los informes constaba que el vehículo de los biólogos apareció despedazado, cubierto por la hojarasca y con los cristales salpicados de sangre seca. El chofer dio aviso a la policía desde una estación de gasolina cercana. Cuando las autoridades llegaron a la escena junto con una ambulancia, descubrieron que no había nada que hacer.
El matrimonio tenía dos hijos en Berlín: Klaus y Adler Zweig.

La familia había vivido en el tercer piso de un edificio de cinco plantas en la parte obrera de Lichtenberg, un distrito al este de la capital. Los biólogos tenían pocas amistades, entre las cuales se contaba una vecina que vivía en el piso superior. Su nombre era Anna Baumann, tenía una hija llamada Cora y regentaba un almacén de alfombras importadas desde Azerbaiyán. Cora y los hermanos Zweig mantenían una estrecha amistad.
Desde temprana edad, Klaus y Cora se gustaron intensamente. Con frecuencia, Adler, el menor de los tres, los descubría besándose a escondidas en las escaleras y en una pose telenovelesca. La situación le hacía hervir la sangre y lo lastimaba en lo profundo, pero nunca se atrevió a confrontarlos. Notaba que ningún reproche podría ser legítimo. A los diez años, Adler aprendió a sufrir y a rezar, y comprendería que toda plegaria es un grito bajo el agua. De nada parecía importar que Cora y el tuvieran más cosas en común. Ambos leían con avidez la colección de fábulas que tenía Anna en el apartamento. Era, en realidad, la única actividad de la que Klaus quedaba excluido. Devoraron a Abstemius, Esopo, Lessing, Lokman, Florian, La Fointaine… ¿Qué animal crees que serías tú en una fábula?, le preguntó Cora una vez. Él dijo que una rata. Que no es que le gustaran las ratas, pero que creía que era el animal que le tocaría en suerte. Ella le dijo que con ese pelo rubio más bien sería un canario. En momentos así, parecían rozar la intimidad perfecta, aunque Adler sabía que su hermano estaba siempre al acecho, listo para ganarse la risa de Cora sin el menor esfuerzo.

A menudo, los biólogos se ausentaban por periodos de dos a tres días. Anna Baumann se hacía cargo de los chicos y no pocas veces los llevaba a dormir a su apartamento. Organizaban comidas en restaurantes o daban paseos por el parque. Todos los veranos, sin excepción, adquirían carnets para asistir a las piscinas públicas de Berlín. Allí los hermanos Zweig se desafiaban en feroces competencias que Anna cronometraba a viva voz y con poca precisión. Fue en esas piscinas llenas de niños y mujeres robustas donde Adler decidió hacerse nadador. Casi siempre le ganaba a Klaus, pero nunca logró vencer a Cora en el juego de aguantar la respiración bajo el agua. Nunca le ganaba en nada.

La mañana en que Anna Baumann recibió en su casa al inspector de policía que le informó acerca del accidente de los biólogos, decidió no ir a trabajar. Hizo lo mismo al día siguiente y no envió a los hermanos a la escuela. Los dos Zweig habían estado quedándose en su apartamento por casi una semana, cosa que ya sabían rara, pues sus padres no duraban fuera tanto tiempo. Anna los despertó cerca del mediodía sin explicarles por qué no fueron a la escuela. En silencio, les preparó jugo de toronja, huevos revueltos y calentó un par de croissants. Se quedó mirándolos mientras comían. Tenía los ojos húmedos y brillantes. Fue Klaus quien preguntó por qué los había dejado dormir hasta tarde. Entonces ella les dejó saber que papá y mamá estaban muertos. Adler se había puesto a llorar con las manos en el regazo. Klaus, en cambio, clavó la mirada en el plato y jugó con la comida lo que quedaba de la mañana. Más tarde, Anna se los llevó a su almacén y los dos se quedaron sentados y en silencio sobre una alfombra con filigranas pérsicas y dromedarios bordados con hilos plateados.

Fue al cabo de unos días que apareció frente al edificio un viejo Trabant (esos vehículos horrendos y minúsculos que se conseguían en la Alemania Oriental antes de que cayera el muro, y por los que, una vez solicitados al Gobierno, era necesario esperar durante diez años). El auto pertenecía al abuelo de los Zweig por parte paterna, que se presentaba allí para reclamar la custodia de los chicos. Después de los trámites de rigor con Servicio Social y algunas pataletas de los hermanos, fueron a vivir con él a Hamburgo. El abuelo se llamaba Abelard. Vivía en un edificio para solteros. Era un hombre hermético, tosco, de mal carácter, que solía vestirse con holgados pantalones negros de tergal y camisas blancas arremangadas a la altura de los codos.