Esta obra se estrenó en Chile el 2016 cosechando una alta gama de elogios y críticas, llegando a ser considerada la mejor obra del año por algunos. De modo que no es fácil venir a decir algo nuevo o que aporte. Pero lo intentaremos. Lo cierto es que si usted lectora, si usted lector, no la ha visto aún, tiene aquí una imperdible oportunidad.

Escrita por el norteamericano David Mamet, la versión chilena es una pléyade de figuras locales que, traducida por el escritor Daniel Villalobos, montada bajo la dirección de Rodrigo Bazáes con su inconfundible sello escénico y conceptual, y permitiendo el lucimiento de rostros como Marcial Tagle, esta vez junto a Camila Hirane, hacen vivir al espectador una experiencia cercana a la catarsis. Dura, directa y vigente, la obra es un crescendo que nos libra de vuelta a la realidad con la sensibilidad a flor de piel, afectados como si hubiésemos vivido una situación de extrema violencia, como de alguna manera sucede al presenciar un intento de violación.

Todo sucede en el despacho del profesor Juan (Tagle). En un sentido más profundo que el aparente, el hecho de que ese sea el único escenario establece una posición, un lugar. Lo que viene dado. La obra transcurre íntegramente en su oficina, en una atmósfera cómplice, estamos siempre en su territorio. Lo naturalizamos. Tal como naturalizamos el funcionamiento cotidiano del poder. No lo vemos, pero ahí está, y vive en cómo saludamos a quienes están debajo o encima nuestro en el escalafón, en la jerarquía social de la realidad o en aquello que nosotros percibimos como tal. Está naturalizado en cada “mijita” con que tratamos a una mujer, sea quien sea, sea tu esposa o sea tu alumna.

Desde el principio de la obra el profesor se nos muestra como un desagradable satisfecho de sí mismo, prepotente y altanero. En las universidades chilenas son demasiadas las jóvenes que lidian con profesores como Juan. La caricatura es cruelmente verosímil y no he constatado si ya alguien ha mencionado lo mucho que parece inspirada en el opinólogo de televisión Fernando Villegas, alguien tan seguro de su andamiaje intelectual que se permite despreciar públicamente y con cinismo radical a sus propios estudiantes y a los jóvenes en general, más si son de los que responden, adoptando la imagen del políticamente incorrecto, del provocador. Afortunadamente vivimos tiempos de cambios y las estudiantes chilenas son la vanguardia.

Lamentablemente el actor Marcial Tagle tiene un amplio abanico de referentes en la realidad para construir a su personaje el profesor Juan. Pero hay también un par de películas argentinas que me vienen a la memoria, de la dupla Duprat-Cohn[1], en que se profundiza en la figura del intelectual exitoso, del artista consagrado, de ese niño mimado y maleducado en que se llega a convertir cuando accede a una cuota de poder. Este profesor Juan pertenece a esa estirpe de sujetos que, al igual que Fernando Villegas y que los protagonistas de los films aludidos, tienen una estructura de personalidad totalmente autocentrada, son hombres serios, catedráticos superventas, líderes de opinión, y se comportan como dioses niños, reyezuelos, tiranos infantes, no se dan ni cuenta. Solo existe su propia razón. Quién se cree nadie para venir a criticarme si yo sudé sangre para llegar a donde estoy, está mi rostro en la portada de mi libro. Como todo un Elon Musk, representa el pensamiento del self-made man, el winner que le ganó a la adversidad y le demostró a todos los que le dijeron que era tonto, que no, que por el contrario es muy inteligente. Un profesor como alguien que llama a creer en ti mismo, que afirma el poder del individuo. Tú decides fracasar o ser exitoso. Esa pomada, profundamente neoliberal: querer es poder, el eslogan de una firma financiera.

© Andrés Olivares

Otro docente tristemente célebre que podría haber servido de inspiración para Tagle, además de Fernando Villegas, es Cristian Boza, acusado de discriminar a sus estudiantes por pertenecer a un grupo económico más bajo que el que estaba acostumbrado a tratar. Sus clases no eran para gente C2 o C3, qué pueden entender de arquitectura esos picantes. Para este profesor también es válido ese razonamiento y es maniqueo el vericueto por el cual no podríamos negarle cierta cuota de razón. Porque sí: se ha instalado en la sociedad esa errada idea de que todos merecemos ser estudiantes universitarios para tener éxito en la vida. Nadie duda de que la educación es un derecho. En circunstancias en que mucha gente ni se pregunta si quiere o si tiene sentido ir a la universidad, se endeuda y tramita o compra al final un cartón universitario falaz, pues ni sus supuestos conocimientos adquiridos en ese trance le salvan de terminar trabajando en un callcenter o manejando un taxi.

Ese cinismo campea en centenares de intelectuales y docentes universitarios. Por eso la “lista negra” de expulsados o acusados por discriminación, por abusos o acoso, seguirá creciendo. Y por eso sin duda también habrá en este país quienes empaticen con ellos, quienes se sientan en solidaridad con ellos, los verán como víctimas. Dirán a ese profesor lo tumbaron porque era muy rígido, muy exigente, lo acorralaron tramposamente los estudiantes y sus ineptas consignas repetidas, las estudiantes y sus demandas de utopismo absurdo, flojos, malcriados y respondones, lo sacaron de sus casillas. Porque en un arrebato el loco la tomó del brazo y con fuerza la obligó y sentó en la silla, pero eso no es un intento de violación. Porque no me podís decir que hablo en difícil porque utilizo el verbo devenir en vez de suceder. Porque no te puedo permitir que me vengas a decir si está bien o está mal que le diga mijita a mi esposa, ¿qué te da derecho a venir a meterte ahí? Y resulta que sí, las tres veces sí.

El mundo cambió, el mundo está cambiando. Y por eso, tres veces, sí.

Cuesta creerlo, porque hasta quienes sentimos inmediata aversión al personaje del profesor Juan, llegado cierto punto comenzamos a naturalizar su razonamiento, evocamos a cuántos otros profesores sobreviviendo en el mercado canalla de las acreditaciones, y acaso una de las gracias de la obra sea precisamente esa. Por algo es que se ha dicho que Oleanna muestra con supuesta objetividad o con una inexistente ecuanimidad el enfrentamiento entre la estudiante y el profesor. Que a la estudiante se nos la muestra como una joven más bien cercana al resentimiento social, fruto de una educación mediocre, pública, carente de ideas propias, siempre amparada en el discurso de lo colectivo, una manipuladora que aprovecha las circunstancias a su favor. Cada ojo ve o lee lo que quiere ver o leer. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

De cualquier manera, no se sale incólume, ni indemne tras ver Oleanna. Es lo más sensato, lo más normal del mundo decir que ante esta obra, cada quien verá lo que más le acomode a su conciencia. Pero yo creo que no.

Para quienes siendo hombres, porque no me puedo desentender de la posición desde la que hablo, estamos comprometidos con la operación de desmontar dentro de uno mismo las lógicas patriarcales y heteronormativas en las que ha crecido, y porque considero necesaria y justa esa operación de acabar con todo resabio de machismo, este tipo de propuesta no puede sino golpearnos y estremecernos, nos hace volver a sentir temblar o romperse algo adentro, al percibir cuántas veces y de qué distintas maneras incurrimos en conductas abusivas o manipuladoras. Debemos agradecer estos golpes a la mandíbula que nos hacen reflexionar, reaccionar y en definitiva nos ayudan a cambiar.

Si el futuro parece a veces oscuro, hay sin duda una luz de esperanza siempre en el horizonte y por eso celebramos aún el nacimiento de cada niña, de cada niño. La esperanza de que se produzcan cambios en la humanidad, por ejemplo y para comenzar. Creo que usted, quien sea que lea estas líneas, sabrá estar de acuerdo conmigo al considerar un avance que dejemos atrás los abusos en base a diferencias de género, raza, etnia o clase social. Las reivindicaciones de las mujeres, la llamada ola feminista es una buena noticia para cualquier persona mínimamente decente, me parece. Oponerse es de cromagnones o bien de fanáticos religiosos que niegan la evolución.

Pero bueno, es cierto, en Chile somos muy cromagnones todavía. Por eso, si usted cree que ya ha sido demasiado, que las mujeres también ya se están yendo al chancho, que ya está bueno, que hasta cuándo; si a usted le carga que sigan hablando de estas leseras, esta obra no es para usted.

 

[1] “El ciudadano ilustre” (2016) y “ El hombre de al lado” (2009)


Rodrigo Hidalgo