Sin mucho bombo y con toda la opinión pública enfocada en el asesinato de Camilo Catrillanca en Wallmapu, el presidente de Brasil, Michel Temer, llegó este miércoles a La Moneda para firmar un Tratado de Libre Comercio con Chile.

El acuerdo, que se suma a la red de 64 países con los que Chile ha suscrito un TLC, aborda asuntos en materia de telecomunicaciones, comercio electrónico, servicios, medio ambiente, empleo y género, así como de cooperación económica. Entre otras medidas, contempla acabar con la obligación para empresas extranjeras de ocupar servidores nacionales para operar en el comercio electrónico, ofrecer los productos digitales de las empresas en el mercado brasileño sin limitar el flujo transfronterizo de datos, y el reconocimiento mutuo de las firmas electrónicas emanadas de ambos países. Otro capítulo tiene que ver con la posibilidad de que proveedores chilenos puedan participar en las licitaciones públicas de Brasil bajo normas comunes, que garantizan condiciones de igualdad con los proveedores locales.

“Este es un acuerdo que va más allá de lo estrictamente económico. También busca acercar e integrar nuestros países del punto de vista de la cultura, de la colaboración política, de la solución y enfrentamiento de problemas”, dijo el presidente, Sebastián Piñera, en una declaración conjunta con Temer.

Brasil es el primer socio comercial de Chile en América Latina. Este año, el intercambio comercial ha crecido 21% hasta llegar a los US$6.808 millones entre enero y agosto.

Sin embargo, no se ha hablado casi de la letra chica de este acuerdo ni de los avances reales que el texto supone para las pequeñas y medianas empresas del país. El Desconcierto ha contrastado las opiniones sobre el TLC con Lucía Sepúlveda, una de las voceras de la plataforma “Chile mejor sin TLC”; Gilberto Aranda, analista y académico del Instituto de Estudio Internacionales de la Universidad de Chile; y el historiador y analista internacional Max Quitral. Tres expertos en la materia que han revelado algunas de las claves del nuevo acuerdo.

1. Mercados desiguales

Para Lucía Sepúlveda, el TLC promueve “la desindustrialización” de Chile. “Estamos en desigualdad de condiciones respecto a Brasil, que es todavía es un país industrializado, que es miembro [de las economías emergentes] del BRICS [Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica] porque tiene nivel de desarrollo industrial que nosotros hace rato perdimos“. Según ella, se pone en igualdad de condiciones para una licitación pública a Chile con “un país que tiene toda la industria del mundo desarrollada”. También critica que se publicite como “una atracción para las pymes porque, si una pyme se asoma, será sólo un poquito ya que penetrar en el mercado brasileño es difícil con las condiciones que tenemos en Chile, que no son estimulantes para la pequeña y mediana industria“. Además, de entre la letra chica destaca que se han introducido capítulos de género y medioambiente, pero lamenta que –como pasó con los TLC con Argentina o Uruguay–, en realidad esos capítulos “son como poesía porque no son vinculantes, son recomendaciones, nada es obligatorio y todo se deja a la buena voluntad”. La activista califica de “trampas” estos puntos ya que –dice– se ven como “avances” para el movimiento feminista, pero no abordan temas como establecer plazos reales para la igualdad salarial, o garantías para las mujeres en mercado laboral.

Distinta es la mirada del académico Gilberto Aranda, quien destaca una firma con “una potencia regional” que se enmarca “en la línea de la política exterior chilena”. Sin embargo, su crítica se enfoca en la necesidad de “complementar” esas acciones con un “diálogo multilateral”. Según él, el TLC “no es suficiente” y es importante poner en marcha “una maciza política multilateral en la región que ponga énfasis en el dialogo político”.

Max Quitral, por su parte, destaca que se “refuerzan acercamientos económicos entre ambos países, entendiendo la importancia que tiene Brasil para Chile y su comercio”. De hecho, Brasil es el principal receptor de la inversión directa de Chile en el exterior y es un destino clave para las pymes. Sin embargo, califica de “preocupante” que el capítulo de comercio y medio ambiente “puede provocar tensión con agrupaciones medioambientales”. Y agrega: “Ese punto debería conocerse en mayor detalle, pues genera cierta incertidumbre hacia donde apunta realmente”.

2. Secretismo

La activista es especialmente crítica con la poca transparencia con la que se ha cerrado el texto, que se ha sacado adelante con solo seis meses de negociación. “Este tipo de tratados –”de segunda generación”– proponen “nuevas reglas del juego” y por lo mismo lamenta que no se haya discutido “deberían de haber “ampliamente” con los distintos sectores interesados y afectados. “Ni siquiera conocemos el acuerdo que se negoció en absoluto secreto, siguiendo el ejemplo del TPP”, espeta.

Según el experto de la U de Chile, en cambio, los TLC “han tenido la participación tanto de confederaciones empresariales como de algunos organismos de trabajadores, en algunos casos”. El académico subraya la rapidez con la que se selló el trato y la atribuye a “una buena respuesta política por los dos gobiernos”, que se mantendrá –opina– pese al cambio de ejecutivo en Brasil ya que “Bolsonaro es favorable a ese tipo de tratado”.

El analista internacional considera que “ese nivel de opacidad dificulta comprender y conocer en su totalidad el alcance de los acuerdos”. Y valora que “quizás se evitó filtrar información que pusiera en riesgo las conversaciones”.

3. Corrupción al estilo Odebrecht

Que los proveedores chilenos puedan participar en las licitaciones públicas de Brasil, quizás podría permitir que se abriera una puerta a la corrupción para empresas dedicadas a las infraestructuras, como se vio en el caso de la constructora Odebrecht, que salpicó a altos cargos y funcionarios de toda la región. Sobre este punto, Lucía Sepulveda se queja de que en estos casos no se considere la corrupción empresarial y afirma que sí existe un riesgo para dar margen a prácticas corruptas. “La clase política industrial brasileña no ha dado ejemplos de transparencia”, dice.

Gilberto Aranda, por su parte, apunta que esta es una de las partes conocidas del TLC porque precisamente era de las más “atractivas” para Chile porque “abre un espacio para medianas y grandes empresas”. En su opinión, “que esto tenga conexión con la corrupción o no va a depender de que ambos países avancen en los temas de probidad eficiente y transparente, en el control y eficiencia de la información comercial”, asegura.

Finalmente, Max Quitral cree que “siempre está esa opción”, pero es optimista al considerar que “los escándalos de corrupción que han golpeado severamente a la institucionalidad brasileña debieron servir de ejemplo para evitar repetir los mismos escenarios”. Recuerda, además, que el gobierno brasileño llegó con un discurso anticorrupción: “Será más riguroso para recuperar la confianza de los empresarios para incentivar la inversión extranjera”, cierra.